En esta nota comentaré sobre economía, tecnología y empatía. Desde mis tiempos en “kínder” recuerdo que los adultos comentaban que el gobierno había advertido que “el déficit es una deuda que pagarán nuestros hijos”. La frase me confundía enormemente porque, a mis cinco años, no me entraba en la cabeza que yo debía algo a alguien; llegó al extremo que, a veces, cuando me llevaban o me recogían del kínder, si veía un policía, juraba que venían a cobrarme la deuda.
Ahora sé que déficit y deuda son dos cosas muy distintas, por lo que me resulta sorprendente que la mayoría de los economistas, políticos y comunicadores, insistan en que el déficit es la deuda que traspasamos a las futuras generaciones. Revisemos los conceptos básicos para establecer lo que el déficit implica en la práctica.
Si nos concentramos solo en las transacciones en moneda nacional, entre los muchos factores que contribuyen al crecimiento sostenido de una economía, la cantidad total de dinero disponible debe aumentar para permitir mayor cantidad de transacciones que se traducen en crecimiento.
El Estado es la única instancia con potestad de crear dinero, sea mediante la impresión de billetes o por el gasto público canalizado a través del sistema financiero que crea el dinero bancario (son solo cifras en los registros contables). Pero el Estado es también la única instancia capaz de retirar dinero de circulación (y de las cuentas bancarias) al recaudar impuestos.
Entonces, el gasto público introduce dinero a la economía; mientras recaudar impuestos lo retira de circulación, con lo que efectivamente “lo destruye” como el medio para las transacciones. Esto se refleja en las identidades contables que establecen que el déficit del sector público es “centavo a centavo”, ahorro del sector privado: la única forma de inyectar cada vez más dinero a la economía es que el Estado gaste más de lo que recauda. Si el Estado tiene superávit, las recaudaciones superan al gasto público (retiro neto de dinero en la economía) y el sector privado está condenado a “des-ahorrar” reduciendo su capacidad de consumo y/o de inversión.
Entonces, déficit es simplemente que el Estado gastó más de lo que recaudó en un año, lo que, por sí mismo, no genera deuda con nadie y por ningún monto. Si el Estado usa el dato del déficit solo para fines estadísticos, no le debe nada a nadie; si decide “financiar contablemente” haciendo que el Banco Central acredite la cuenta del Tesoro con el monto del déficit (otra vez, solo cifras en la cuenta del Tesoro), tampoco hay deuda.
No hay intereses que pagar. No hay carga para futuras generaciones. Solo queda, en la economía real, lo construido con el gasto deficitario: las escuelas, hospitales, caminos, ciencia, empleo, etcétera …o el despilfarro.
El déficit se traduce en deuda si el Gobierno decide financiarlo pidiendo prestado. Es decir, déficit es un resultado contable que, por sí mismo, no genera deuda alguna; pero si se decide financiarlo con venta de bonos o contratando créditos, aparece la famosa “carga futura” de la deuda, pero no por el déficit, sino por la elección de los gobernantes de endeudar al Estado.
Sobre la base de estas ideas, por años desde INASET insistimos que el recetario de austeridad y ajuste que promueven el FMI/BM a partir del diagnóstico “déficit → emisión → inflación” es errado y solo acentúa la pobreza y la desigualdad. A principios de mes, compartimos en grupos de WhatsApp notas de opinión justificando nuestra convicción que el diagnostico dominante está equivocado.
Un dilecto amigo y muy conocido economista, reaccionó de inmediato con el comentario: "¿…errado diagnóstico? Enrique, partiste mal”. Un par de días después, lo provoqué preguntado si después de leer nuestro envío mantenía su posición. Como respuesta recibí un documento elaborado por él “con algo de IA” que reiteraba las opiniones dominantes en la economía ortodoxa. Naturalmente, poco o nada avanzaríamos si yo reiteraba mis argumentos (no ortodoxos) que él creía haber desvirtuado con su ensayo, de manera que me propuse mostrar que la IA no siempre es palabra santa.
Para un par de IA usé el prompt “una economía cerró la gestión 2025 con un déficit del 5 % después de cumplir con el pago de obligaciones externas y de intereses por los bonos públicos vigentes. ¿A quién se le debe por el déficit final del 5 %?” Las respuestas tenían largas explicaciones, pero partían y concluían con frases muy similares: “un déficit fiscal no es deuda con ningún actor específico. Es un resultado contable: el Estado gastó más de lo que recaudó en el período.”
Envié las respuestas de las IA al amigo, quien se dio a la tarea de pedir, mediante mejores “prompts”, a que la IA analizara su texto inicial frente a mis dos respuestas para identificar aciertos y errores en cada caso.
El resultado fue un extenso documento comparativo que introdujo, además, otros temas y relaciones pero que, claramente, concluye que el déficit no es deuda, revirtiendo el contenido total de la primera consulta.
Pero que la IA validara al final nuestras ideas no es lo que más valoro de esta historia. Mas allá del tema en particular, lo que resalto y pondero es que la actitud que este profesional amigo, mostró algo que está faltando en nuestros círculos académicos: debate y reflexión sobre argumentos sin el marco de dogmas o títulos.
Al primer envío de mis consultas a las IA respondió con “reconozco que simplifiqué la discusión sobre tus conceptos, y decidí hacer el prompt adecuado para la IA y ahora creo que está más correcto con lo que pienso como economista”. Con el envío de la comparación final me recalcó que “un error que es común y no se analiza lo suficiente es que no se puede tomar el déficit como independiente de otras variables (tipo de cambio, productividad, salarios). Sin embargo, tienes razón que, manejado de manera juiciosa (el déficit), es un instrumento poderoso.” Sin duda, esta nota nos deja como tarea y tema para la siguiente: el responder a si los déficits no son deuda ¿por qué los gobiernos se endeudan para “pagarlos”?
Por el momento, me siento contento por triple partida: primero porque para mí el tema “déficit no es deuda”, está zanjado; segundo, porque mis nietos no tendrán el cucu de que alguien les cobrará las deudas del abuelo; y, tercero, porque, además de las IA, esto está certificado por un excelente profesional que tengo la suerte de tener como amigo.
Enrique Velazco Reckling es PhD investigador en temas de desarrollo productivo.