En esta entrega del mes de enero de 2026 me permitiré reproducir un artículo que escribí en febrero de 2024 respecto a los subsidios en el sector energético, por supuesto, con algunos ajustes (https://brujuladigital.net/opinion/prolongados-subsidios-a-la-energia-son-perversos-y-pasan-factura).
La oportunidad es nuevamente propicia, dado lo recientemente acontecido en Bolivia, así como también en Ecuador durante 2025, con el diésel, y lo que viene sucediendo en Argentina desde hace unos años, con la electricidad y el gas natural.
Ahora le llegó el turno a Bolivia de tener que desmontar subsidios, porque está transitando a convertirse un país neto importador de energía por no haber realizado reformas para reponer reservas de gas, condensado y petróleo oportunamente.
Muy en breve tendrá que importar GLP y –como he manifestado–, en 2028/2029 gas natural. Eventualmente también energía eléctrica, en algún momento, muy probablemente de Argentina.
La poca disponibilidad de dólares, sin ninguna duda, hace imperativo el tener que reducir los subsidios drásticamente. La situación es delicada por el alto costos social e inflacionaria pero extremadamente necesaria.
Los prolongados subsidios a los energéticos acaban siendo desmesuradamente perversos. Sucesivos gobiernos de todo el planeta, en especial de la región, mayormente de corte populista y de izquierda, han instaurado y/o conservado prolongados subsidios, algunas veces con muy sensibles y nobles intenciones, pero las más de las veces en mero afán de votos y de tratar de mantenerse en el poder.
Los subsidios prolongados a los energéticos pasan factura tarde o temprano, y lo hacen especialmente cuando los precios del petróleo, gas y de la energía, en su conjunto, están elevados en el contexto internacional. Los subsidios también pasan factura cuando se transita de ser un país productor de petroleo, gas y energía eléctrica a ser un neto importador.
Los subsidios prolongados a la energía deterioran las economías de los países: estos ven desangrar sus arcas, las empresas estatales colapsan, el déficit fiscal se eleva como espuma, los desabastecimientos se dan cada vez con mayor frecuencia y los dólares se evaporan de los bancos centrales. Cuando toca realizar ajustes y levantar subsidios, los ciudadanos y los empresarios no están preparados para recibirlos de golpe y se producen crisis sociales, políticas e institucionales muy profundas.
Los subsidios prolongados a los energéticos también fomentan ineficiencia y pérdida de competitividad en el largo plazo. Cuando se mantienen artificialmente precios bajos nadie valora; se derrocha y el consumo de energía es desmesurado.
No hay señal para tomar la eficiencia energética con tecnología, seriedad y la dilapidación es el derrotero. Como decía un adagio argentino: “Abran la ventana che, que está muy caliente acá", cuando la calefacción se realizaba con precios irrisorios de gas natural.
Otro asunto es que los que más se favorecen con los subsidios son los adinerados y acaudalados. Las familias con dos o tres o más vehículos, los que viajan constantemente, los que tienen piscinas calefaccionadas y muchos otros placeres de alto consumo energético. Por ende, el que menos tiene, el que anda a pie, en bus, en metro, que mora en una humilde habitación, termina subsidiando al que más recursos económicos tiene.
Fuertes subsidios a la energía por prolongados periodos también llevan a desabastecimientos, como son los casos crónicos de Cuba, Venezuela y Argentina y, más recientemente, en Bolivia. Se ahuyentan inversiones en generación de energía eléctrica y exploración de hidrocarburos no se remuneran adecuadamente las tarifas y/o precios de transporte y distribución de los energéticos y los servicios se deterioran.
Mientras más elevado y prolongado el subsidio se fomenta el contrabando a los países vecinos que practican precios internacionales de mercado. Se forman mafias y los controles jamás funcionan porque hay una excelente ganancia en el comercio ilegal.
Finalmente, tampoco permiten el ingreso en competencia de nuevas y eficientes tecnologías de energías alternativas, como es el caso ahora de la energía solar y/o eólica.
Otro asunto, los subsidios a los hidrocarburos, por ejemplo, no permiten el ingreso competitivo de nuevas energías, como la solar y eólica con sus respectivos sistemas de respaldo.
Muchos agudos estudiosos populistas aducen que sostener precios de energía subsidiados son alicientes para el desarrollo, crecimiento económico y mantener inflación. Esto no es cierto. Países como Brasil, Chile, Perú, Paraguay, Uruguay, Costa Rica y otros que no practican ni han practicado prolongados subsidios han liderado y siguen liderando crecimiento económico y mayor estabilidad económica y social en la región.
Sus ciudadanos y empresarios se han tornado competitivos, acostumbrados y adecuados a las fluctuaciones de los precios de la energía. Los subsidios son necesarios por alguna emergencia o necesidad temporal, pero no pueden mantenerse eternamente.
En algunos países se practica la focalización de los subsidios a los más vulnerables. De preferencia, estos subsidios focalizados deben ser en dinero y no en especie, porque rápidamente se fomenta el mercado negro. Por ejemplo, en el caso de GLP se puede entregar el equivalente de un consumo mensual a domicilios que tengan escasos consumos de energía eléctrica o algún otro medidor de segmento social.
Ojalá nuestros amigos populistas se enteren que subsidiar no es beneficioso sino pernicioso en el largo plazo.
Álvaro Ríos fue ministro de Hidrocarburos de Bolivia, actualmente es socio director de Gas Energy Latin America.