La historiografía boliviana no se manifiesta como una secuencia lineal de eventos, sino como una sucesión cíclica de crisis de hegemonía, donde el agotamiento de un orden social precede invariablemente a una reconfiguración profunda del contrato político.
Estos periodos de transición no constituyen meros hitos cronológicos, sino verdaderas rupturas ontológicas que redefinen la relación entre el Estado y la sociedad civil. A través del análisis de tres procesos fundamentales, es posible identificar una dialéctica recurrente entre exclusión e inclusión que determina la emergencia de nuevos sujetos históricos y la naturaleza del Estado resultante.
El primer ciclo de transición, que se extiende desde el ocaso del populismo pre-moderno de Belzu (1855) hasta la Revolución Federal de 1899, representó el tránsito del caudillismo inestable hacia la consolidación institucional del Estado oligárquico.
Tras décadas de inestabilidad política, la élite minera y terrateniente logró institucionalizar un modelo de modernización periférica de corte liberal-conservador. El factor determinante de esta etapa fue el desplazamiento del eje de acumulación económica: de la oligarquía de la plata (conservadora y sureña) hacia la naciente oligarquía del estaño (liberal y paceña).
Sin embargo, este tránsito intra-elitario compartió un elemento de continuidad estructural: la persistencia de una sociedad de castas. El señor minero y/o terrateniente, el pongo y el peón configuraron la estructura de dominación colonial-republicana.
La segunda gran transición se inaugura con el trauma de la Guerra del Chaco (1932-1935) y culmina con la Insurrección de Abril de 1952. Este periodo marca el colapso del "Estado de los Barones del Estaño" y la emergencia del Estado Nacional-Revolucionario. A diferencia de la transición de 1899, que fue una reacomodación entre élites, la Revolución de 1952 introdujo una ruptura estructural mediante la ciudadanización de los sectores indígenas y la plena incorporación de los estratos previamente marginados (mujeres y mestizos empobrecidos) a la esfera pública.
El tercer proceso, iniciado en 2016 tras el referéndum que vetó la reelección indefinida de Evo Morales, erosionó el proyecto autoritario masista proyectando un escenario democrático centrado en un nuevo sujeto histórico: el ciudadano democrático. Se trata de la superación de la democracia popular y la instalación de un proceso enmarcado plenamente en el capitalismo tardío y la modernidad triunfante.
Estos procesos, que podrían interpretarse como fenómenos de entropía política, concluyen siempre en la búsqueda de una estabilidad que oscila pendularmente entre dictadura y democracia. Desde nuestra perspectiva, la ruta crítica de la democracia boliviana muestra un tránsito que va de la “oligarquía-democrática” a la “democracia popular” y de ésta a la “democracia ciudadana”.
Quizá el proceso nos permita ratificar lo que sostienen los expertos: el Estado es una construcción inacabada cuya viabilidad depende de nosotros, los ciudadanos de a pie. La pregunta que flota en el ambiente es si hemos culminado el tercer lapsus de transición histórica, o estamos aún en sus terribles avatares.
Renzo Abruzzese es sociólogo.