Hay dos momentos importantes en la historia reciente del movimiento popular en Bolivia. Uno es la derrota política de las pasadas elecciones, cuando sus representantes apenas alcanzaron un 10% de representación; y el otro es el de su sobrevivencia a costa de la estabilidad del país, que se produjo en los últimos días.
Después de la debacle del MAS y de todas sus expresiones, lo único que quedó más o menos en pie fue la desgastada sigla de la Central Obrera Boliviana (COB), como uno de los últimos ejes de articulación de organizaciones sociales dispersas y en un evidente repliegue.
El Decreto 5503 fue una suerte de oxígeno, no solo para una economía en crisis y saqueada, sino para actores sindicales, nuevos y del pasado, que convirtieron la resistencia a esa norma en el camino para su reposicionamiento en el escenario de la protesta social.
No se trató de una batalla en contra de la eliminación de la subvención a los hidrocarburos, sino, como ya se dijo, de la escaramuza extrema por sostener el discurso, que se creía superado, del modelo de desarrollo aplicado por los gobiernos masistas a lo largo de 20 años.
Todavía, aunque pocos lo crean, la narrativa de la defensa de los recursos naturales tiene una misteriosa vigencia entre las bases. Esto, a pesar de que existe la constatación irrebatible de que lo hecho con esos recursos y lo generado por ellos en dos décadas no sirvió ni tuvo el destino esperado.
De tanto defender los recursos, al final nos quedamos sin ellos. Basta ver lo que pasó con el gas y lo que no pasó con el litio. Pero parece que esa conclusión, que no ha calado ni superficialmente en la percepción de la gente, es la que prevalece, lo que nos llevaría a pensar que, si bien la elección supuso una derrota, no se ha instalado una nueva narrativa que realmente remueva la existente.
No basta la lógica del desprestigio, aunque sirva para dejar en evidencia la doble moral en que se mueven los dirigentes sindicales, como es insuficiente también el antimasismo o antievismo al que se aferran líderes de oposición que reiteran esa posición desde hace muchísimos años con un pobre, pobrísimo, resultado electoral.
A las bases no pareció incomodarles que sus líderes tuvieran sueldos millonarios, como no les inquietó tampoco las denuncias, mucho más graves, contra dirigentes nacionales, que emergieron nuevamente como las víctimas de una “derecha” que estuvo nuevamente a punto “de entregar la riqueza nacional” a los extranjeros, aunque eso no haya ocurrido, ni vaya a ocurrir.
Sorprende, también, que, a poco de haber salido de una crisis de desabastecimiento de combustibles, las propuestas sindicales hayan estado dirigidas precisamente a sostener las causas que dieron lugar a ese problema que tuvo en vilo a los bolivianos durante años. Y que encima, ese discurso haya funcionado para movilizar.
La dirigencia –no son más de 100– continúa teniendo la “flauta de Hamelin”, a cuya melodía responden todavía ciegamente algunos grupos y organizaciones que disciplinadamente caminan hacia el despeñadero.
Los demócratas aún no consiguen componer la nueva melodía. Les falta el “cuento” y la ilusión, una manera de explicar las cosas que quiebre la hipnosis populista y levante el velo que impide construir un país que, de una vez por todas, deje atrás los fanatismos.
Hernán Terrazas es periodista.