Bolivia atraviesa un cambio silencioso pero irreversible. Las estructuras que sostuvieron el imaginario político del país durante más de siete décadas se desmoronan frente a una realidad urbana que ya no responde a los viejos llamados de la selva sindical. En el centro de este fenómeno se encuentra la Central Obrera Boliviana (COB), una organización que nació para ser el "otro Estado" y que hoy, a inicios de 2026, deambula como un fantasma institucional en una sociedad que ya no la reconoce como su vanguardia.
1. El corazón del "Estado del 52" que va muriendoLa COB no es una organización cualquiera; es la hija primogénita del proceso revolucionario de 1952. Su nacimiento estuvo ligado a la potencia de la minería del estaño, plomo y plata, que en aquel entonces proveía más del 50% de los ingresos del país. La COB nació con tal poder fáctico que instauró el "cogobierno MNR-COB", una simbiosis en la que el sindicato y el Estado eran las dos caras de una misma moneda.
Durante las dictaduras militares (1964 a 1978), la COB radicalizó su postura, oscilando entre el apoyo a la guerrilla y ensayos de poder dual, como la Asamblea Popular. Sin embargo, tras la instalación de la democracia actual, en 1982, comenzó a manifestar una "esquizofrenia" ideológica, atrapada entre la nostalgia de la dictadura del proletariado y la incapacidad de adaptarse a un país que ya estaba cambiando. Mientras la minería estatal se achicaba, el oriente boliviano emergía como la nueva realidad económica, dejando a la COB anclada en un esquema productivo y político del siglo XIX.
2. Nueva ciudadanía Vs corporativismoEl conflicto central de nuestro tiempo es la convivencia –a menudo traumática– de dos sociedades civiles nacidas del mismo vientre de 1952. Existen dos hermanas gemelas: la corporativista (la COB y sus sectores afines) y la ciudadana-individualizada.
Si en 1952 la hermana corporativista nació gigante y avasalladora; la hermana ciudadana nació pequeña, frágil y dispersa en las ciudades. Sin embargo, las "tendencias sociológicas emergentes" —urbanización, migración y crecimiento del mercado— abonaron el terreno para que esa pequeña hermana creciera.
Hoy, Bolivia es un país urbano en casi un 80%. El sujeto histórico ya no es el minero de socavón, sino el profesional de clase media, el comerciante informal, el transportista o el emprendedor.
Esta nueva ciudadanía es individualizada; es decir, de pensamiento y acción política no corporativista. Sus lealtades no son para con el gremio o el sindicato, sino para con la institucionalidad democrática y la libertad personal.
La COB, aferrada a su "ajayu autoritario" y cooptada por el populismo radical del MAS durante las últimas dos décadas, ha ratificado este 2026 que perdió la capacidad de representar a esta ya enorme clase media mestiza e indígena que busca mérito y seguridad jurídica, no consignas ideológicas de la ya superada Guerra Fría del siglo XX.
La COB ya no representa a la ciudadanía de las grandes y cosmopolitas urbes como La Paz, Santa Cruz, El Alto, Cochabamba y otras; representa sólo a una burocracia fanáticamente ideologizada (comunistas, socialistas, trotskistas) que defiende privilegios en el entorno de una crisis que la misma COB ayudó a crear.
3. La COB y la crisis de lo nacional–popularEl declive de la COB es, en última instancia, el epitafio de lo nacional–popular. Este concepto –que dominó el siglo XX boliviano– entendía la política como una lucha permanente entre nación y antinación, con el sindicato como eje rector. Pero las "tres joyas" de esta identidad (ideología plurinacional radical, base corporativista y una visión autoritaria de la democracia) se están disolviendo.
El modelo nacional–popular que encontró su expresión más alta –y quizás final– en el MAS hoy muestra sus límites: despilfarro, desinstitucionalización y una crisis económica que se manifiesta en la falta de dólares e inflación. La COB, al haberse convertido en un satélite del poder político masista y haber validado senderos autoritarios, se ha quedado sin discurso frente al fracaso de la gestión estatal.
Lo que estamos presenciando a inicios de este 2026 con las acciones desesperadas de la COB, no es solo la decadencia de una sigla sindical sino el agotamiento de una forma de entender la política. El ciclo de lo "nacional–popular" llega a su fin porque la sociedad que lo alimentaba ya no existe.
El futuro pertenece a esa "hermana pequeña" que hoy es adulta y enorme: la sociedad civil ciudadana que, frente al atropello corporativista, exige una nación democrática, institucional y moderna. La COB ya no es el motor de nada; es el anacronismo que confirma que un nuevo tiempo ciudadano ha comenzado.
Carlos Hugo Laruta es sociólogo boliviano.