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25/01/2022
Puente del Topater

La Haya: no hay mal que por bien no venga

Ronald MacLean-Abaroa
Ronald MacLean-Abaroa

El 2025, cuando cumplamos 200 años de vida, como país no tendremos mucho que celebrar. Bolivia seguirá siendo materialmente pobre; a nivel interno estaremos más confrontados que nunca, enfrascados en una lucha fratricida por el poder político en las elecciones de ese año; e, internacionalmente, es probable que permanezcamos confrontados con nuestro principal vecino al occidente sur de nuestra frontera.

Es hora de pensar en resolver nuestro “divorcio” con Chile. Dos terceras partes de nuestra existencia la hemos pasado en una pelea estéril con ese país, luego del desmembramiento territorial. Padres divorciados cuyos hijos, los habitantes de nuestros queridos Antofagasta y Potosí, siguen registrando niveles de pobreza y subdesarrollo humano.

Los acuerdos de “separación”, firmados bajo hubris de Chile y némesis boliviana tras el conflicto bélico, nunca se terminaron de cerrar como se debió: permitiendo a nuestro país un acceso soberano al océano Pacífico, como varios esclarecidos estadistas chilenos lo plantearon. Ese hecho ha herido profundamente a Bolivia.

Ha pasado casi siglo y medio de una acrimoniosa relación bilateral, a punto de deteriorarse aún más si La Haya dictara un fallo contrario a Bolivia, respecto del Silala. Y ha faltado una visión histórica y voluntad política de marchar hacia adelante. En vez de insistir en lo que aún nos separa, por qué no mirar lo que nos uniría en el futuro, lo que nos de beneficios y prosperidad compartida. Por qué no convertir el Si-lala en el Sí-al-agua. Por qué no transitar de la “guerra del agua” hacia “el agua por la amistad y la prosperidad”.

Se presenta una extraordinaria oportunidad histórica de reinventarnos, post-La Haya, de dar un giro de 180 grados para plantearnos un “nuevo comienzo” con la madurez de los años y el tiempo transcurrido, con los avances de la humanidad y las experiencias históricas nuestras y de otros continentes. En suma, en la modernidad en que vivimos, no podemos seguir haciendo lo mismo y esperar resultados diferentes.

El siglo XX fue el más violento y destructivo de la existencia humana. Dos guerras mundiales mostraron nuestra infinita capacidad de odiarnos y destruirnos mutuamente. La guerra atómica estuvo ya entre nosotros. Pero la casi total aniquilación de la humanidad, producto de ambas contiendas, obligó a Europa a estructurar un nuevo orden continental conducente a una paz duradera y a una prosperidad compartida.

Partió por la alianza entre los eternos adversarios Alemania y Francia, que se unieron en un gran proyecto económico de complementación y proyección continental, a partir de las industrias del carbón y del acero. Un pacto que luego dio origen a la Unión Europea, el proyecto político más importante de ese siglo.

Bolivia y Chile podrían iniciar un similar camino de reconciliación, si entienden que es la economía y no la ideología lo que cimentara una relación de amistad y prosperidad compartida entre ambas naciones. El agua pudiera ser la primera llave para encontrar un arreglo entre ambos países y, puntualmente, una mayor bonanza para Potosí y Antofagasta.

En lugar de discutir sobre el uso de una fracción mínima de aprovechamiento de las aguas del Silala, Chile y Bolivia podrían pensar en grande y desarrollar sustentablemente toda la cuenca hídrica que recorre la longitud de nuestra frontera cordillerana. Más del 90% del agua de esa cuenca andina escurre de Chile a Bolivia y en su mayoría se insume sin mayor utilidad económica o social. Casi lo mismo sucede con el potencialmente 8% que fluye de Bolivia hacia Chile.

Chile inicia un nuevo gobierno el próximo 11 de marzo, el mismo que ha prometido transformar al Chile actual. Ahí tiene una extraordinaria oportunidad para dar un paso constructivo redefiniendo su acercamiento con Bolivia. Y Bolivia de dar también un giro radical a la actual forma beligerante y adversaria de relacionarse con Chile. Pasar del reclamo, la queja, y el rechazo a las soluciones constructivas, de integración y beneficio mutuo.

¿Qué mejor manera de “sembrar” los excedentes de la minería, que la de convertirlos en agua, en vida para sus habitantes? Ello sí sería un gran motivo de celebración de nuestro bicentenario patrio, por el nuevo gobierno a inaugurarse en el 2025.

*Fue Canciller de la República



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