Todo gobierno recién estrenado vive sus primeros 100 días como quien se muda a una casa vieja: descubre rápido dónde están las goteras, cuáles enchufes funcionan y qué paredes crujen apenas se apaga la luz. El gobierno de Paz no ahorró adjetivos para describir la herencia: economía quebrada y estado cloaca.
El corazón de la estrategia inicial del gobierno de Paz para lidiar con el legado envenenado fue tocar un tabú económico: los precios de los combustibles. El gobierno decidió acercar el diésel y la gasolina a precios más realistas, es decir, menos ideológicos y más cercanos a los del planeta Tierra.
El resultado inmediato fue un alivio fiscal de varios millones de dólares. Traducido al castellano llano: menos plata quemándose en subsidios que beneficiaban más al contrabandista que al ciudadano promedio.
Desde el punto de vista económico, la medida fue impecable: menos distorsiones, mejores señales de precios y un déficit fiscal que dejó de sangrar por una herida conocida. Desde el punto de vista político, sorprendentemente, también funcionó. Un 78 % de apoyo ciudadano – según encuestas– es casi una rareza estadística en un país donde normalmente nadie apoya nada pero todos protestan por todo.
Claro que la realidad nunca pierde la oportunidad de arruinar un buen diseño técnico. Las denuncias sobre combustible de mala calidad, autos dañados, motores indignados, choferes furiosos, abrieron un flanco narrativo venial.
La reforma seguía siendo correcta, pero la ejecución se tropezó con la vieja debilidad estatal: mala coordinación y peor comunicación. En política económica, como en cirugía, una buena operación con instrumentos sucios termina en infección.
Si el recorte de los subsidios fue una cirugía mayor para extirpar el tumor central del déficit fiscal, el verdadero reto empieza ahora: eliminar las metástasis.
Las empresas públicas crónicamente deficitarias y un Estado todavía sobredimensionado siguen drenando recursos y credibilidad. Sin esa segunda intervención, menos épica, pero más decisiva, la recuperación fiscal corre el riesgo de ser apenas cosmética.
En materia de inflación, el panorama es menos amable. Bolivia cerró 2025 con más de 20 % de inflación. El aumento del precio de los combustibles empujó aún más los precios en enero de 2026, 1,31%, confirmando que el verdadero desafío no es solo bajar la inflación, sino convencer a la gente de que bajará. Es decir, parar las expectativas negativas y evitar la indexación, ese deporte nacional de ajustar precios “por si acaso” es hoy la madre de todas las batallas.
Para amortiguar el impacto del alza de los hidrocarburos, el gobierno recurrió al manual clásico de compensación social: subió el salario mínimo, reforzó los bonos para la niñez y la tercera edad y creó un bono específico para el sector informal.
Una respuesta políticamente comprensible, aunque fiscalmente exigente, que traslada el ajuste del surtidor al presupuesto.
En el frente externo, el gobierno se movió con soltura diplomática. Anunció compromisos de financiamiento por $us 8.000 millones de dólares con la CAF, el BID y el Banco Mundial. Esto no resolvió mágicamente la escasez de dólares, pero sí logró algo clave: bajar la ansiedad.
En economía, las expectativas importan casi tanto como los billetes. El problema estructural sigue intacto: exportamos poco, invertimos menos, importamos mucho y seguimos dependiendo de energía que no producimos lo suficiente.
Las reservas internacionales, por su parte, muestran una paradoja elegante: no están mejor porque seamos más productivos, sino porque el oro está caro. El lingote hace el trabajo que la economía real no logra. Los dólares líquidos subieron algo, $us 500 millones, se devolvieron depósitos retenidos, en dólares, a grupos minoritarios y el tipo de cambio paralelo encontró una especie de calma tensa alrededor de los Bs 9.
Un mérito poco vistoso, pero relevante, ha sido la gestión de expectativas cambiarias. Sin grandes anuncios épicos, el Banco Central empezó a publicar precios del dólar del mercado mayorista, y así busca ordenar el mercado minorista de las divisas y a reducir la volatilidad. Es una política cambiaria informal, sí, pero efectiva. Entre tanto, está pendiente una solución estructural al régimen cambiario. Se ha anunciado, para los próximos meses, la vuelta a un tipo de cambio flexible.
Donde las cosas siguen flojas es en el crecimiento. La economía continúa en modo resaca. Inversión privada tímida, consumo golpeado por la inflación y empresarios que prefieren esperar antes que arriesgar. Esto no es sorpresa. Ningún ajuste serio produce crecimiento inmediato. El problema no es la lentitud, sino la paciencia política que requiere.
El riesgo país cayó a 600 puntos. Es una mejora notable respecto al pasado reciente, cuando se llegaba a más de 2000 puntos, pero sigue siendo caro endeudarse en mercados privados internacionales. Bolivia ya no inspira pánico, pero tampoco confianza plena. Está en esa incómoda categoría de “vamos viendo”. Chile y Brasil tienen tasas de riesgo de 100 y 200 puntos respectivamente.
Hay un avance técnico indiscutible, pero las proyecciones son modestas: crecimiento que si no es negativo sería muy bueno, inflación entre 12 y 17 %, tipo de cambio rondando los Bs 10 bolivianos y un déficit fiscal aún alto pero más contenido.
En suma, la luna de miel no fue milagrosa. La buena aprobación del Presidente Paz es frágil y vulnerable a errores propios –como el episodio de la calidad de los combustibles– y a la persistencia de la inflación que erosiona rápidamente cualquier capital político. La fragilidad social sigue ahí, en pausa, no resuelta.
Y lo más importante: la viabilidad del 2026 no será un problema económico sino político. Se definirá por la capacidad de aprobar el Presupuesto General del Estado 2026 y las leyes sectoriales clave. En ese terreno se avanzó poco en la construcción de puentes de gobernabilidad con la Asamblea, puentes además dinamitados por un Vicepresidente que optó por convertirse en el principal opositor del gobierno, aunque con más bulla tiktokera que poder real.
Una otra gran debilidad es que el gobierno no está construyendo poder territorial ni regional, Este andamiaje político será decisivo para el éxito económico y político del gobierno de Paz.
En Bolivia, los milagros se gastaron de tanto usarlos. Perdieron eficacia simbólica, se degradaron en brujería económica y terminaron vaciados de rigor estadístico. Arce y los Chuquiago boys, durante años, nos vendieron como proezas lo que no eran más que números masajeados por la política y bendecidos por la propaganda: inflación contenida por represión de precios, crecimiento inflado como burbuja de consumo y bajo desempleo basado la informalidad sostenía la realidad. No hubo milagro, hubo ilusionismo chabacano, y el truco funcionó hasta que se encendió la luz.
Por lo tanto, dejemos los milagros a los santos de verdad, que al menos no publican proyecciones. A los políticos pidámosles algo más terrenal y exigente: resultados, sin incienso, sin coros celestiales y, sobre todo, sin números bendecidos antes de ser calculados.
Gonzalo Chávez es economista.