No, no voy a versar sobre la novela histórica que Verónica Ormachea publicó hace aproximadamente 10 años; el título que elegí para esta ocasión es más bien una premeditada llamada de atención sobre el comportamiento de ciertos sujetos en circunstancias delicadas del acontecer social local.Pero, ya que lo mencioné, aprovecho para recomendar la lectura de Los infames y Escape a los Andes, de Raúl Peñaranda y Robert Brockmann, obras que dialogan a propósito de un tema apasionante de nuestra historia. Hágalo sin que los actos del régimen israelita en relación a Palestina o, incluso, Irán, condiciones su apreciación literaria.
Algo más. Casualmente, me encuentro leyendo las últimas páginas de la más reciente bio-novela de Ormachea, Neruda en su laberinto pasional, que estuvo en mi lista de espera durante largo tiempo, y realmente la considero digna de ser llevada al cine, como también lo sería una versión mezclada de los libros sobre Mauricio Hochschild; una suerte de “La lista de Hochschild".
Ya en lo que nos trae a la realidad, estos días me invadieron ingratas imágenes y palabras provenientes de la llamada “Guerra del gas” (2003), que fuera la culminación de una serie de acciones destinadas a desgastar el segundo gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada que, evidentemente, había perdido casi todo sostén popular.
Puede haber sido que, en principio, la reacción social encontrara algún asidero para justificarse –la intención de exportar gas natural vía Chile con muy poco margen de utilidad para el Estado, sumada a demandas de tipo político que ya venían acumulándose–. Sin embargo, la violencia promovida por el lumpen se masificó y encontró una respuesta mucho más dura de parte de las fuerzas represivas que buscaban retomar el control de caminos e instalaciones y rescatar a ciudadanos retenidos en lugares como Sorata, si mal no recuerdo.
El caso es que el detonante para semejante estado de anomia fue un rumor que se expandió a la velocidad de la luz: corrió la voz de que “los chilenos” estaban en nuestro territorio, en El Alto concretamente, y habían venido a “llevarse nuestro gas”. Monumental dislate que, en las condiciones ya descritas, prendió rápidamente en la cabeza de una cantidad importante de habitantes de aquella ciudad.
Quien mejor supo capitalizar estos “movimientos” fue uno de sus instigadores, el señor Morales Ayma –el otro era el señor Quispe Huanca, finalmente desplazado por aquel– quien, dos años más tarde, se hizo, por la vía electoral, Presidente de Bolivia, exprimiendo prácticamente hasta secarla la Ley de Hidrocarburos promulgada por Hormando Vaca Díez, ante la negativa de Carlos Mesa a hacerlo.
Sin llegar a tales extremos, a partir de la crisis de seguridad resultante del accidente de una aeronave que transportaba papel moneda, se volvieron a escuchar, de boca de los infames, una sarta de disparates, absurdos, inconsistencias y no pocas consignas políticas de mala leche que en otro contexto serían risibles, pero que en medio de la tragedia sonaban deplorables.
Solo a manera de referencia menciono algunos:
“La plata (que transportaba la aeronave) era un envío de Rodrigo Paz a Trump para que atrape a Evo Morales”“Esa plata es lo que Rodrigo Paz nos roba a los bolivianos”“Es producto del narcotráfico”“Es dinero ilegal”
De poco sirvieron las explicaciones racionales, aunque algo contradictorias, de las autoridades. Lo que está claro es que estas operaciones se realizan de tanto en tanto y con la discreción que, justamente por seguridad, corresponde –ya me imagino un comunicado del BCB dando detalles públicos de cantidades, número de vuelo, horarios, etcétera–.
Aunque no las justifican, las patrañas proferidas podrían atribuirse a ignorancia, desconocimiento o inclusive a consignas políticas, dichas por personas particulares, aunque amplificadas mediante redes y medios interesados en socavar la credibilidad del gobierno, no tienen mayor alcance -la ciudadanía ha aprendido, en alguna medida, a no tragarse todo lo que se difunde por las redes o por otros medios-.
Lo que es inadmisible es que una autoridad, para el caso el inefable Edman Lara, no solo se hagan eco de la infamia, sino que hagan uso conscientemente de imágenes manipuladas para sembrar sospechas sobre la procedencia de los billetes que viajaban en el Hércules.
El sujeto en cuestión actuó como un instigador más de los hechos delincuenciales registrados en inmediaciones del siniestro y merece nuestra más enérgica condena.
Puka Reyesvilla es docente universitario.