Y como volverá pronto a movilizarse, seguiremos con la COB.
En este inicio de 2026, Bolivia observa con perplejidad una nueva movilización de la Central Obrera Boliviana (COB) y quizá otras más hacia adelante. Para entender por qué la COB actúa como actúa es necesario desentrañar la "lógica diabólica" que guía a su dirigencia: una mentalidad anclada en el marxismo y el socialismo radical que busca dividir a la sociedad en dos bandos irreconciliables.
Bajo esta visión bipolar, no existe el diálogo ni el acuerdo; solo hay una guerra entre "los buenos" (ellos, los supuestos representantes del pueblo) y "los malos" (el resto de la sociedad). Sin embargo, esta marcha no es un signo de vitalidad, sino el "réquiem" de una estructura que se niega a aceptar su propia obsolescencia.
1. Las joyas del viejo corporativismo sindical.
La COB actual es la heredera envejecida de la "hermana vieja" nacida en la Revolución de 1952. Aquella COB, aunque poderosa y central en la modernidad industrial de la época, parió lo que se conoce como las "tres joyas" del corporativismo boliviano: una ideología clasista excluyente, un estilo de acción abusivo y prepotente, y la convicción de que el Estado es un botín de propiedad exclusiva.
Esta herencia se consolidó en el cogobierno MNR-COB (1952-1964) y alcanzó su paroxismo en la Asamblea Popular de 1971, donde el radicalismo obrerista intentó imponer una "dictadura del proletariado" sin matices.
Desde entonces, el hilo conductor ha sido el mismo: el uso de la violencia estatal y paraestatal, el desprecio por los "librepensantes" y una estructura sindical piramidal y autoritaria que utiliza el discurso de defensa de los recursos naturales para encubrir intereses parciales y prebendales.
2. La COB en el Estado Plurinacional con el MAS
Con la llegada del MAS-IPSP en 2006, la COB no se renovó; simplemente cambió el "guardatojo" minero por el poncho y el lluchu. El Estado Plurinacional no fue el "Estado síntesis" que algunos soñaron, sino el "Estado instrumental" del corporativismo sindical.
Durante dos décadas, las "tres joyas" brillaron con un matonaje abusivo y una corrupción institucionalizada.
En este periodo, la COB actuó como el brazo ejecutor de un proyecto que subordinó la independencia sindical al poder político. Sus dirigentes se convirtieron en figuras permanentes que controlan a las bases mediante el adoctrinamiento ideológico, asumiendo poses democráticas mientras pisotean el pluralismo y el Estado de derecho.
Al ser parte del engranaje del MAS, la COB validó un modelo que privilegió el extractivismo, la ineficiencia de las empresas estatales y la acumulación de riqueza en pocas manos a través de la minería ilegal y el prebendalismo.
3. El ocaso de lo "nacional-popular"
El eje del conflicto hoy radica en que la COB ya no representa a la Bolivia del siglo XXI. Lo que conocemos como lo "nacional-popular" –ese movimiento político de base sindical y colectivista del siglo XX– está en plena disolución. La COB se ha quedado anclada en un libreto viejo que ya no resuena con la realidad de una nación compleja, urbana, mestiza y cosmopolita.
Mientras la dirigencia cobista insiste en la confrontación bipolar, ha emergido una "hermana joven": la sociedad civil ciudadana. Esta nueva fuerza es transclasista, transregional y transétnica. No busca la división, sino la articulación democrática. La crisis del MAS y el agotamiento de la COB marcan el fin de un ciclo económico y político.
Lo "popular-nacional" (la cultura, la lengua, la identidad) sigue vivo, pero ya no acepta ser tutelado por un sindicalismo caduco.
Al finalizar enero de 2026, la marcha que hizo la COB, con su “logro” de la derogatoria del Decreto 5503 incluida y a semejanza de la Marcha por la Vida de 1985, fue el último aliento de un modelo que se apaga. Sus dirigentes, incapaces de vivir sin confrontar a la sociedad consigo misma, se resisten a aceptar que Bolivia ha transitado hacia lo "nacional–ciudadano", dejando atrás las lógicas de guerra del siglo pasado para buscar una democracia en desarrollo, auténticamente plural y moderna
Carlos Hugo Laruta es sociólogo.