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Con los pies en la tierra | 06/01/2026

La COB se desvió hace 20 años, hoy está perdida

Enrique Velazco R.
Enrique Velazco R.
La Central Obrera Boliviana, esa gloriosa COB con tanta historia, a lo largo de los últimos 20 años se extravió de su camino de independencia política e ideológica y hoy parece, además, haber caído en una crisis terminal por la total pérdida de identidad con los principios fundacionales de la COB, y por su absoluta desubicación respecto al origen, los efectos y las posibles soluciones a la actual situación política y económica del país. 

Alfonso Gumucio, en “La pulverización de la COB”, desnuda el proceso de deterioro ético, moral y político de la COB desde 2006, que ha terminado en la actual grotesca caricatura de la COB que se opone –sin argumentos ni propuestas alternativas– a las medidas que el actual gobierno considera necesarias para corregir el desastre heredado tras 20 años de “co-gestión” de la COB con el gobierno del MAS.

No habría nada que cuestionar a la COB por apoyar políticamente a un gobierno que tuviera como prioridades propias las de los trabajadores: avanzar hacia una economía de pleno empleo, con el trabajo productivo como indicador principal de la “calidad social” del crecimiento económico. Si este fuera el caso, desde 2006, el producto de la alianza COB-Gobierno se habría plasmado en mayor empleo asalariado, preferentemente en actividades productivas generadoras de valor y, como consecuencia, en el fortalecimiento de la membrecía y del poder de negociación de los sindicatos.

Pero la realidad muestra que no fue así. Comparando promedios de las estructuras de empleo desde 2006 respecto a los promedios 1990-2005, la agricultura y la industria redujeron su participación, en tanto que diez veces más personas se ocuparon en comercio (informal), construcción, transporte, y en restaurantes, bares y cantinas. El empleo en los servicios financieros e inmobiliarios aumentó casi el doble que el industrial, y a la administración pública se sumaron tres veces más personas que a la manufactura. 

Hoy, más del 80% de las unidades productivas en manufactura son microempresas unipersonales, de baja productividad y con casi nulo aporte al empleo formal. Factores como el contrabando –alentado por las políticas monetarias y fiscales, y por la falta de empleo– nos han llevado a que las importaciones pasen de ser el equivalente del 38% del consumo de los hogares en 2005, a casi el 60% en 2021: desplaza a la producción nacional (y al empleo que la producción genera) del mercado interno en favor de las economías vecinas, lo que retroalimenta la precariedad y la informalidad del empleo, que subió del 60%, a fines del siglo XX, a más del 85% en la actualidad. 

Una consecuencia directa de la menor participación de la producción interna en el consumo es que, desde 2006, en las cuentas del Ingreso se ha reducido la participación de la remuneración al trabajo a favor del aumento de Impuestos; mientras que, en el gasto, cayó el aporte del consumo de los hogares y aumentaron las exportaciones netas, el gasto y la inversión públicos. 

Por el menor aporte de la producción interna a la oferta y al consumo, en la distribución primaria del ingreso (DPI), la parte del valor agregado que se destina a remunerar el trabajo se redujo del 40,5%, en el promedio de 1990-2005, al 32% entre 2006 y 2016 (último año para el que el INE reporta los datos sobre las cuentas del ingreso). 

Se infiere que a la “co-gobernante COB” no le importó la pérdida del empleo productivo, remunerado y formal (casos como Ametex, Occidental, etcétera), ni tuvo la capacidad de entender las consecuencias sociales y económicas de la desindustrialización, cuyas consecuencias vivimos hoy. 

La inescapable conclusión: para la COB extraviada, ni la producción ni el consumo internos han sido los factores determinantes del crecimiento ni sus bases de sostenibilidad; en consecuencia, crear empleo productivo dignamente remunerado no ha sido un objetivo, menos una prioridad. Toda la atención se concentró en “balconear desde hoteles regalados”.

Sectorialmente, crecieron los sectores que menos deberían crecer si la meta hubiera sido diversificar productivamente la economía con generación de empleo digno: entre 2006 y 2019, los servicios financieros crecieron 331% más que el PIB; los impuestos 162%, y la administración pública 140% más. Los sectores con alta incidencia en el empleo crecieron significativamente menos que el PIB general: madera y sus productos (70%), la agricultura tradicional (60%) y textiles (40%).

En general, la economía creció por los aportes del sector extractivo y del FAPI (Financiero, Impuestos y Administración Pública), mientras que la economía real (los sectores que crean empleo productivo) se redujo de manera muy marcada y, además, concentrada cada vez más en actividades de muy baja productividad, o en la explotación salvaje de recursos naturales, como el oro. El resultado: Bolivia ostenta el poco deseable título de líder mundial de informalidad laboral y de precariedad del empleo. 

Finalmente, el emprendedurismo, el microcrédito y las transferencias en efectivo (los bonos) han sido parte medular de las políticas desde 2006. Pero están lejos de ser políticas de corte socialista o destinadas a superar estructuralmente la desigualdad; son parte del recetario que el Banco Mundial promovió desde los años 1980 como formas de ocultar la incapacidad estructural del neoliberalismo para crear las oportunidades de empleo digno y productivo que la sociedad requiere, y de mimetizar la financiarización de la economía bajo el velo de la “inclusión financiera de los más pobres”. 

Por ejemplo, entre 2008 y 2016, las transferencias (bonos) sumaron Bs 22.000 millones ($us 3.000 millones). En el mismo período, por la caída en la participación de las remuneraciones en el PIB (que en 2000 fue del 36,1%, y hacia 2016 cayó al 27%) los asalariados dejaron de percibir Bs 170 mil millones a (unos $us 25 mil millones), monto ocho veces mayor que los bonos.

Peor aún, los bonos tampoco contribuyeron a la mejor distribución del ingreso: en 2007, el patrimonio del SIF (sistema financiero) era el doble de todos los pagos anuales por bonos. En 2018, el patrimonio del SIF era cinco veces mayor a las transferencias anuales en todos los bonos. 

En resumen: es inocultable que la COB es coresponsable de los 20 años en los que se desindustrializó la economía, se precarizó el empleo, se institucionalizó la autoexplotación laboral bajo el eufemismo de emprendedurismo, y se concentró la riqueza en sectores y actores que son iconos representativos del capitalismo financiero, o del capitalismo más primario, inhumano y depredador. 

"¿Bolivia no se vende?" ¡Por favor!

Enrique Velazco Reckling, Ph.D., es investigador en desarrollo productivo.


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