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Quien calla, otorga | 17/01/2026

La caravana no se detiene

Alfonso Gumucio Dagron
Alfonso Gumucio Dagron
Al leer La caravana sigue (Plural, 2026), las memorias de Gustavo Fernández Saavedra, me he sentido interpelado de varias maneras por la seductora caravana de su vida, una que no termina todavía porque el desierto es ancho y ajeno, y la obra demuestra que a veces –en esa inmensa planicie de horizonte circular y remoto– las decisiones que uno toma lo llevan a modificar el camino y recorrer huellas que no eran inicialmente visibles. 
La vida de Gustavo es atractiva por su actuación en episodios históricos que a él mismo lo sorprendieron: la reunión de la OEA en la Paz (1979) o el secuestro del presidente Siles Zuazo (1984). Estuvo en momentos clave de nuestra historia contemporánea y protagonizó eventos que marcaron al país. Para decirlo científicamente: tuvo una tremenda chiripa de estar en el momento preciso y en el lugar preciso. 

Toto (para los amigos y algunos enemigos despistados) es unos años mayor, pero cuando llegamos a estas edades las distancias se anulan, sobre todo porque cuatro o cinco décadas atrás hemos vivido los mismos eventos desde lugares diferentes: yo desde la calle “feliz e indocumentado” (para citar a García Márquez), y él en posiciones de poder. 

Me sorprendió constatar cómo, a medida que avanzaba en el relato de su incursión en la vida pública, iba yo reconociendo el terreno, redescubriendo a personajes y acontecimientos que menciona, que marcaron su vida, la mía también y la de los amigos generacionales. 

Disfruté cuando aparecía en el relato el nombre de algún personaje cuya amistad compartimos sin saberlo: Héctor Cossío Salinas, Margaret Anstee, Pedro Mercader, Leopoldo Tettamanti, etcétera. Esto creó en mí, como lector, una complicidad gustosa porque me sentí incluido en el mundo de este cochabambino que supo transitar por los caminos de la vida pública y hacerlo siempre guiado por un sentido de ética y de compromiso con el país.

Toto pudo –en varios momentos de su vida– jubilarse como eterno funcionario internacional y dejar atrás a este país que ha sido tan ingrato con su mejor gente. Sin embargo, volvió una y otra vez para trabajar en altos puestos de la función pública que le permitían contribuir con su pensamiento y acción, y poner al servicio de gobiernos de diferente signo ideológico su olfato político, sin comprometer sus valores, que siempre mantuvo en ristre, por lo cual se ganó el respeto que hoy sentimos por él. 

Desde mi perspectiva, uno de los grandes méritos de este testimonio de vida es que no solamente nos permite conocer la calidad de la persona en sus diferentes facetas sino también las relaciones que se tejen entre los personajes de la vida pública al margen de sus funciones más obvias, aquellas que conocemos a través de las informaciones que son de conocimiento público. Somos testigos de un acercamiento humano que nos permite sentirnos parte de un conjunto de valores deseables, lo cual es alentador porque trasciende lo que todos podemos saber a través de los medios de información o de los archivos. Aquí hay una suerte de revelación de lo que sucede entre bambalinas y detrás de bastidores, en ese escenario teatral que es la política nacional e internacional. 

Esta es de esas autobiografías que tiene la virtud de narrar a través de anécdotas el mundo íntimo de la política y de las influencias que son determinantes en las decisiones que afectan a todos los ciudadanos, ya sea en el contexto de nuestro país o en un ámbito más amplio, como es el de las instituciones multilaterales desde las que Gustavo Fernández influyó en temas de trascendencia internacional. 

Además, es un testimonio bien narrado, bien escrito, donde lo que se cuenta es importante por la manera como se cuenta. El estilo es sobrio, conciso, directo. No le sobra nada ni se entretiene en florituras. Utiliza cuando corresponde imágenes de los personajes que menciona como si viéramos una galería fotográfica de la memoria. Es un testimonio valiente, sincero y justo, que habla de las relaciones políticas como son, a veces conflictivas y cargadas de violencia contenida. 

