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La Escaramuza | 28/01/2026

Candidatos y elecciones: la búsqueda de sentido

Renzo Abruzzese
Renzo Abruzzese
La proliferación hiperbólica de candidaturas para las próximas elecciones subnacionales en Bolivia no constituye, bajo ninguna lectura rigurosa, un síntoma de vitalidad democrática o de pluralismo ideológico. Por el contrario, nos enfrentamos a una "exuberancia" de opciones que termina formando una cortina de humo que oculta la erosión de lo político. 

En términos de Byung-Chul Han, asistimos a la instauración de una "democracia del espectador" en la que la política se ha despojado de su aura narrativa para convertirse en un discurso de simplicidades y narraciones similares que abordan las mismas cosas de la misma forma.

Esta saturación de siglas y rostros que carecen de una línea ideológica diferenciable nos sitúa en un escenario lineal; ya no hay antagonismos de clase o proyectos de país en disputa, sino, una competencia de gestores que se mimetizan en un liberalismo pragmático aderezado con barnices populares para seducir al electorado.

Es imperativo analizar este fenómeno como una degradación de la política en beneficio del discurso simplista. El agotamiento de las grandes narrativas, concepto central en Lyotard, se manifiesta aquí en una fragmentación del Estado que ha perdido su capacidad de articular un sentido colectivo.

Lo que queda es un residuo posmoderno donde el marketing sustituye a la praxis. La hipótesis que sostenemos acá es que este caos electoral que observamos es la resultante de un largo proceso de atomización social, de polarización y racialización. 

La política ya no busca la transformación de la realidad, sino la administración de lo existente mediante un discurso "pragmático" que, en su afán de ser eficiente, termina por ser intelectualmente estéril.

No hay innovación porque el sistema, en su inercia de fraccionamiento, solo permite la autoreferencialidad: candidatos que son, en última instancia, espejos de una sociedad que ha renunciado a pensar el futuro de forma diferente. Algo muy parecido vimos en las elecciones nacionales

En este ecosistema político,  la única diferenciación que sobrevive es la tensión identitaria entre la extracción indígena y el mestizaje. Sin embargo, incluso esta distinción parece haber sido fagocitada por la lógica postmasista. 

Muchos de estos actores son, efectivamente, el producto político de dos décadas de hegemonía del MAS. No obstante, el  aprendizaje que supuso el manejo del Estado y la inclusión política real (y no formal) no se han traducido en una renovación del pensamiento crítico, sino en la reedición de lecturas raciales ancladas a todo nivel.

El proceso de inclusión no ha transformado el poder; sino parece haber hipertrofiado los viejos discursos del siglo XX. Como diría Baudrillard, estamos ante un simulacro de representación, donde la etnicidad o el origen social se utilizan como marcas de "autenticidad" en un mercado electoral que ya no distingue entre ciudadanos y consumidores.

A todo esto hay que agregar la ausencia de proyectos innovadores que, finalmente traduzcan o expresen la necesidad de inventar algo que sea verdaderamente diferente,  algo que rompa con la mismidad del modelo de gestión municipal  y social vigente. 

Al ser todos "más o menos liberales", los candidatos eliminan la negatividad del conflicto dialéctico, transformando la elección en una competencia de personalismos vacíos. Para diferenciarse solo se requieren referencias personales. 

Esta es la política de la "comunicación sin comunidad", donde el exceso de candidatos produce un ruido ensordecedor que impide el diálogo deliberativo. 

El Estado, fraccionado en feudos electorales y corporativismos, ya no es el espacio de la voluntad general, sino un botín en disputa para quienes han aprendido que el poder es una herramienta de movilidad económica y no un ejercicio de responsabilidad histórica.

Finalmente, este escenario de caos electoral es el reflejo de una sociedad que ha naturalizado la precariedad institucional. La degradación de la narrativa política hacia el eslogan y la imagen digital marca el fin de la política como arte de lo posible para convertirla en el arte de lo probable.

Mientras la estructura del Estado se debilita bajo el peso de la fragmentación, el discurso pragmático se erige como la única verdad aceptable castrando cualquier intento de imaginación política. 

El resultado es una democracia municipal inestable en la que la cantidad de candidatos es inversamente proporcional a la calidad de sus ideas, y donde el electorado, atrapado en la circularidad de lo mismo, se ve obligado a elegir entre matices de una misma carencia de sentido.

Renzo Abruzzese es sociólogo.


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