Somos muy “humanos” ¿verdad? Somos cariñosos, piadosos y compasivos… con los animales. Si un perro, un gato o un caballo ya está viejo o enfermo, lo hacemos “dormir” porque somos personas clementes que nos identificamos con el sufrimiento de los animales. Qué bien.
Pero si se trata de seres humanos, somos crueles. Si familiares o amigos tienen enfermedades irreversibles y/o han perdido las ganas de vivir, no les mostramos la misma compasión que sentimos por los animales. Por el contrario, dejamos que sufran hasta el final, con los cuerpos reducidos a su mínima expresión, postrados en cama durante meses o años, atravesados con agujas, entubados, o con máscaras de oxígeno.
No los dejamos descansar en paz, no los dejamos “dormir” como hacemos compasivamente con los animales, aunque ellos mismos hayan manifestado su deseo de que los dejen en paz, de que dejen de torturarlos con medicinas y agujas, alimentados a la fuerza como pavos de engorde.
Reducidos a piel y huesos y sin ninguna posibilidad médica de recuperar aquello que fueron en vida, preferimos castigarlos hasta su última hora, matarlos lentamente, sabiendo perfectamente que no existe la posibilidad de que se recuperen con un mínimo de calidad de vida. Somos crueles verdugos controlados por una sociedad conservadora e hipócrita.
¿Eso es “humanidad”? ¿Eso es ser compasivos con otros seres humanos, con nuestros seres queridos más próximos? No lo creo. Eso es ser despiadados aliados de un concepto errado de la existencia. Eso es apropiarse de los últimos soplos de vida de personas que ya no pueden defenderse de quienes los rodean.
Peor aún, esa deshumanización con los seres humanos es también un gran negocio en clínicas que lucran con el sufrimiento de enfermos terminales y con el dolor de la familia y de los amigos. Eso no es justo, eso tiene que cambiar como está cambiando rápidamente en los países civilizados. Queda claro que nosotros no entramos aun en esa categoría.
En 2024 perdí varios amigos. Su final no fue el que desearíamos para nosotros mismos si estuviéramos en su situación. Para ellos fue un final penoso y largo, una tortura administrada por los médicos con la complicidad de familiares. Estos amigos murieron al final con amargura, conscientes de que no habían sido apoyados por sus familiares más cercanos.
Uno de ellos cerraba la boca para que no le introdujeran alimentos, porque prefería morir de hambre. El otro se arrancaba las agujas del suero. Ambos gritaban: “¡Déjenme morir!” Era un ruego que no fue atendido.
¿Qué tienen en común el ex primer ministro neerlandés Dries van Agt y Jean Luc Godard, ícono del cine francés y fundador de la Nouvelle Vague? Ambos decidieron cuándo y cómo deberían irse de este mundo, Dries van Agt junto a su esposa, ambos de 93 años de edad, y Godard a los 91 años. Y la decisión no fue un dramático suicidio de esos que espantan a los más conservadores. No fue un final marcado por la desesperación y la violencia, sino una muerte tranquila, inducida por un médico especialista previa solicitud y consentimiento de los pacientes.
Se fueron de este mundo rodeados por sus familiares o amigos cercanos, en paz consigo mismos, algo que en Bolivia es todavía inimaginable y que a pocos parece preocuparles.
En Francia tenía yo una pareja de queridos amigos a quienes conocí durante más de 50 años. Vivieron una linda vida, intensa, llena de satisfacciones y desafíos. Viajaron por el mundo, en especial por América Latina, donde nacieron sus hijos. Cuando llegaron al piso noveno de la vida se dieron cuenta de que su calidad de vida había disminuido rápidamente.
Él había perdido casi completamente la vista, lo que le impedía leer, ir al cine y escribir a sus amigos. Ya no podían viajar como lo hicieron a lo largo de sus vidas. Apenas si podían salir a caminar por el barrio, con el riesgo de caerse.
Eso no era vida. Cierto día, convocaron a sus hijos y les dijeron que querían descansar. Convocaron a un médico amigo, de confianza, y prepararon el procedimiento. Él decidió irse primero, tranquilo, sonriente, rodeado de su esposa y de sus hijos. Ella lo siguió de la misma manera un año más tarde.
Hace poco vi la película “Las invasiones bárbaras” (2003) del canadiense Denys Arcand, la historia de un hombre con un cáncer terminal, que no está satisfecho de su vida porque sus relaciones con su familia han evolucionado mal durante muchos años. Sin embargo, el hijo hace todo lo posible para que su padre muera en paz: llama a viejos amigos, a antiguas amantes, y consigue que se reconcilie con todos.
En las últimas escenas, todos ellos se ponen de acuerdo para ayudarlo a morir en paz, administrándole cada uno una dosis de heroína que le permite dormir apaciblemente para siempre. Un acto de humanidad colectiva que no solamente salva del sufrimiento al protagonista, sino que devuelve la esperanza y une más a quienes lo querían.
La muerte asistida aún no estaba legalizada en Francia, pero está cerca de serlo. En mayo de 2025 la Asamblea Nacional pasó una ley que abre el camino para la legalización, permitiendo la “ayuda activa a morir” en caso de pacientes con enfermedades incurables, bajo condiciones estrictas. La ley establece criterios acumulativos: ser adulto, con capacidad de discernimiento, y sufrir una enfermedad grave e incurable con sufrimiento insoportable.
Otros países se han dotado en años recientes de leyes que permiten la muerte asistida o eutanasia, que es legal en los Países Bajos, Bélgica, Luxemburgo, España, Canadá, Colombia, Suiza, Nueva Zelanda y en algunos estados de Australia y Estados Unidos. En Suiza se permite el acceso a extranjeros a ese beneficio.