Este libro será mejor apreciado, incluso disfrutado, por quienes han vivido de cerca los episodios narrados y para quienes han conocido personalmente a los personajes que se mencionan, pero para muchos lectores de las nuevas generaciones quizás permanecerá críptico, como una caja fuerte con una combinación secreta y desconocida. Lo cual significa que una mayoría de los lectores quizás no tenga la capacidad de apropiarse de la riqueza de las referencias, pero está bien: cada obra tiene sus lectores, y el autor no pretende publicar un best seller para las grandes mayorías. 

Uno de los comentarios que hice a Toto cuando leí por primera vez la obra, fue en realidad una pregunta: cómo leerán su testimonio los jóvenes (suponiendo que todavía leen libros) que no han vivido lo que él narra. Es decir, cómo decodificarán lo que para nuestra generación son hechos compartidos y comunes. Y esa pregunta tenía sentido y era de alguna manera provocadora porque se refería a un hecho que preocupa y es que los jóvenes de hace cuatro o cinco décadas, éramos más informados que los jóvenes de hoy. No necesitábamos haber combatido en la guerra del Chaco para conocer esa experiencia, ya sea a través de nuestros padres o de nuestras lecturas. Sin embargo, parecería que las nuevas generaciones tienen una manera de abordar la historia que se limita a su ámbito de vida más próximo y a su memoria cercana, ya sea en sus vínculos de amistad o en su mirada sobre el tiempo. 

Me explico. La Revolución de 1952 o el golpe de García Meza, por ejemplo, les parece a los jóvenes de ahora algo remoto. Sus preocupaciones son otras, inmediatas, actuales, aquellas que les afectan directamente. No tienen una visión extendida de la historia, de la cultura y de los personajes que influyen en el pasado, en el presente y en el futuro. Entiendo que la militancia política ya no sea una opción para la juventud actual, pero al menos el conocimiento del porqué de los acontecimientos políticos pasados debería serles útil para tomar las decisiones que toman. 

En ese sentido, el libro de Gustavo Fernández podría serles de utilidad porque transmite la experiencia desde la juventud y desde la madurez de una persona que atravesó momentos clave de la historia reciente, y digo “reciente” porque 30 o 40 años no son nada en términos históricos. Por el contrario, son hechos cercanos que todavía están afectando la vida cotidiana de todos y de esto son poco conscientes los más jóvenes.

Escribir de memoria no es fácil. Un biógrafo hubiera acudido a archivos y hemerotecas para cotejar datos, hubiera entrevistado a otros actores contemporáneos, para estructurar una obra académica. Pero ese no es el propósito de un libro de memorias, sino narrar una perspectiva única y personal sobre los acontecimientos, no describir los hechos en sí mismos. 

El valor del testimonio tiene una particularidad irremplazable: escribir sobre los episodios vividos de una manera que nadie más puede hacerlo. La mirada propia es insustituible porque está dotada de sensualidad y emoción. Es decir: lo que uno vive con los cinco sentidos no se remplaza con un relato neutro. Por supuesto que existe el riesgo de reconstruir ciertos recuerdos, de inventarlos incluso, pero para eso están los investigadores que escriben la historia con gran H. 

Toto Fernández ha sido muy meticuloso en sus memorias, porque tiene la costumbre (que mantiene hasta ahora), de escribir notas sobre episodios que le toca vivir y sobre los que los que su intelecto (o su pasión política) le pide fijar un comentario, como un mojón que marca territorio. Esas notas prolijas que a veces se remontan a 4 o 5 décadas, han sido pistas fundamentales en la redacción de su obra, porque tienen fecha y lugar, de modo que no engañan a la memoria, más bien la fortalecen. 

Escribo todo lo anterior, para animarlos a buscar la combinación secreta de la caja fuerte de este testimonio de vida y usar la propia memoria para encontrar las esquinas solitarias donde los recuerdos comunes se encuentran, y las grandes avenidas donde alguna vez caminamos juntos. 

Quien sin duda conocía la combinación secreta y todas las claves de la vida de Toto era Charito, y este es el mejor momento para recordarla. 

Al final de la “autobiografía razonada” de Fernando Savater, que leí hace poco, el escritor vasco se pregunta si su vida ha cambiado, pero sobre todo si su vida ha servido para cambiar algo más. Creo que el testimonio biográfico de Toto contribuye a cambiar nuestro mundo cercano, nuestra historia próxima pasada y futura, en la medida en que sin quererlo nos muestra lecciones de conducta, de compromiso con el país y con la ética política.

@AlfonsoGumucio es escritor y cineasta. 


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