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Raíces y antenas | 01/02/2026

El país del destornillador sin plano

Gonzalo Chávez
Gonzalo Chávez
En Bolivia tenemos una relación afectiva muy intensa con los instrumentos de políticas públicas. Nos gustan, nos emocionan, los coleccionamos; el problema es que solemos usarlos sin saber qué estamos construyendo. 

El gobierno ha llegado con cinco banderas que suenan modernas, valientes y perfectamente tuitables: eliminar el Estado tranca, abrir la economía, combatir la corrupción, capitalismo para todos y federalismo fiscal. Todo muy bien. Aplausos. El detalle incómodo es que ninguna de esas cosas es desarrollo económico; son herramientas, y gobernar solo con instrumentos, sin plano, es una forma sofisticada de clavar tornillos y atornillar clavos. Otro problema serio, quizá el más serio de todos, es que el debate económico boliviano sigue obsesionado con los instrumentos y no con el destino.

 Discutimos con pasión casi religiosa si hay que cambiar el modelo económico, como si eso, por sí solo, fuera a obrar el milagro del desarrollo. Más Estado, menos Estado, abrir, cerrar; regular, desregular. Todo muy animado. Todo muy circular.

El verdadero problema es que mientras peleamos por el manual de instrucciones, nadie toca la máquina. Es decir, se habla de modelo económico, pero se evita cuidadosamente la conversación incómoda: la transformación del patrón de desarrollo. Qué producimos, con qué productividad, con qué tecnología y con qué tipo de empleo. Esa es la pregunta estructural. Y esa pregunta suele quedar fuera de agenda porque no cabe en un tuit ni se resuelve con un decreto bien redactado.

Esta confusión, modelo versus patrón, es la confusión madre del debate económico y político boliviano. Cambiamos reglas, ajustamos instrumentos y rotamos discursos, pero seguimos atrapados en el mismo patrón extractivo de baja productividad. Es como discutir apasionadamente si el volante debe ser de cuero o de plástico, mientras el auto sigue sin motor.

El modelo es el “cómo”: impuestos, tipo de cambio, gasto público, apertura o cierre comercial, propiedad pública o privada. El patrón es el “qué”: qué produce el país, con qué productividad, con qué tecnología y con qué tipo de empleo. 

Bolivia ha cambiado el manual del modelo varias veces, pero sigue produciendo básicamente lo mismo desde hace siglos: recursos naturales. Es el famoso extractivismo. Los países no fracasan por elegir mal entre Estado o mercado, sino por no transformar su estructura productiva y por no construir un norte de desarrollo.

Y cuando alguien anuncia que el Ministerio de Planificación está elaborando el Plan de Desarrollo Económico y Social (PNDES), ciertos sectores reaccionan como si se hubiera propuesto estatizar los focos, nacionalizar las cafeteras y convertir iglesias en bares. 

Sin embargo, la evidencia internacional es cruel con los prejuicios: planificación y mercado no son enemigos. Desde hace décadas, la planificación dejó de ser centralizada y coercitiva para convertirse en algo mucho más razonable: indicativa, estratégica y coordinadora. 

El plan moderno no le dice a la empresa qué producir; le dice qué país se está intentando construir. El desarrollo, que implica el cambio de patrón, no ocurre por milagro espontáneo, sino por encadenamientos, apuestas sucesivas y aprendizaje colectivo. Traducido: alguien tiene que ordenar la fila. 

En la actualidad, todo indica que el gobierno nacional sí estaría elaborando el  PNDES, aunque lo hace con un perfil tan bajo que parece ejercicio de sigilo y no de política pública. El documento avanza entre nuevos gallitos y medianoche, con pasos suaves, luz apagada y una discreción que roza la vergüenza ideológica: como si planificar el desarrollo fuera una travesura juvenil que conviene no mostrar en público para no incomodar a los guardianes del dogma libertario.