En Estados Unidos, California, Colorado, el Distrito de Columbia, Hawái, Montana, Maine, New Jersey, Nuevo México, Oregón, Vermont y Washington han aprobado leyes que legalizan la muerte asistida bajo ciertas condiciones y normativas, y otros se preparan a hacerlo. Una encuesta de Gallup estableció en 2018 que 72 % de los ciudadanos estadounidenses estaba en favor de la muerte asistida.
En América Latina se ha avanzado gracias a casos aislados que han abierto el debate. En Argentina fue gracias a Camila, una niña de tres años de edad que nació en abril de 2009 con hipoxia cerebral y entró en coma, permitió un gran debate nacional y la aprobación de la Ley 26.742 sobre “derechos del paciente, historia clínica y consentimiento informado”, conocida como ley de muerte digna.
Los médicos se habían negado de manera rotunda a desconectarla hasta que su mamá hizo pública la dolorosa historia. En menos de un año la presión de la opinión pública logró que la muerte digna entrara en discusión para finalmente convertirse en ley.
Otro caso emblemático es el del colombiano Ovidio González Correa, quien pidió formalmente la eutanasia a raíz de un cáncer que le causaba terribles dolores y le había desfigurado el rostro: “Señores Oncólogos de Occidente S.A. Yo, José Ovidio González Correa, con 79 años de edad, en uso pleno de mis facultades mentales y de manera libre y voluntaria, manifiesto mi intención de que se me realice la eutanasia. La anterior solicitud la hago bajo la gravedad de juramento, con la convicción libre y absoluta del ejercicio de mi derecho fundamental a morir dignamente”. Luego de casi dos décadas de que fuera sancionada la ley que legaliza esa práctica en Colombia, González Correa fue la primera persona en hacer uso de ella en 2015.
También en Colombia, Martha Sepúlveda consiguió que le aplicaran la eutanasia en 2022. La mujer colombiana, que padecía esclerosis lateral amiotrófica (ELA), murió a los 51 años en el Instituto Colombiano del Dolor, en Medellín, luego de una larga lucha legal a pesar de que la legislación existe desde 1997.
En Colombia se practicó además el primer procedimiento en América Latina con un paciente no terminal. Víctor Escobar, un transportista colombiano de 60 años, padecía varias condiciones degenerativas incurables: enfermedad pulmonar obstructiva (EPOC) e hipertensión, además de haber sufrido dos accidentes cerebrovasculares en 2008.
En Ecuador se logró una sentencia constitucional en favor de la muerte asistida gracias a Paola Roldán, una joven que padecía esclerosis lateral amiotrófica (ELA) y demandó que se le permitiera acceder a una eutanasia activa.
La sentencia constitucional convirtió a Ecuador en el noveno país del mundo en despenalizar la muerte asistida: “Hoy el Ecuador es un país un poco más acogedor, más libre y más digno”, dijo Paola Roldán cuando conoció la sentencia.
En Perú, la Corte Suprema autorizó en 2022 su aplicación para una mujer que sufría una enfermedad incurable, mientras que Uruguay se sumó en 2025 a la reducida lista de los países del mundo que permiten la eutanasia, el primero de América Latina en aprobarla por ley, luego de cinco años de debate en el congreso, a pesar de que el 62% de los uruguayos estaba a favor.
La lucha por la muerte digna tiene una larga historia, en la última mitad de siglo pasado se impulsó el debate para legalizarla y convertirla en un derecho.
El pionero más notorio fue el Dr. Jack Kevorkian, reconocido patólogo de Michigan a quienes sus pacientes consideraban un ángel y sus oponentes llamaban “Doctor Muerte”. Su frase famosa, “morir no es un crimen” fue satanizada por una sociedad muy conservadora, especialmente por sectores religiosos reaccionarios y poco sensibles a los sufrimientos de los enfermos terminales.
Kervorkian ayudó a morir a más de 130 pacientes con enfermedades degenerativas, y por su actitud desafiante fue tomado preso varias veces. En 1998 fue arrestado por la asistencia que brindó a Thomas Youk un paciente que sufría la enfermedad irremisible de Lou Gehrig y fue condenado por homicidio en segundo grado.
Fue el campeón de la eutanasia voluntaria y del suicidio asistido, y recibió por ello amenazas de muerte (menuda paradoja…) por parte de sectores conservadores religiosos en Estados Unidos. Su manera de actuar era consecuente con el juramento hipocrático de evitar el sufrimiento de los enfermos. Kevorkian no improvisaba: los pacientes acudían a él cuando todavía tenían pleno uso de conciencia, y firmaban un documento en el que solicitaban su asistencia para morir en paz.
El mundo está cambiando, pero la hipocresía sigue. Algunos médicos, en lugar del juramento hipocrático, se trancan en posiciones hipócritas, escudándose en las leyes que demonizan y penalizan la muerte digna. Pero, como narré antes, la muerte asistida se practica incluso en países donde todavía no ha sido plenamente aprobada legalmente. Es una cuestión de humanidad y empatía, en primer lugar, y luego un tema que debe ser legislado adecuadamente.
Hace mucho tiempo que tengo este artículo en cantera, y estaba esperando que tengamos mejores congresistas para publicarlo. Lo lanzo ahora como un desafío y una prueba para los nuevos diputados y senadores de la Asamblea Legislativa.
¿Tendrán el valor humano de promover una ley que haga posible la muerte asistida en casos irreversibles o se rendirán ante la hipocresía de una sociedad que es compasiva con los animales, pero no con los seres humanos? ¿Quién será él o la valiente que enarbole esta bandera en este periodo legislativo? ¿O seguiremos acumulando retrasos históricos en todos los campos?
Alfonso Gumucio es escritor y cineasta