Las desafortunadas declaraciones de una autoridad del país han dado paso a que se abra un debate que es bueno actualizar constantemente porque, al igual que todas las facetas de la vida humana, evoluciona a menudo de maneras insospechadas: la maternidad.
Me gustaría empezar aclarando que defiendo, defendí y defenderé la elección no solo femenina sino masculina de la cantidad de hijos que se desea tener, o si no se desea tenerlos; ninguna de las opciones debería tener mayor justificación que la simple y llana voluntad. No hay por qué justificarse, pues no es un delito sino una elección de vida.
Dicho esto, me gustaría hablar de la maternidad antes de la llegada de los anticonceptivos con más del 90% de eficacia, cuando era muchísimo más difícil decidir tener hijos o cuándo tenerlos.
Si pensamos, por ejemplo, en la prehistoria, las mujeres se hallaban constantemente embarazadas tan pronto llegaban a la edad fértil; no había controles de natalidad y la mortandad materno-infantil era alta. Desde entonces, las sociedades antiguas veían como algo positivo el incremento poblacional, pues significaba mano de obra para construir, producir y hacer la guerra; en el mundo antiguo, la riqueza no se hallaba en la tierra sino en cuántas personas tenías para trabajarla. Justo de ahí viene el versículo de Génesis 1:28: “Creced y multiplicaos”.
Como puede verse, tener hijos era algo positivo y, mientras más fueran, mejor. Y es que los antiguos no se preocupaban por tener un doctorado, por adquirir un inmueble o por estar emocionalmente preparados para ser padres como lo hacemos ahora, sino que recurrían a la idea práctica de pensar que es el camino de la vida y que, de hecho, tener una familia numerosa era una bendición divina.
Así dice Génesis 22:17: “Multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está en la orilla del mar”; esta bendición le es concedida a Abraham por Dios como uno de sus elegidos. Más adelante podemos ver en la Biblia a varias mujeres que sufren por no poder concebir, o embarazos inesperados como el de la madre de Juan el Bautista o el mismo de la Virgen María.
Tan importante se consideraba la reproducción que por eso los romanos acusaron a los cartagineses de sacrificar a sus primogénitos al dios Molok como prueba de su abominable cultura, todo esto reforzado en el siglo XIX por ficciones como Salambó de Flaubert –aunque realmente nunca sabremos hasta qué punto son reales tales acusaciones, pues se han perdido registros más allá de lo que cuentan los romanos y la arqueología da respuestas ambiguas por el momento–.
Y los datos siguen: desde los mitos en los que Zeus embaraza a toda mujer que se cruce, pasando por los asirios y su necesidad de eliminar clanes familiares, tanto hacia adelante (acabando con los hijos) como hacia atrás (destruyendo tumbas ancestrales). Siempre hubo una fuerte necesidad antigua de sostener y mantener con vida los legados de sangre.
En nuestro lado del charco las cosas no eran muy diferentes, aunque los arqueólogos han encontrado un par de cosas inquietantes en la antigua cultura viscachani que, al parecer, utilizaba como control poblacional la eliminación de infantes menores de un año en la laguna de Sica Sica, algo que se puede explicar debido a la escasez de alimentos en nuestra árida región; los nacimientos eran bien vistos por los andinos, al punto que en aymara el término para referirse al sustantivo pobre, wajcha, literalmente significa "huérfano" (es decir, alguien que no pertenece a una familia) ; mientras que qamiri, que significa rico, viene de qamaña o vida; algo así como que los que más vida traen son los que más vidas cuentan en su familia.
Saltando a los tiempos modernos, las cosas fueron cambiando y empezaron a aparecer mujeres que no deseaban ser madres o amas de casa, así que se metían al convento, se cambiaban de identidad y vivían disfrazadas de hombre o –las más privilegiadas– aprovechaban su condición económica y se valían de artimañas legales para evadir el matrimonio y, por consecuencia, la maternidad, que en ese entonces estaban profundamente ligados.
Mientras tanto, el resto de las mujeres no tenía más opción que parir los hijos que les daba la vida y hacerlo parte de su día a día. Esta condición es difícil de comprender para las generaciones del siglo XX y XXI.
La famosa Xica da Silva tuvo 13 hijos con el comendador Joao Fernández en 15 años de relación, pero las ficciones contemporáneas omiten mencionar tal cosa porque los medios masivos transmiten la idea de que una mujer hermosa va perdiendo su belleza mientras más hijos tiene. El espectáculo y las protagonistas con muchos hijos no se llevan muy bien.
Actualmente la tecnología permite cada vez a más mujeres elegir si quieren hijos, si no los quieren o cuándo los quieren tener, etcétera. Poco a poco esta capacidad de elección se va masificando, pero como suele ocurrir, la tecnología viaja más rápido que las ideas y muchos todavía son incapaces de concebir que una mujer sin hijos no tiene razón de ser –lo bueno es que cada vez son menos–.
Pero resulta que han surgido también corrientes radicales que satanizan la maternidad como si fuera una imposición del patriarcado contra la que hay que rebelarse, olvidando que la maternidad es una más de las capacidades femeninas. Sin duda están también las mujeres cuyo sueño desde niñas fue tener hijos y criarlos, y eso no las hace menos inteligentes o valiosas que las que soñaban con ser funcionarias, empresarias, académicas o lo que fuera. Y están, por último, aquellas cuyos sueños abarcaban ambas facetas y lo han logrado con esfuerzo, quizás sin perfección, pero con el orgullo de saber que no se dejaron apabullar por las veleidades de la vida.
Sayuri Loza es historiadora.