La historia es conocida, aunque sus pormenores se van perdiendo en la memoria. Pierre Laval era primer ministro de Francia en 1935. En Europa se ponía el sol liberal. Y aunque los comunistas moscovitas le provocaban supina desconfianza, Laval buscó reditar una alianza franco-rusa. Otros aliados de París la resentían, como Polonia. Por esta, Inglaterra y Francia entrarían en guerra con Alemania en 1939.
En Moscú, Laval visitó a José Stalin, premier ruso. Este le inquiría por la capacidad militar francesa en el frente occidental: “¿cuántas divisiones?” Luego, Laval cambió de tema: “¿no pueden ustedes hacer algo para promover la religión y a los católicos en Rusia? Me ayudaría mucho con el papa”. Stalin respondió: “¡Oh!, el papa, ¿cuántas divisiones tiene?” Stalin registraba el poder duro, no el blando. Con acidez británica, Winston Churchill Laval glosaba que Laval bien pudo replicar que el papa tiene muchas legiones, no siempre visibles en los desfiles.
Pierre Laval pasó después por Berlín; conversó con un peso pesado de Hitler, Hermann Goering. Le chismeó su recelo de los soviéticos. Churchill anota que esas palabras de Laval fueron cortésmente transmitidas por los alemanes al Kremlin. Por la boca suelta, el plan francés sucumbía sin empezar. Claro que Churchill igual ponderaba los talentos de Pierre Laval aun después de su colaboracionismo con los alemanes. No lo dice, pero Winston también sabía que no hay nada peor que tasar mal al prójimo.
Por un libro que leo estos días, por fin puedo completar el cuadro. Pierre Laval fue al inicio un político de izquierda. Alejado de la élite, de piel morena y rasgos por los cuales recibió el mote de “Jamaiquino”, ascendió por astucia e inteligencia. Su arma era la cercanía. Reconocía que otros sabían más y se servía de ellos. A Laval le bastaba ser ducho en leer a las personas: raramente reaccionan distinto, observaba.
Procedente de la periferia social, Laval se enriqueció como para poseer villas y una casona en París, pero el lujo no era su fundamento interior, sino el poder. Y Laval sí tuvo un principio: el pacifismo. No el doctrinario, sino el que constata que la guerra se nutre de la sangre de los de abajo. En buen castellano, de la carne de cañón. En su paso de la izquierda a la derecha dura, Laval preservó esa sola convicción.
Ya en guerra, los alemanes desbarataron la defensa francesa. Los galos alardeaban de estar blindados del ataque; sus ínfulas les impidieron pisar tierra. Y en ese momento los ingleses yacían solos. Los norteamericanos desplegaban el talante de hoy, desentendidos de las cíclicas grescas del viejo continente (salvo por el remarcable discurso de Marco Rubio en Munich).
Faltaba poco para las rogativas de Churchill a Roosevelt y más para que Pearl Harbor empujara a Washington a pelear. Alemania pisaba y pasaba; se había repartido Polonia con Stalin, amigo de conveniencia. Charles de Gaulle era un viceministro de Defensa, exayudante del mariscal Pétain. Este fue el famoso comandante en la batalla de Verdún en la Primera Guerra Mundial.
De Gaulle dejó Francia y fue a ocupar un espacio en la BBC, arengando a los aliados. Pétain se quedó y firmó un “armisticio” con Alemania. Por eso París no fue bombardeada como Londres. Entonces Laval fue otra vez primer ministro, esta vez de Pétain. Su gobierno tenía sede en Vichy, en el centro sur de Francia. De entrada, una mayoría de franceses sustentó su política: les evitó el destino de holandeses y polacos, y el infierno. Pero no a todos; por ejemplo, en Francia también pululaba el antisemitismo. Y los alemanes se pusieron crecientemente altaneros y crueles.
Muchos preguntan si los intereses de los franceses -de no morir, de no sufrir la desbocada furia nazi- fueron contrarios a los intereses de Francia. Tal vez es una distinción entre la vida y el ideal. Un dilema mitológico, trágico.
Contra lo que se vaticinaba en 1940, los germanos fueron aplastados. A Pétain y a Laval los juzgaron; entre sus varios pecados, apostaron a perdedor. Pétain se salvó de la ejecución, Laval fue fusilado. Un país entero precisaba lavar su conciencia. Buen apellido el de Laval para ese fin, aunque su etimología en galo sea “el valle”.
Gonzalo Mendieta Romero es abogado.