09/03/2020
Vuelta

Campañas y votos

Hernán Terrazas E.
Hernán Terrazas E.

Después de un año de campaña, si se contabilizan los meses del proceso electoral del 2019, la mayoría de los candidatos parece haber decidido esperar hasta el final para difundir el alcance de sus propuestas a toda la población. Por ahora, salvo entrevistas en medios y escasas intervenciones en las tradicionales concentraciones públicas, los aspirantes apenas se dejan ver y mucho menos tocar.

En algunos casos –no en el del MAS que recibirá más de Bs 10 millones del TSE y que tiene varios “tapados” dispersos por ahí– es probable que todo se deba a las limitaciones de recursos o a cierto desconcierto en las definiciones estratégicas: en los “fondos” y en las “formas” de una campaña, en el mensaje y las maneras de divulgarlo.

Los aspirantes/vacilantes aparentemente tampoco entienden del todo que la transición también representa renovación de los hábitos tradicionales. De ahí que algunos parezcan incómodos e incluso inseguros. La gente ha cambiado más rápido que ellos y les cuesta estar a la altura del electorado.

A todos o casi les cuesta mucho dejar atrás la imagen del candidato clásico que, para ganar popularidad, aparecía un día disfrazado de indígena, al siguiente de deportista, al otro de intelectual y el domingo de devoto. En tiempos de los memes, este tipo de versatilidad engañosa genera más burlas de largo plazo que réditos de corto.

El camaleonismo ideológico es algo contra lo que también pugnan, pero no todos saben cómo hacerlo. Y es que hasta hace no mucho había derechistas que doblaban a la izquierda, zurdos que saludaban con la derecha e incluso ambidiestros que confundían a las masas con discursos de navegación oscilante entre las dos orillas.

Así, entre antiguos traumas, viejos complejos y oportunidades no del todo descifradas transcurren las campañas a menos de dos meses de las elecciones.

Aunque suene raro, el candidato del MAS es el más tradicional de todos y la campaña de su partido lo mismo. No necesitan ser muy creativos en los mensajes y las piezas comunicacionales – como lo eran en tiempos del “ahora nos toca” – y su candidato tampoco hace muchos esfuerzos por mostrar una diferencia significativa con los modelos elegidos en el pasado.

Más que Arce, Evo Morales continúa siendo la referencia y no le va mal. Aunque con críticas entre sus adversarios obvios, la noticia de su postulación al Nobel de La Paz, por ejemplo, o la difusión de un informe técnico que asegura que el MAS ganó sin fraude y en primera vuelta las elecciones – refutada, pero ahí queda -, tienen gran impacto externo, son lo suficientemente sensibles para los mercados internos leales y, de paso, sirven para fortalecer la campaña del “delfín”.

El MAS no necesita de muchos adornos. Se nutre del error ajeno y de la división de los otros. Desde la primera encuesta hasta la más reciente sus candidatos aparecen primeros y a considerable distancia del pelotón de los ex opositores. Vive del pasado propio y construye a costa del ajeno la vigencia de un supuesto discurso de cambio. Aunque gobernó 14 años, Morales es una suerte de Dorian Grey político en el espejo de sus bases.

A diferencia de la campaña anterior, donde debía concentrar todas sus armas en un solo enemigo, Carlos Mesa, hoy el MAS deja que los otros luchen entre sí y no se toma la molestia de precisar las señas particulares de nadie. Es más, ahora el rótulo con el que engloba a todos es el de “golpistas”, que si bien no encuentra eco entre sus detractores si lo consigue entre sus leales.

Comunidad Ciudadana ha convertido la prudencia en eje de campaña. No hay excesos, ni histrionismo político en su candidato. Mesa se ha mantenido fiel a sí mismo y acaso ese es uno de los elementos que le permite eludir las turbulencias que genera el resto de los “suspirantes”. Ya fue víctima de la guerra sucia y, por tanto, no es mucho más lo que le puedan decir, ni tanto lo que deba aclarar.

Ahora Mesa no tiene que demostrar cuán opositor es a Morales, porque se presenta como la víctima principal del fraude de octubre, el candidato al que le robaron la elección y que, por tanto, tiene el derecho y la autoridad para reclamar la unidad en torno a su liderazgo.

Aunque los demás candidatos del pelotón contrario al MAS también destacan ciertos gestos heroicos propios en la crisis de octubre noviembre, unos porque pelearon los 21 días, otros porque armaron la transición y alguno más porque tuvo el coraje de asumir la responsabilidad histórica, ninguno ha conseguido convertir esa en su principal virtud o en el atributo clave para cimentar su aspiración. Allí, Mesa corre con ventaja.

