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Raíces y antenas | 18/01/2026

El fuerte Bolivia y la caballería multilateral

Gonzalo Chávez
Gonzalo Chávez
Como en esas viejas películas del oeste, en las que el fuerte está rodeado por diversas crisis, desiertos de incertidumbre, búfalos en apronte y pesadillas colectivas, cuando la inflación se desboca y llega al 20%, el PIB entra en modo repliegue, el Estado es una cloaca y centenas de acreedores apuntando sus rifles contable, aparece en el horizonte una polvareda. 

Primero se escucha el trote suave, luego el ritmo fuerte, y por fin la corneta salvadora: tu-tu-tu-tuuuu. No es el Séptimo de Caballería, sino algo más sofisticado: el BID y la CAF, la caballería multilateral. No llegan con Winchester ni Colt, sino con créditos, desembolsos, programas de inversión, periodos de gracia, tasas blandas y, sobre todo, con dólares frescos, que en estos tiempos valen más que un caballo bien ensillado.

El anuncio no es menor: $us 3.300 millones de la CAF y $us 4.500 millones del BID. En total $us 7.800 millones. En una economía sin divisas esto equivale a mil botellas de agua en pleno desierto de Uyuni. Es decir: oxígeno. O para ponerlo en clave macroeconómica: un puente entre expectativas y desembolsos. 

El puente psicológico primero, “tranquilos, no se acaba el mundo, tómense un matecito de tilo”, y el puente financiero después: “los dólares llegarán con proyectos, carreteras, infraestructura, plantas, consultorías y todo lo que acompaña al desarrollo cuando llega en cuotas”.

El gobierno, desde el fuerte, celebra y construye narrativa. Dice que es la primera vez en 20 años que la caballería llega con banderas desplegadas y apoyo contundente. Pero conviene aclarar que el BID y la CAF no son recién llegados al set. Son viejos conocidos, veteranos del financiamiento internacional, habituados al asedio y a la reconstrucción.

De hecho, a junio de 2025 ya les debemos $us 4.396 millones al BID y  $us 2.933 millones a la CAF. Es decir, en esta película no hay rescate altruista: el acreedor salva al deudor para que el deudor le siga pagando. Hollywood lo llamaría suspenso; la macro lo llama prudencia.

Para entender mejor la escena conviene hacer una ecografía a la deuda externa pública: $us 13.805,6 millones, 27% del Producto. De ese total, 71% está en manos multilaterales. El BID concentra el 32%, CAF el 21%, Banco Mundial el 12% y el resto se reparte entre Fonplata, OPEP y compañía. Los bilaterales, $us 2.112 millones, son básicamente China y Francia. Después están los bonos, $us 1.850 millones y un poco de banca privada apenas simbólica.

Conclusión rápida y didáctica: Bolivia tiene una deuda multilateralizada, lo cual es mejor que deberle al mercado financiero global en este momento, pero también significa que dos bancos de desarrollo concentran más del 50% del riesgo. Si fuera póker, estaríamos jugando con dos cartas marcadas.

Ha estas alturas de la su columna dominical aparece la pregunta esencial ¿cuánto más puede endeudarse Bolivia? Si los $us 7.800 millones se materializan, la deuda externa subirá a $us 21.600 millones y la relación deuda/PIB cruzará el 40%. 

No es el infierno financiero, pero ya es una zona que el FMI denomina moderado-alto. Y como en toda película del oeste, el héroe puede recibir refuerzos, pero igual tiene que disparar con puntería.

Los pros son claros: los multilaterales traen dólares en un país sin dólares, estabilizan expectativas, evitan defaults; sostienen importaciones críticas y abren la puerta a la inversión oública y privada (la real y la psicológica). Los contras también: si la deuda sirve para financiar gasto corriente y tiempo político se transforma en una trampa. Una economía no se estabiliza pidiendo prestado para no cambiar. 

Entonces, volvemos al viejo dilema del desarrollo: ¿la deuda será anestesia o cirugía? Si es anestesia compra dos años de paz y tres de problemas. Si es cirugía, abre camino a un modelo económico distinto con exportaciones nuevas, inversión privada y un régimen cambiario más sano.

El fuerte, por ahora, respira. La caballería ha llegado. Ahora lo que se necesita, y no es ningún descubrimiento revolucionario, es un plan de desarrollo claro, preciso y con objetivos productivos específicos. 

El peligro inmediato es convertir los préstamos en una piñata internacional. En efecto, apenas se anunciaron los préstamos de la CAF y el BID ya se escuchan las voces reclamando pedazo. 

Las Bartolinas piden su parte y los grupos agroindustriales cruceños. Los empresarios medianos quieren crédito barato, las gobernaciones piden compensaciones, los alcaldes obras, los sindicatos transferencias. Algún que otro sector exige una línea financiera en nombre del bien común o del bien propio, que en política suelen confundirse con facilidad.

Por eso el orden no puede venir del reparto sino del plan. Debe ser el plan el que dirija la orquesta, no la orquesta la que invente el plan. Y el plan tiene que aterrizar en el Presupuesto General del Estado, con proyectos bien diseñados, cronograma realista, costo financiable y retorno económico. No se trata de llenar carpetas para justificar desembolsos, sino de identificar dónde el dólar prestado se convierte en dólar productivo.

Y como vivimos en un Estado plurinacional, democrático y ruidoso todo esto debe pasar por la Asamblea, que tendrá la noble misión de bendecir o demorar, negociar o mutilar. Ojalá bendecir, pero con criterio, porque una vez que la caballería se retira, el fuerte queda otra vez solo y la película ya no será western sino documental.

En suma, la deuda ya vino, el rescate llegó. Ahora empieza la parte difícil: decidir si la plata será puente o piñata; cirugía o anestesia, desarrollo o reparto. En otras palabras, si el final será épico, cómico o trágico. La macroeconomía, a diferencia del cine, no siempre da segunda toma.

Gonzalo Chávez es economista.


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