Aunque hoy es una realidad, desde hace años el mundo asiste a un cambio de orden geopolítico a nivel global, cuyos resultados son inciertos y encierran un alto grado de incertidumbre a nivel político y socioeconómico.
El mundo que hoy habitamos es distinto al de 5 o 7 años atrás; al de hace 20, ni se le parece. Los numerosos conflictos armados se agudizan y las tensiones entre las grandes potencias se agravan. Emerge la sensación de que cada vez es más difícil alcanzar acuerdos –los grandes acuerdos– que supongan una garantía de estabilidad a largo plazo o la llave para avanzar en base a los principios y valores compartidos.
Hace unos días se celebró en Múnich la ya tradicional Conferencia de Seguridad, la cita anual por excelencia para hablar de estrategia, seguridad y defensa. La del 2025 fue especialmente singular por los tiempos que corren. En esa ocasión, James D. Vance, vicepresidente de Estados Unidos, hizo una diatriba de los países europeos, su ‘estado actual’ y de la Unión Europea, certificando el fin de la Alianza Atlántica. Desde luego, aquel discurso no dejó indiferente a nadie.
Para la 62ª edición de este año la historia se repitió, aunque con matices importantes. En lugar del vicepresidente, quien embanderó la posición de su país fue el secretario de Estado, Marco Rubio. El primero, un esclavo de sus ideas, el segundo, un político profesional.
Rubio acarició la idea que la mayoría de los europeos preserva con nostalgia, aquella que soporta la ‘cultura occidental’ como óbice de sus enemigos, exigiendo, sin estridencias, asumir responsabilidades. Su interpelación a Europa fue directa: no se trata solo de presupuestos militares, sino de conciencia histórica.
Pero el fondo de la cuestión es más complejo. Rubio no señaló con nombre y apellido quiénes son esos enemigos, para qué hay que salir al paso o qué es lo que se espera de un posible refuerzo del papel de Estados Unidos en el mundo. Lo evidente es la incógnita, la incertidumbre y el desorden. Mientras tanto, los europeos reconocen poco a poco que la melancolía no es estrategia.
Es correcto afirmar que Estados Unidos busca cambiar la posición en la que ha estado los años previos al segundo mandato de Trump (su primer gobierno incluido), por una estrategia de asimilación bajo amenaza o imposición. Lo que el secretario de Estado propone es una alternativa que se parece más a una propuesta de sustitución que de pacto multilateral: ofrece un vínculo civilizacional.
Occidente está amenazado desde el interior tanto como desde el exterior. El reto sería su refundación desde los valores establecidos por el movimiento MAGA (Make American Great Again).
Pero ello supone una serie de problemas. En primer lugar, la naturaleza actual de la propia Alianza Atlántica, más débil que nunca. Tres de sus principales fundamentos han dejado de estar vigentes: la defensa y promoción de la democracia, los mercados abiertos y la garantía de seguridad norteamericana sobre el Viejo Continente.
Queda en pie uno de sus instrumentos, la Organización para el Tratado del Atlántico Norte (OTAN), cada vez más en cuestión. Es la Organización de seguridad pensada, en parte, para defender aquello que se ha comentado con insistencia: el bloque occidental.
En la Conferencia de Múnich se ha hablado de defensa, sí, pero también de seguridad, cadenas de suministro y energía…nuclear, por supuesto. Nada es casualidad en este mundo gobernado por la especie humana. Que la Unión Europea esté insistiendo con fervor en la necesidad de cerrar el Acuerdo UE-Mercosur tiene una justificación lógica: la apertura de nuevos mercados, como consecuencia del cierre de otros.
Que Teresa Ribera, una de las máximas responsables de la Comisión Europea para temas de industria y energía esté buscando alianzas en países como Bolivia para asegurar el suministro de materias primas fundamentales, tiene sentido.
La energía nuclear vuelve a la mesa del debate global como opción viable y práctica en un contexto ya, de por sí, complejo. En la actualidad, ha comenzado una nueva época. Tanto los responsables políticos como los sectores necesitados de grandes cantidades de energía para sus actividades han pasado de una posición agnóstica en materia de energía a aceptar y desarrollar decididamente la energía nuclear como una de las fuentes de energía clave que permitirá que los negocios (especialmente de sectores tecnológicos de alta demanda, como los centros de datos) sigan funcionando y sean competitivos.
No obstante, la situación general en el que se encuentra el mundo de las relaciones internacionales antoja pensar en diferentes consecuencias de orden estratégico y competitivo. La energía y la tecnología serán las dos líneas maestras de control y supervivencia en el mundo: conocimiento, acceso y suministro.
En Múnich ha estado latente el debate sobre las causas y consecuencias de la crisis existencial europea, pero también de las posibles soluciones: la energía nuclear, el papel de Estados Unidos y la inversión en defensa, entre otras. Respecto de lo primero, algunos datos importantes: el panorama mundial indica que la energía nuclear es clave para el futuro.
China y Rusia están actuando con decisión, India parece seguir una trayectoria similar. Europa y Estados Unidos están despertando, pero los avances son desiguales. Si China es el constructor nuclear más ambicioso del mundo en el plano nacional, Rusia es su exportador más formidable en el extranjero.
El mundo y la percepción que tenemos de él están cambiando. Esto es, la cultura política, las relaciones entre los estados, los problemas socioeconómicos no superados y los desafíos del sistema democrático frente a los autoritarismos.
Hay una especie de complejo de culpa que se entremezcla con un golpe de realidad atravesado, no cabe sitio para la duda frente a la amenaza. Occidente, Europa, América Latina están en ese juego.
Mateo Rosales Leygue es consultor político y fundador de Libres en Movimiento.