Investigadores de la Universidad de California, Davis han desarrollado un trigo capaz de producir su propio fertilizante natural, un avance que puede marcar el comienzo de una nueva era en la agricultura, más limpia, eficiente y sostenible.
Esta innovación biotecnológica utiliza la herramienta de edición génica Crispr para aumentar la producción por parte del trigo de una sustancia llamada apigenina, un compuesto que estimula bacterias en el suelo para formar biocapas protectoras que les permiten realizar la fijación biológica de nitrógeno.
Este proceso, en la práctica, es la transformación del nitrógeno del aire en un nutriente utilizable por las plantas, lo que reduce, incluso elimina en ciertos niveles, la necesidad de fertilizantes químicos nitrogenados.
Este descubrimiento tiene un potencial transformador impresionante, especialmente para regiones que, como Bolivia y buena parte del Sur Global, enfrentan limitaciones enormes para acceder a fertilizantes artificiales principalmente por los altos costos.
Este trigo modificado puede ofrecernos un modelo de producción agrícola que dependa menos de insumos externos y más de la interacción natural sembrada con ciencia y tecnología avanzada.
Recordemos que la Revolución Verde de los años 40 y 70, liderada por Norman Borlaug, fue esencial para elevar los rendimientos en una época en que la pobreza y el hambre se cebaban con millones.
Sin embargo, los fertilizantes químicos que impulsaron ese auge hoy muestran serios efectos colaterales: contaminan aguas con nitratos y, en exceso dañan la calidad de suelos. Cerca del 50-70% del nitrógeno aplicado se pierde, afectando ecosistemas enteros y fomentando zonas muertas en ríos y lagos.
Frente a esa realidad, esta innovación reactiva una relación milenaria entre plantas y bacterias con un leve “empujón” científico para mejorar su eficiencia. Si bien las leguminosas −por ejemplo, frijoles y arvejas− ya tienen esta simbiosis natural con bacterias fijadoras en sus raíces, los cereales principales, incluido el trigo, habían permanecido al margen de esta solución hasta ahora.
Este avance también podría traducirse en grandes ahorros para el agricultor y el planeta: sólo en Estados Unidos, se calcula que las cosechas de cereales cubren casi 500 millones de acres, con un gasto cercano a los 36 mil millones de dólares anuales en fertilizantes nitrogenados. Una reducción conservadora de apenas el 10% en el uso de fertilizantes gracias a esta tecnología podría significar mil millones de dólares en ahorros anuales junto a beneficios medioambientales.
Sin embargo, mientras el mundo avanza en estos desarrollos, Bolivia enfrenta un cuello de botella normativo que limita la investigación, uso y fiscalización de biotecnologías como esta. El marco legal para organismos genéticamente modificados (OGM) es fragmentado y en muchos casos contradictorio, generando incertidumbre tanto en científicos como en inversionistas y productores.
Esta carencia no solo frena el desarrollo de soluciones innovadoras, de carácter local y sustentable, sino que también nos aleja de la posibilidad de inspeccionar y regular adecuadamente tecnologías que pueden ser clave para nuestra seguridad alimentaria y la adaptación al cambio climático.
El desafío moderno no está sólo en descubrir, sino en adaptar e integrar estas soluciones con responsabilidad, en entornos normativos claros. La ciencia nos habla con voces nuevas; solo falta que la política y la ley escuchen y actúen en consonancia. Esta innovación es más que un avance científico: es una puerta hacia un futuro agrícola más justo, provechoso y sostenible para todos.
Cecilia González Paredes. Ms.C. es biotecnóloga y comunicadora científica.