23/07/2020
Vuelta

Encuestas: algunas pistas, pero no todo está dicho

Hernán Terrazas E.
Hernán Terrazas E.

Las encuestas recientemente publicadas muestran que el MAS dejó de ser imbatible. Sus números en las ciudades no le dan mucho margen de optimismo para pensar en una victoria en primera vuelta, como algunos de sus voceros insinuaron en intervenciones recientes. Hay algunas ciudades en las que el partido de Evo Morales mantiene fuerza, como El Alto, por ejemplo, otras donde todavía da pelea y otras más en las que vive una catástrofe, como Potosí y Cochabamba.

Después de 20 años de haber ejercido el poder, ya sea desde las calles y los caminos, o en la plaza Murillo, el MAS posiblemente experimente ya algunos síntomas de debilidad, propios de las organizaciones que pretenden sacarle lustre político a un discurso ya gastado por el tiempo y por las transformaciones que ellas mismas se encargaron de impulsar.

La apurada salida del MAS, dejando tras sí un reguero de violencia focalizada en sus bastiones de voto tradicionales –algunos distritos de El Alto y el Trópico de Cochabamba–, creó una ilusión de fuerza que se fue apagando poco a poco, como el impacto de las declaraciones incendiarias de su líder desde la Ciudad de México o Buenos Aires.

Así como nadie hizo caso a la consigna de crear un cerco en torno a las principales ciudades del país, la retórica de la “telenovelesca” retirada masista –golpes, persecución, exilio y demás– perdió también efecto con el paso de los días. La voz del propio Morales se fue apagando y Arce ya no pudo seguir alimentando el discurso del candidato “víctima” con el que seguramente se hubiera sentido más cómodo.


En los centros urbanos, afectados en su rutina primero por la crisis política de fin de año y ahora de manera dramática por la crisis sanitaria, la gente posiblemente quiera recuperar no ya una sensación de normalidad, que no será posible hasta que se masifique la aplicación de una vacuna efectiva contra el COVID-19, sino al menos algo de tranquilidad y certidumbre.

El ciudadano común prefiere dejar atrás las estridencias verbales, los dinamitazos y las movilizaciones. Se ha producido ya una transición silenciosa del “ahora sí guerra civil”, hacia el “ahora sí empleo y salud”, que ha dejado a unos candidatos mejor parados que a otros.

El origen de la candidatura de Arce es violento. Representa la venganza, el ajuste de cuentas, la amenaza –si no es como quiero habrá convulsión–, el chantaje y una presión que la gente no está dispuesta a admitir.

La Asamblea Legislativa, con mayoría masista, se ha convertido en un símbolo de lo que la gente no quiere: políticos profesionales que se dedican a sabotear las decisiones del Ejecutivo, que bloquean desembolsos para financiar programas de empleo y salud, que promueven el desacato a las medidas preventivas para evitar la propagación de la pandemia y que proyectan leyes que pueden dinamitar la estabilidad económica del país.

El MAS en el poder ha quedado reducido a una suerte de “pandilla” parlamentaria cuya única consigna es hacer daño.

Al intentar acortar el tiempo de su retorno al poder, el partido que poco a poco va dejando de ser de Evo Morales, redujo también el tiempo que debió destinar a la renovación y, en medio, tropezó con una crisis local y global que en solo tres meses borró la mayoría de los paradigmas que marcaron rumbos y nutrieron los afanes políticos.

La ilusión de la prosperidad, el “exitoso” modelo comunitario y demás frases se hicieron añicos frente a la cruda realidad de un país desnudo de recursos para enfrentar la pandemia. La danza de los millones devino en un macabro desfile de víctimas. Constatamos que durante catorce años se invirtió mucho en la fachada de la casa, en un frágil y demagógico cascarón, que no aguantó el primer viento.

Las encuestas nos dan una idea aproximada de lo que la gente que contestó piensa. Aproximadamente un tercio no sabe por quién votar o no ha decidido su voto. Entre el que aparece primero y el segundo, suman menos del 50%. Es decir que si se suma el porcentaje de los que no saben con el del tercero, el cuarto y el quinto, el resultado muestra claramente que no todo está dicho, salvo que el escenario es muy parecido a los de antes, cuando varios partidos se movían por debajo de la barrera del 30% y eso obligaba a buscar pactos o acuerdos para llegar al poder.

Los elementos visibles, como ya se dijo, son un MAS con menos fuerza y con escasas, nulas posibilidades de reeditar viejas victorias y un segundo pelotón de candidatos que, seguramente, representan la insinuación de un proyecto alternativo que podría consolidarse hacia delante, pero que no termina de tener forma.

El aparente segundo, Carlos Mesa, no es mucho sin el resto y el resto es poco sin Mesa. En esas condiciones, lo lógico sería que se vayan tendiendo puentes sobre pilares evidentes: la necesidad de fortalecer la democracia y retomar la institucionalidad, la urgencia de mejorar las condiciones y capacidad de respuesta del sistema de salud y de encarar una crisis económica muy compleja, que nos atrapa con ingresos mermados del gas y del resto de las materias primas, y un aparato productivo seriamente dañado por la pandemia.

Por ahora, los estudios de opinión, limitados y por razones obvias no del todo rigurosos, indican que Bolivia ya no es un país que vota con miedo al pasado inmediato de los 14 años del MAS ni con el trauma neoliberal. Otros factores determinan hoy la preferencia de la gente y tal vez es eso lo que influye para que porcentajes tan altos todavía no tomen una decisión.

La pandemia, con todo y su secuela de tragedia, representó sin duda un fuerte sacudón para todos, pero también planteó la necesidad de reflexionar el futuro sin la contaminación de los mitos del pasado. Hay nuevos temas en juego y no todo está dicho.

Hernán Terrazas es periodista.