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Raíces y antenas | 08/03/2026

Vuelven las subvenciones, la geopolítica llega al surtidor

Gonzalo Chávez
Gonzalo Chávez
Hay malas noticias internacionales para nuestra pequeña y sensible barquita macroeconómica. A raíz de la guerra en el Medio Oriente, en pocos días el petróleo pasó de rondar los $us 65 por barril a navegar tranquilamente cerca de los $us 90 para el WTI y $us 94 para el Brent. Y esto parece ser solo el comienzo de una escala de precios. Dicho de otra manera: el mundo se encarece energéticamente justo cuando Bolivia atraviesa uno de esos momentos en los que los dólares se han vuelto animales tímidos, difíciles de ver incluso con binoculares macroeconómicos.

El nuevo precio interno de los combustibles, $us 6,96 por litro de gasolina y Bs 9,8  para el diésel, fue calculado cuando el petróleo internacional era una criatura bastante más dócil, entre $us 54 y 60 por barril. Estos precios regirian hasta junio del 2026. Pero cuando el petróleo y sus derivados suben, el costo de importar combustibles también sube. Si el precio interno se mantiene congelado, alguien tiene que pagar la diferencia. Y ese alguien, inevitablemente, es el Estado. 

En menos de tres meses la guerra está por tirar abajo la heroica retirada de las subvenciones de los hidrocarburos patriótica y estoicamente aceptada por la gente. En el frente local la aparición de gasolina desestabilizada poco importa si resultado de sabotaje o incompetencia administrativa suena cada día más a una estafa estatal de vender caro un producto de muy mala calidad.

Traducido al castellano cotidiano: si el barril de petróleo sube, la odida subvención vuelve, por lo menos hasta junio. El pequeño detalle es que las subvenciones no se pagan con patriotismo ni con buenas intenciones; se pagan con dólares. Y los dólares, como hemos aprendido recientemente, no crecen en macetas fiscales ni brotan en jardines ideológicos por más que uno los riegue con discursos. Asimismo, los verdes de la cooperación que llegan, en los titulares de prensa calman expectativas, pero cambian realidades.

Durante muchos años, Bolivia convivió con precios altos del petróleo sin mayores sobresaltos. En la época dorada del gas natural, cuando exportábamos con entusiasmo a Argentina y Brasil, y algunos llegaron a convencerse de que éramos una especie de Noruega de Sud América el aumento del petróleo no era necesariamente una tragedia.

Era casi una celebración. La razón era bastante sencilla: nuestros contratos de exportación de gas estaban parcialmente indexados al precio del petróleo. Cuando el barril subía también subía el precio del gas que vendíamos. Eso significaba más dólares entrando al país justo cuando el subsidio a los combustibles se encarecía.

Era una curiosa especie de equilibrio energético de la abundancia: el petróleo nos golpeaba por un lado y nos acariciaba por el otro. No era perfecto, pero funcionaba. El pequeño inconveniente es que ese mundo desapareció.

Hoy Bolivia exporta menos gas y, al mismo tiempo, importa cada vez más combustibles para abastecer su propio mercado. En otras palabras, pasamos de ser parcialmente beneficiarios de los precios altos del petróleo a convertirnos en una economía bastante más vulnerable a ellos. Cuando el petróleo sube ahora simplemente pagamos más.

Así reaparece el clásico dilema de las economías importadoras de energía con precios administrados. Si el gobierno mantiene los precios internos congelados, la subvención crece y exige más dólares. Si decide trasladar el aumento al consumidor, la inflación aparece inmediatamente y el costo político se vuelve tan visible como una fila en el surtidor. En resumen: ni la subvención eterna ni el sinceramiento brutal son soluciones particularmente cómodas.

Por eso muchos países han optado por una alternativa más equilibrada: bandas de precios de los combustibles acompañadas de fondos de estabilización macroeconómica.

La idea es bastante simple y bastante sensata. En lugar de fingir que el precio internacional no existe, una ficción muy popular en la política económica boliviana, el Estado establece una banda dentro de la cual el precio interno puede moverse gradualmente.

Por ejemplo, para la gasolina podría definirse una banda entre Bs 6,96 y Bs 9 por litro. Dentro de ese rango el precio interno se ajusta parcialmente, según lo que ocurra con el petróleo internacional.

Si el petróleo sube, el precio interno sube un poco. Si baja, también baja, pero no lo hace de manera abrupta ni dramática, evitando esos sobresaltos que suelen provocar titulares alarmistas, protestas sociales y discusiones familiares en la mesa del almuerzo.

La diferencia entre el precio internacional y el precio interno se cubre temporalmente con un fondo de estabilización, una especie de alcancía macroeconómica diseñada para amortiguar los caprichos del mercado petrolero mundial.

La clave es entender que un fondo de estabilización no es magia fiscal. No es un cajón donde uno mete optimismo y saca dólares. Funciona con una regla bastante sencilla: cuando los precios internacionales bajan una parte del alivio se ahorra en el fondo; cuando suben el fondo se usa para amortiguar el golpe. Es, en esencia, una alcancía contracíclica. Al final de los años 80 hicimos una propuesta similar con Juan Antonio Morales para tema del precio del gas natural. En la época comenzaba a la bonanza.

En la actualidad Bolivia enfrenta una situación complicada: no parte precisamente de una caja fiscal rebosante. Existen tensiones de liquidez e incluso deudas acumuladas vinculadas a la importación de combustibles. Lo más grave es que hay una escasez estructural de dólares. Así que bandas de precios para los hidrocarburos y fondos de estabilización macroeconómicas lamentablemente tienen que comenzar con deudas, lo que le hace un tema mucho más complejo.

Por eso el orden lógico sería primero ordenar las cuentas, separar deuda pasada, costo corriente y subsidio nuevo, y luego construir gradualmente un fondo de estabilización creíble.

La moraleja económica es bastante clara. Durante los años de bonanza del gas debimos haber construido un rompeolas fiscal para enfrentar los caprichos del mercado energético internacional. En lugar de eso preferimos el presterío del consumo, el festival del gasto y la reconfortante ilusión de que los precios internacionales serían eternamente benevolentes.

Ahora, con el petróleo subiendo otra vez en el mundo, recordamos una verdad bastante elemental: Bolivia es una economía pequeña navegando en mar abierto.

Y cuando el petróleo se calienta en el planeta, nuestras cuentas fiscales también empiezan a hervir. La diferencia es que el petróleo siempre vuelve a enfriarse, tarde o temprano; la disciplina fiscal, en cambio, suele tardar un poco más en aparecer.

Gonzalo Chávez es economista. 


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