Los problemas de Mesa están en su enorme debilidad para aproximarse a los otros.  Su estrategia, desde el 2019, ha sido alejarse de todo lo que huela a política y a políticos “tradicionales”. Esa, que en el pasado podía ser una virtud, hoy es una peligrosa limitación. Desde el aislamiento es poco probable que el exmandatario construya puentes con otros actores para gestionar respaldo en los próximos meses.

“Juntos” apareció en el escenario con fuerza, impulsado sobre todo por la popularidad de la que gozaba la presidente de la transición. Jeanine Añez es la única que sostiene la candidatura y esa que es su fortaleza más importante, también es una debilidad. Ahora que es la presidenta/candidata quedó más expuesta y el escrutinio público es seguramente severo con quien no solo quiere “ordenar la casa”, sino que también quiere quedarse en ella.

El objetivo inicial de transformar la gestión en una suerte de telón de fondo positivo de la campaña no es fácil de administrar y menos cuando se ha tomado la determinación de marcar una diferencia entre las tareas propias de gobernar y las de candidatear.

Como cualquier gobierno, el de la presidenta Añez debe enfrentar la rutina de una gestión no siempre a salvo de problemas. Una denuncia aquí, otra allá, aclaraciones que vienen y van, dudas que quedan y algún daño colateral. La candidatura puede ir por un carril diferente al de la gestión, pero la gestión suele ser o sombra o luz de la candidatura, según sea el caso.

A Creemos, paradójicamente, le cuesta mucho ganar credibilidad. Nadie duda del coraje demostrado por sus candidatos durante la gesta de octubre y noviembre, pero claramente son atributos o valores insuficientes cuando lo que está en juego es la conducción del país para los próximos cinco años.

De todos los candidatos, Luis Fernando Camacho es el que cometió más errores previos. Llegó a la candidatura con el capital político mermado, entre otras cosas porque desde el día en que ingresó a Palacio con una biblia en la mano y la carta de renuncia de Morales en la otra, comenzó a alejarse de la posibilidad de volver a ingresar convertido en el presidente de los bolivianos.

Camacho y Pumari hicieron mucho por empujar la salida de Morales, pero casi nada para impulsar sus respectivas carreras políticas. No descifraron nunca los factores que determinan el voto de los bolivianos y confundieron la lógica de batalla en dos campos distintos como el de las calles y las urnas. Es más, no dejaron de lado la “armadura” cuando las palabras eran más importantes que los gritos.

La campaña de Creemos es una prolongación de las “batallas” de octubre, aunque ya sin la gente como protagonista en las calles, sin biblia, ni carta de renuncia. No es lo mismo gestar la derrota ajena que protagonizar la victoria propia. Y esa confusión, sumada a la inconsistencia de un discurso de renovación salpicado de alianzas tradicionales y conservadurismo ideológico, explica tal vez la mayor debilidad de la candidatura de los guerreros de octubre.

Libre, como Creemos o Juntos es una expresión más de la transición. Muchos no se explican cómo es que el candidato aparentemente dotado con las mejores cualidades para optar a la presidencia – conocimiento, experiencia en la gestión pública, relacionamiento internacional, etc. –con una impecable trayectoria de defensa de la democracia y una propuesta de gestión, no haya conseguido transformar esos atributos en anzuelos para conseguir el respaldo de la población. ¿Dónde está el error? Seguramente no en la gente que mira hacia otras candidaturas, sino en la dificultad para diferenciar las determinaciones racionales de las emotivas.

El discurso de Jorge Tuto Quiroga es el más racional de todos, pero aparentemente no alcanza para llegar al corazón de un electorado inconmovible frente a mensajes impecables desde el punto de vista lógico de la argumentación, pero carentes del toque de emotividad que debe endulzar la saliva del candidato.

Pese a que los números de diversas encuestas no lo ubican entre los aspirantes con reales posibilidades de ocupar los primeros lugares en la elección de mayo, por alguna razón Quiroga no deja de ser una referencia continua en los medios y un líder seguido con atención por grupos de decisión económica del país. Es un gran generador de ideas, sin la envoltura popular que las volvería más atractivas, pero con la suficiente solvencia como para influir en determinados ámbitos.

Nos acercamos a mayo con más temores que certezas y las campañas son un reflejo de ello. Las fuerzas democráticas consiguieron una victoria importante más no definitiva en noviembre y por muchas razones las elecciones de mayo se han convertido en la batalla final.  Muchos quisieran un desenlace parecido al referéndum de 2016 en su correlación real de fuerzas, aunque por ahora solo uno de los actores mantiene la misma cohesión y el resto busca votos para ganar el derecho de gestar una imprescindible y esquiva unidad.
Hernán Terrazas es periodista.