El recuerdo de los días en que la moneda de Estados Unidos trepó hasta un precio de Bs 20, entre los librecambistas, casas de cambio y el mercado digital de USDT no se borra de nuestras mentes. Ocurrió hace meses, a mediados de mayo de 2025, como lo registran medios y redes.
El actual gobierno debe su triunfo, en medio de varios otros componentes, a este suceso, porque, según la percepción de los votantes, sería el que ofrecía posibilidades menos dolorosas para conjurar esas situaciones y el desencadenamiento total de precios hasta llegar a una temida hiperinflación. La manera en que lo ha conseguido, hasta ahora, los pasos que le restan y la mayor o menor fragilidad de los resultados presentes, ocupan el centro de la discusión política y técnica.
La urgencia del presente y la presión por despejar incertidumbres en el futuro inmediato han casi cancelado la evaluación de lo ocurrido, porque la actual navegación del dólar en la franja, que va de los Bs 11 a a Bs 9, inclusive antes del cambio de autoridades, deja fuera de toda duda que la elevación de esa divisa por encima, tuvo un componente especulativo central, que es necesario entender e identificar bien para restringir al máximo su eventual retorno y, con mayor necesidad, actuar eficazmente sobre la implacable inflación que está retrocediendo leve y lentamente.
Por ahora sabemos que no se necesitaba un músculo financiero grandioso para deprimir nuestra moneda. Lo prueba que la compra de apenas 300.000 USDT por parte de YPFB, para resolver un nudo de abastecimiento de combustibles, hizo dar un salto a la moneda extranjera, justamente entre mayo y junio. ¿Qué otros agentes actuaron? ¿En que momentos? Son preguntas base.
Nos interesa a todos, porque lo que está ocurriendo es que muchos precios han quedado amarrados al nivel de dólar a Bs 20. Las vacilaciones y temores oficiales para ir más allá de su “escala de referencia” tienen relación, consciente o no con este anclaje, que es congruente con aquello de que “la economía es psicología en un 90 %”, el dicho de Ludwig Erhard, adaptado y popularizado aquí por Goni Sánchez de Lozada.
La traducción concreta de la inercia de los precios es una capacidad adquisitiva mermada de casi todos los consumidores que atrapa a toda la economía, lo que obedecería al temor de que las divisas vuelvan a escalar en cualquier momento.
Esto puede ocurrir por el desencadenamiento de turbulencias políticas, a raíz de presiones foráneas para acelerar la reanudación de episodios violentos de la guerra de drogas, por empantanamiento de leyes en la Asamblea Legislativa, prolongación de la falta de esclarecimiento de actos masivos de corrupción funcionaria (decenas de misteriosas maletas evaporadas), contradicciones flagrantes de directivos de YPFB (“no firmamos ningún contrato de compras”, es decir, “firmamos pero sin precios inflados”, “reconoceremos pero no reconoceremos los daños de la gasolina contaminada que distribuimos”) o cualquier otro que haga eleve la desconfianza pública sobre acciones erráticas, turbias e inexplicadas o inexplicables.
Las incongruencias no solo afectan al espacio funcionario, el sector privado tiene las suyas, como la que se observa en el poderoso gremio del agronegocio, que pide más y más “biotecnología” (nombre exclusivamente referido a semillas transgénicas y su paquete tecnológico de agrotóxicos, pesticidas y fertilizantes), pero no da un paso para difundir, conocer y patrocinar tecnologías limpias y revolucionaria, como la presentada hace pocos meses por Empraba, un empresa brasileña, encabezada por Mariangle Hungría.
Embrapa (Empresa Brasileña de Investigación Agropecuaria) lidera el desarrollo de biofertilizantes basados en bacterias que fijan nitrógeno y solubilizan fósforo, reduciendo la dependencia de fertilizantes químicos. Destacan los inoculantes con bacterias fijadoras para soja y maíz, y el producto BiomaPhos para fósforo, mejorando la productividad de forma sostenible.
Un resumen, obtenido por consulta a IA, de los avances conseguidos señala:
Fijación Biológica de Nitrógeno (FBN): utilización de bacterias que capturan nitrógeno atmosférico para las plantas.
Producto desarrollado que solubilizan el fósforo retenido en el suelo, haciéndolo disponible para la planta. Esto lleva al aumento de la producción, con drástica reducción de costos en fertilizantes químicos y mayor sostenibilidad ambiental.
Se usa en soya, maíz, frijol y caña de azúcar, a menudo aplicados directamente en las semillas o el suelo.
El tradicionalismo imperante en la versión del sector, su restringido compromiso con la innovación y desarrollo no han dicho una palabra, ni esbozado iniciativas para alentar un cambio profundo, tras la huella y enfoque que se acaban de mencionar, que nos permitiría avanzar en un real cambio de matriz productiva, aumentar la productividad de alimentos sanos, abaratar significativamente los costos de producción, preservando la biodiversidad y deteniendo la continua expansión de frontera agroganadera y mercado ilegal de tierras.
Roger Cortez es docente universitario en investigador.