Mientras tanto, la difusión y socialización de ese eventual Plan pierde por goleada histórica en la opinión pública frente a las inagotables cascadas de ocurrencias virtuales del Vicepresidente que copan la agenda con la eficiencia de un algoritmo hiperactivo. 

Así, el debate estratégico queda sepultado bajo memes, frases efectistas, reflexiones instantáneas y la vergüenza ideológica, mientras el Plan, ese que debería ordenar expectativas y dar horizonte, permanece en el clóset, esperando tiempos mejores o, al menos, menos ruido digital.

Aquí, sin ánimo de incomodar a los monjes tibetanos de la planificación silenciosa y a sus devotos seguidores, me permito compartir algunas ideas sobre desarrollo y sobre cómo debería pensarse un plan. No hablo de consignas motivacionales, ni de listas interminables de proyectos, ni de documentos que duermen el sueño eterno en los anaqueles ministeriales, solo despertados para ceremonias protocolares. Hablo de misiones.

 Grandes desafíos nacionales, claros, movilizadores, capaces de ordenar expectativas y convocar energía social. Misiones no mantras.Grandes desafíos nacionales que movilizan inversión privada, talento, innovación y cooperación. Mariana Mazzucato lo explica sin eufemismos: el Estado no debe reemplazar al empresario, pero sí crear el campo de juego, compartir riesgos y poner un norte. El crecimiento económico con propósito y el desarrollo como construcción de futuro.

Para Bolivia, una economía pequeña, abierta y con recursos fiscales más bien flacos, la misión del desarrollo más poderosa es evidente: la conquista del planeta capital humano. No Marte, no la Luna: el talento. Invertir en educación relevante, habilidades digitales, ciencia aplicada, innovación y emprendimiento no es progresismo naïf; es simple supervivencia económica.

Aquí el capital humano deja de ser discurso emotivo y se convierte en política productiva dura, muy en la línea de Amartya Sen, para quien el desarrollo es, ante todo, expansión de capacidades para ejercer libertades.

A esta misión se suman otras tres. La segunda: producir más, mejor y para el mundo y cuidando del medioambiente. No abandonar los recursos naturales sino superarlos con valor agregado, productividad y tecnología.

Abrir la economía no es un acto de fe ideológica, es una estrategia que solo funciona si apunta a transformar el patrón productivo y no a profundizar la primarización. Abrirse sin estrategia es como abrir la heladera cada cinco minutos esperando que aparezca algo nuevo. Amable recordatorio. No aparece.

La tercera misión es tener un Estado que deje de estorbar y empiece a habilitar. Eliminar el Estado tranca no significa sólo achicarlo, sino volverlo competente, digital y predecible. Y sí, aquí entra la lucha contra la corrupción; no como sermón moral ni como performance judicial, sino como lo que realmente es: política económica de alto impacto. La corrupción no solo indigna; también encarece, espanta inversión y rompe cualquier cooperación público-privada.

La cuarta misión es el desarrollo territorial sostenible. El federalismo fiscal no es repartir plata como torta de cumpleaños, sino convertir a gobernaciones y municipios en motores productivos del desarrollo local. Más recursos subnacionales deben significar más productividad local, no más gasto automático con cinta inaugural.

Vistas así, las cinco consignas del gobierno finalmente bajan a tierra. Dejan de ser frases sueltas y se convierten en instrumentos al servicio de misiones claras. En suma, eliminar el Estado tranca sirve para habilitar el desarrollo; abrir la economía para diversificar y escalar; combatir la corrupción para restaurar la confianza; capitalismo para todos para democratizar la creación de riqueza respetando el medioambiente; y el federalismo fiscal para impulsar el desarrollo territorial y sostenible.

Planificar en este siglo no es controlar, es coordinar y construir el futuro. No le dice al empresario qué producir, pero sí le dice hacia dónde va el país. Y, paradójicamente, pocas cosas hacen funcionar mejor al mercado que saber que no se está caminando a ciegas… aunque se lleve el destornillador en la mano.

Gonzalo Chávez es economista.


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