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Sociología espontánea | 16/01/2026

¿Es nuestra marca la crisis?

Daniel Mollericona
Daniel Mollericona
El Papirri decía, en sus conocidas frases de metafísica popular: “Bien preocupado estoy, pero ¿qué importa?”. Una frase sencilla, pero, según él, profundamente boliviana. No niega la preocupación, pero la domestica. La vuelve parte del paisaje cotidiano, como si la crisis fuera algo con lo que se aprende a convivir.

En esta columna ya hemos dedicado muchas letras a pensar qué es ser boliviano. Hablamos del picante, de la música chicha, del nacionalismo del mar, del picar y granear, etc. Pero hay una pregunta que incomoda más que las otras: ¿y si nuestra marca no es una forma cultural, sino un estado permanente? ¿Y si nuestra marca es la crisis?

¿Está el ser boliviano caracterizado por la crisis?

No habían pasado ni dos semanas del 2026 y Bolivia ya estaba en ebullición. Protestas, marchas, bloqueos, una pulseta política para frenar el Decreto Supremo 5503. El gobierno decía no, no, no (Casi como su clásico: “Bolivia, Bolivia, Bolivia, Bolivia…”). El tono era de conflicto, ese de no retroceder ni para tomar impulso, como dijo Rodrigo Paz. Días después, sin embargo, el decreto fue anulado frente a movilizaciones no solo de la COB, sino también otros sectores como los indígenas/campesinos.

Y así, una vez más.

En Bolivia este escenario se repite con una regularidad inquietante. Crisis que parecen cíclicas, recurrentes, casi estables. Todo cambia, pero el cambio mismo es constante. Una crisis que ya no sorprende, que se espera, que se anticipa. La crisis como rutina.La pregunta entonces vuelve: ¿será que nuestra marca es la crisis?

No es una idea nueva. A inicios de los años 2000 se volvió explícita, casi como manual político. El documental Our Brand Is Crisis, dirigido por Rachel Boynton, sigue a un equipo de estrategas de campaña estadounidenses que llega a Bolivia para trabajar en la elección presidencial de 2002, apoyando la candidatura de Gonzalo Sánchez de Lozada. El país que muestra el documental es uno atravesado por reformas neoliberales, privatizaciones, desgaste institucional y una profunda desconexión entre élites políticas y sociedad.

Lo inquietante del documental no es solo el cinismo de los consultores, sino la normalidad con la que se usa la crisis como herramienta. Muestra la crisis como un insumo, como un lenguaje de campaña, como la materia prima para organizar emociones políticas. 

La premisa no era negar el diagnóstico social, sino dirigirlo: si el país ya se percibe en crisis, entonces lo decisivo es quién define qué está en juego, quién encarna la salida, quién administra el miedo y quién capitaliza el agotamiento: “we do not have to change the way people perceive the country, we have to change what is at stake in the election”, decía uno de los consultores en el trailer del documental. 

Ese mundo del 2000 es clave para entender la historia reciente del país. No es un episodio aislado, sino el umbral de lo que vendría después. La Guerra del Gas, la caída de Goni, la sensación generalizada de que el modelo había llegado a un límite. La crisis dejó de ser solo un discurso y se volvió experiencia corporal: muertos, bloqueos, renuncias, exilios. Pero incluso entonces, la crisis no desapareció del relato político. Simplemente cambió de signo.

Años más tarde, Hollywood hizo su propia versión con Our Brand Is Crisis, protagonizada por Sandra Bullock. La película fue mal recibida por la crítica. Fue una versión muy “liviana”. Pero incluso en esa versión más liviana, la idea central quedó intacta: la crisis vende, ordena el relato, vuelve legible la política.

Y aquí volvemos al presente.

Rodrigo Paz repite una y otra vez la misma idea: no hay dinero, se han gastado la plata, el país está al borde. La crisis vuelve a organizar el discurso. No importa tanto si el decreto se anula o no, si se retrocede o no. El marco sigue siendo el mismo. Gobernar es administrar la escasez. Hacer política es advertir el abismo.

Por eso “nuestra marca es la crisis” importa tanto en la historia de Bolivia. Porque no es solo una etiqueta externa ni una burla cínica. Es una forma de entender cómo se construye el poder, cómo se moviliza a la gente, cómo se justifica la autoridad. La crisis no es solo algo que pasa; es algo que se usa.

Tal vez no sepamos a ciencia cierta si la crisis es nuestra esencia. Pero sí sabemos que ha sido un lenguaje recurrente para explicar el país, para disputarlo y para gobernarlo. Y también sabemos que vivir permanentemente en crisis desgasta, cansa, erosiona la imaginación política.

Por eso la frase que rescata el Papirri puede tener sentido. Nos importa, claro que nos importa. Pero a veces, para no quedarnos atrapados en la lógica eterna de la urgencia, también toca decir: ¿qué importa? No como indiferencia, sino como pausa. Como un gesto mínimo para poder seguir, incluso cuando la crisis parece ser nuestra marca registrada.

Daniel Mollericona estudia un doctorado en Yale.


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