En un ecosistema informativo dominado por la urgencia, la catástrofe y el conflicto hablar de buenas noticias parece casi un acto de resistencia. No porque estas no existan, sino porque rara vez ocupan el centro del relato público. La lógica del impacto inmediato deja poco espacio para los avances lentos, colectivos y silenciosos. Sin embargo, este año ha dejado numerosas señales de que algo se está transformando: pequeñas conquistas que, sumadas, revelan un cambio ético y social que merece ser contado.
Que los perros puedan viajar en cabina en algunos vuelos comerciales puede parecer un detalle menor, pero no lo es. Refleja una sociedad que comienza a reconocer a los animales como parte del núcleo afectivo y no como simples objetos transportables. En la misma línea, el aumento de la adopción de mascotas frente a su compra evidencia un rechazo creciente a la mercantilización de la vida y una apuesta por el cuidado como valor social.
Otro cambio significativo se observa en el ámbito laboral. Cada vez hay más oportunidades de empleo para personas neurodivergentes, no desde la condescendencia, sino desde el reconocimiento de su talento específico. Esta transformación va de la mano de una mayor conciencia sobre la salud mental, que empieza a despojarse del estigma. Hablar de ansiedad, depresión o agotamiento ya no es sinónimo de debilidad, sino de responsabilidad colectiva.
La inclusión también avanza en otros frentes. Las personas LGBTQ+ son cada vez más aceptadas en espacios educativos, laborales y culturales, lo que se traduce en vidas vividas con mayor libertad y menos miedo. De igual forma, se registran avances en accesibilidad para personas con discapacidad: ciudades más transitables, entornos digitales inclusivos y un diseño universal que entiende la diversidad como norma y no como excepción.
En el plano de los derechos humanos, resulta esperanzador el reconocimiento progresivo de los derechos de los pueblos indígenas y el respeto por su legado cultural. La protección de sus territorios, lenguas y saberes no solo corrige injusticias históricas, sino que ofrece modelos alternativos de relación con la naturaleza, especialmente relevantes en un contexto de crisis climática.
En este mismo marco ético se inscribe la labor de quienes rescatan migrantes que sucumben en el mar. Frente a políticas que normalizan la muerte en las fronteras, estas acciones recuerdan que salvar vidas no debería ser un debate ideológico, sino un imperativo moral. También lo son los esfuerzos por reparar injusticias históricas mediante reconocimientos oficiales, restituciones simbólicas y políticas de memoria.
Las generaciones más jóvenes protagonizan otro foco de esperanza. Cada vez más jóvenes participan como voluntarios y voluntarias en causas medioambientales, sociales y comunitarias. Limpian ríos, cuidan a personas mayores, crean huertos urbanos y redes vecinales.
No esperan soluciones verticales: construyen comunidad desde lo cotidiano. A ello se suma un crecimiento sostenido de las energías renovables, las comunidades energéticas locales y proyectos de restauración de ecosistemas y especies, que demuestran que revertir daños es posible.
En el ámbito cultural y educativo, el acceso abierto al conocimiento se expande. Universidades, museos y plataformas digitales democratizan saberes, mientras lenguas minoritarias e indígenas recuperan visibilidad y prestigio.
Paralelamente, se consolida un consumo más consciente: comercio justo, economía circular, reducción del desperdicio alimentario. Pequeñas decisiones que, multiplicadas, erosionan la lógica del consumo ilimitado.
Finalmente, a escala global, el movimiento contra la guerra continúa creciendo. Aunque no siempre logre detener los conflictos, cumple una función crucial: impedir que la violencia se naturalice y recordar que la paz también puede ser una causa movilizadora.
Estas buenas noticias no suelen ocupar portadas ni viralizarse, pero construyen algo más duradero: una conciencia compartida. Tal vez no vivamos tiempos fáciles, pero sí tiempos en los que muchas personas, desde múltiples frentes, están decidiendo hacerlo mejor. Y eso, incluso en medio de la incertidumbre, sigue siendo una muy buena noticia.
Elizabeth Salguero Carrillo es comunicadora social.