cerrarSAVE_20260301_150414SAVE_20260301_150414
SAVE_20260314_223345
SAVE_20260314_223345
WhatsApp Image 2026-03-03 at 09.11.50 (1)
WhatsApp Image 2026-03-03 at 09.11.50 (1)
Cartuchos de Harina | 21/03/2026

Los niños de fray Mendieta

Gonzalo Mendieta Romero
Gonzalo Mendieta Romero
Es célebre que José Enrique Rodó, el escritor uruguayo, le transmitió a Alcides Arguedas que su libro Pueblo enfermo debió denominarse Pueblo niño. Detrás de este título –que no fue– se hallan varios lugares comunes de Hispanoamérica. Entre líneas, está allí el paternalismo. El respeto a la mano patriarcal de los presidentes, desde Fidel Castro hasta Álvaro Uribe, pasando por Evo y Barrientos.

Es ese el persistente paradigma conservador en la izquierda y en la derecha: la autoridad por sobre la libertad, porque detrás de esta asoma la anarquía, azote de nuestras sociedades. El propio Bolívar andaba en esas con su modelo de jefe de Estado vitalicio. Y, repasando la historia, tampoco es que a don Simón le faltaran argumentos. En Bolivia, el pueblo tantea en las calles el temple de cada mandatario.

La geografía étnica, agraria y minera ha producido aquí una estirpe de gobernantes benignos, latifundistas sensibles, y otra de gamonales y capataces, chicote en mano. También está el linaje de los defensores de oprimidos, a la usanza caballeresca y con injertos de compasión cristiana; algunos incluso solo como fachada. Por ejemplo, la mayoría del país cayó redonda por causa de esas sensibilidades cuando Evo y García Linera fueron sus idealizados redentores de injusticias. Esa moral de misioneros franciscanos ha podido más que las alertas de los escépticos.

En la interpretación histórica se suele trazar una línea que nace con las denuncias del dominico Bartolomé de las Casas al trato al indio. El indigenismo y la mayor parte de la izquierda provienen de esa tradición, reciclada periódicamente con autores de “vanguardia”. Hasta el katarismo tuvo también mentores oblatos y jesuitas. Pocos recuerdan que el padre de las Casas no se condolía igual del esclavo de color, verdadero huérfano del sistema.

El buen franciscano que alimenta nuestra identidad, empero, no es solo una metáfora. Fue de carne y hueso; construyó una doctrina que hablaba del mismo pueblo niño de Rodó. En el siglo XVI, en México, ese franciscano fue fray Jerónimo de Mendieta. Pese a su insigne apellido, por su lugar natal y de fallecimiento, y su estricto celibato, no fue mi pariente.

Ese Mendieta escribía como un pionero del universalismo liberal o del milenarismo marxista; ambas corrientes desconfían de las naciones separadas por arraigos populares distintos. Como fray Mendieta, liberales y marxistas sueñan que, con sus mártires, “todos los pueblos de la tierra deben prepararse para entrar y disfrutar de una fiesta que será eterna e infinita. Esta, de acuerdo a la visión de San Juan, debe incluir a todas las naciones, lenguajes y pueblos”.

Siguiendo a San Mateo, Mendieta predicaba que Dios no muestra sus revelaciones a los prudentes y sabios, sino a los niños. Esta es una percepción próxima a esa creencia contemporánea de que la solución a todo enredo político es apelar al pueblo inocente o a los desamparados contra los poderosos. Para Mendieta, la Iglesia indiana, compuesta por frailes e indios, era reminiscente del cristianismo primitivo: observaba la pobreza evangélica, libre de “los vicios deplorables, el más terrible la avaricia”, que adquirió después.

Desvalidos en este mundo, los indios poseían por eso virtudes celestiales. Su ingenuidad, pureza y simplicidad eran la “cera suave” en la que “se podía moldear cualquier forma deseada”. Así, la comunidad indiana sería como una escuela. Con disciplina paternal y pedagógica, los indios serían pupilos -no maestros- porque “son los mejores del mundo”.

Las causas judiciales serían sometidas a los magistrados nativos, bajo supervisión de los frailes. Como poniendo palabras siglos más tarde en la diatriba de Evo contra el Derecho Romano, este se identificaba, para Mendieta, con “la corrupta e imperfecta Europa”.

Como ven, fray Mendieta no necesita de este Mendieta andino –ni del de Inodoro Pereyra– para verificar cuánto de su paternalismo y utopismo cristiano pervive en nuestra mentalidad. Inadvertidamente, forjadores de nuestras inclinaciones morales como ese fraile franciscano siguen siendo hoy más influyentes que muchos soberanos e intelectuales.

Gonzalo Mendieta Romero es abogado.


WhatsApp Image 2026-03-03 at 09.11.50
WhatsApp Image 2026-03-03 at 09.11.50