La reciente decisión del gobierno chileno de construir muros y zanjas en su frontera norte, en el marco del denominado “Plan Escudo Fronterizo”, reabre un debate crucial en América Latina: ¿cómo gestionar la migración sin sacrificar la dignidad humana ni retroceder en principios democráticos? Estas medidas, presentadas como soluciones de seguridad, no solo buscan contener flujos migratorios, sino que reflejan una visión restrictiva del Estado frente a fenómenos complejos que exigen respuestas integrales. Desde una perspectiva feminista, este enfoque no solo resulta insuficiente, sino profundamente regresivo.
Una política exterior feminista no se limita a incrementar la presencia de mujeres en cargos diplomáticos; implica transformar la lógica misma de la toma de decisiones. Supone priorizar el cuidado, los derechos humanos, la cooperación y la evidencia empírica. En este sentido, la proliferación de muros y zanjas simboliza lo contrario: una política basada en el temor, la exclusión y la simplificación de realidades profundamente interdependientes.
La frontera entre Bolivia y Chile no es únicamente una línea de contención; es un espacio histórico de intercambio humano, cultural y económico que no puede ser reducido a una lógica militar.
Sin embargo, para que este enfoque feminista sea efectivo, es indispensable garantizar la participación activa de mujeres en los espacios de decisión. No se trata de un gesto simbólico, sino de una condición estructural para democratizar la política internacional. La exclusión o marginación de liderazgos femeninos limita la diversidad de perspectivas y empobrece las respuestas estatales.
En este contexto, resulta preocupante la reciente decisión del gobierno de José Antonio Kast de retirar su apoyo a la eventual candidatura de Michelle Bachelet como secretaria general de Naciones Unidas. Más allá de las diferencias políticas, este tipo de decisiones envía una señal contradictoria respecto al compromiso con el liderazgo femenino en la gobernanza global.
Michelle Bachelet, con su trayectoria como presidenta de Chile y Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, representa una voz con experiencia en la articulación entre seguridad, derechos humanos y enfoque de género. Su eventual liderazgo en Naciones Unidas habría significado un avance en la consolidación de una agenda internacional más inclusiva.
Negar ese respaldo no solo tiene implicaciones diplomáticas, sino también simbólicas: debilita la aspiración de construir instituciones globales más representativas y sensibles a las desigualdades estructurales.
En el ámbito fronterizo, esta ausencia de perspectivas diversas se traduce en políticas que ignoran las realidades específicas de las mujeres migrantes. Ellas enfrentan riesgos diferenciados: violencia de género, trata, explotación laboral y ausencia de redes de cuidado.
Las zanjas no solo detienen cuerpos; profundizan vulnerabilidades invisibles. Frente a ello, iniciativas como las impulsadas por el Grupo de Mujeres Bolivia-Chile ofrecen alternativas basadas en evidencia, cooperación regional y sistemas de cuidado biopsicosocial.
Asimismo, la colaboración con organismos internacionales para revisar prácticas como la reconducción migratoria resulta clave para garantizar estándares mínimos de derechos humanos. Una política exterior feminista exige transparencia, rendición de cuentas y, sobre todo, coherencia entre discurso y acción. No es posible abogar por los derechos en foros internacionales mientras se implementan medidas que los erosionan en la práctica.
En conclusión, los muros pueden ofrecer una ilusión de control, pero no resuelven las causas profundas de la migración ni fortalecen la convivencia regional. Por el contrario, una política exterior feminista —sustentada en el liderazgo de mujeres, la evidencia y la cooperación— permite abordar estos desafíos de manera más ética y sostenible.
Apostar por más mujeres en espacios de decisión no es solo una cuestión de justicia, sino una necesidad estratégica para construir respuestas más humanas. Porque las fronteras no deberían ser cicatrices que separan, sino puentes que conectan.
Elizabeth Salguero es comunicadora social.