En la vida pública boliviana hay muchos therians políticos. Tuvimos el mono (Víctor Paz Estenssoro), el conejo (Hernán Siles Zuazo), el gallo (Jaime Paz Zamora). Si podemos apropiarnos del trend de las últimas semanas, incluso en las nuevas elecciones tuvimos a nuestro Gallito (Rodrigo Paz, de la dinastía Paz) y a Capibara (excapitán Lara).
La therianización de nuestras figuras políticas suele servir de buen marketing y, en otras ocasiones, de forma despectiva para denunciar y criticar conductas. Pero la therianización no es lo que me trae a este escrito, sino que más allá de la animalidad política quiero que pensemos un poco la figura del nuevo presidente Paz y su futuro en la historia.
Me pregunto: ¿por qué nos acordamos del mono (Víctor Paz Estenssoro)? ¿Y no de figuras como Tomás Frías, uno de los presidentes más olvidados del siglo XIX? Esto para pensar, o especular un poco, dónde el nuevo presidente Paz quedará en la historia. ¿Cómo saber si un presidente quedará en los andenes de la historia como triunfador, o si terminará en el triste olvido?
Pensemos en el presente. El matrimonio político de Paz–Lara llevó al poder a Paz. Solo no podía, Lara lo sabía, él lo sabía. Pero Lara es un pragmático de la política, como Paz. Dice que es humilde, lo ataca y luego lo disculpa y así over and over again. Paz, más silencioso, más cauto, solo disimula. Ambos, al final, saben que tienen lo que querían: unas gotas de poder. Así lo hicieron varios de los más de 60 presidentes que ha tenido Bolivia desde 1825.
Varios llegaron por vacíos de poder de sus “papitos políticos”, como Tuto. Algunos llegaron a la fuerza por golpes militares. Unos son buenos chicos, hicieron lo que pudieron. Otros tienen más angurria de poder. Pero todos, al final, aunque digan que no, buscan poder y sus beneficios. Como en el cacho, lo que se mira se anota. En política, el poder siempre termina delatando.
Sin embargo, en esta historia angurrienta de la silla presidencial (“yo solo quiero gobernar”, decía un personaje en un programa llamado Esta boca es mía), solo algunos quedan en la historia marcada de la vida nacional. Solo algunos reciben los aplausos de la historia.
Mientras otros reciben la espalda. En alguna escuela pública de los confines bolivianos, las wawas sufrirán tratando de recordar ese nombre y apellido de ese presidente, ese del que los libros no hablan de mil hazañas. Esos de los que no tienen nombres de unidades educativas, de esos de los que los profes hablan con vergüenza. Esos cuyos bustos en las plazas serán sucios por las palomas. Esos que su foto y una biografía medio trucha quedarán para la historia. O los que, si bien tienen apoyo, tienen una cara oscura que ocultar, como Banzer Suárez y su historia en la dictadura, y más recientemente Jeanine Áñez y las masacres de Senkata y Sacaba.
Hablemos un poco, en ese sentido, sobre el libro Pachakuti: el retorno de la nación, de Vincent Nicolas y Máximo Quisbert, publicado por el extinto PIEB. En cuyo último capítulo comparan a dos figuras de la historia: Víctor Paz Estenssoro y Evo Morales. El capítulo se llama Pazestenssorismo y evismo. Variaciones bolivianas en torno al culto de la personalidad: la Revolución Nacional vs. el Proceso de Cambio.
Allí los autores recuperan biografías y anti-biografías, y para el caso de Evo materiales visuales dedicados a estos personajes. Pero me llamó la atención una forma en que los denominanen esos textos: “conductores”. Paz Estenssoro como el “insigne conductor”, y Evo como el “Jilïr Irpiri’ (gran conductor).
En los pocos meses de Paz hemos tenido caída de avión y, como nunca en mi vida, un desastre que afecta literalmente los motores del país: la gasolina. Paz ha logrado salir de todos los convenios o asociaciones internacionales de izquierda que el MAS había mantenido, incluso fue a allegarse al brazo del presidente de los Estados Unidos. Su figura ha hecho girar el país, sin duda. La estabilidad del dólar, en un escenario de crisis económica, se sintió. Se estabilizó.
Pero cuando los motores paran y nos toca caminar a todos, el problema con la gasolina en Bolivia, los varios autos dañados, incluidos el de la figura de Carlos Mesa, que salió a quejarse públicamente; o la triste escena en la que un conductor entrega al ahora encargado de esto en el gobierno las llaves de su auto para que se lo devuelva en buen estado, muestran otra cara.
La campaña de los “aditivos” no suena lo suficiente como para callar el silencio de los motores sin trabajar. Todo esto es un caldo de cultivo negativo para su popularidad. Lo peor: frente a las voces críticas, que son inevitables y que ya le han denominado el incaPaz, ahora, si esto no se controla, tal vez los libros de historia le llamen, ya no el conductor, sino irónicamente el desconductor.
Ojo: los sociólogos no tenemos una bola mágica para ver el futuro. Quedan varios años por delante. La historia no se escribe y ya. Como decía Rémy Lenoir, siguiendo a Durkheim, es necesario un verdadero “trabajo social” para denominar algo.
Creo que el libro de Nicolas y Quisbert es una maravilla. Pero su comparación entre el pazestenssorismo y el evismo se hace cuando el evismo todavía se estaba viviendo. Tal vez no fue justa la comparación. Así ocurre con la historia política: se entiende mejor cuando ya terminó. Por eso nos toca esperar para saber dónde colocará la historia a Rodrigo Paz. Serán años, décadas o siglos. El humilde escritor no lo sabe. Tal vez algún lector lo averigüe después.
Daniel Mollericona Alfaro es sociólogo. Cursa un doctorado en la Universidad de Yale, EEUU.