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Mirada pública | 10/01/2026

Guardar la pluma en un mundo fragmentado

Javier Viscarra
Javier Viscarra
Decido guardar la pluma en un momento en el que, paradójicamente, resulta vital seguir escribiendo. El mundo atraviesa una fase de fragmentación profunda, de incertidumbre estructural y de replanteamientos de fondo que desafían a quienes intentan comprender –y no solo describir- el escenario internacional. Precisamente por eso, esta pausa no es indiferencia, sino conciencia del tiempo que vivimos.

Durante estos meses, estas columnas intentaron ofrecer una mirada sobre un sistema internacional que se aleja aceleradamente del orden liberal que lo sostuvo tras la Segunda Guerra Mundial. Un orden hoy tensionado por la disputa entre grandes potencias, por la erosión de los organismos multilaterales y por la pérdida de eficacia de normas pensadas para un mundo que ya no existe. 

El debilitamiento del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas -diseñado por y para los vencedores de 1945- es quizá el símbolo más evidente de una arquitectura institucional que requiere una reingeniería profunda, tanto en sus mecanismos de decisión como en su legitimidad política.

La reciente decisión de Estados Unidos de retirarse de decenas de agencias de Naciones Unidas y otros organismos internacionales no es un hecho aislado, sino un síntoma de época. Marca el repliegue de una potencia que, durante décadas, fue pilar -y a veces árbitro- del multilateralismo, y confirma que el nuevo orden internacional se está configurando más por la lógica del poder que por la fuerza de las reglas.

Cierro esta etapa cuando la competencia por la hegemonía económica y comercial se recrudece, y cuando esa disputa comienza a mostrar signos inquietantes de posible traslación al plano militar. Las tensiones en el Indo-Pacífico, el endurecimiento de posturas en Europa oriental y la militarización del discurso estratégico anuncian un escenario en el que la paz ya no se da por sentada.

En estas páginas, que comenzaron el 9 de septiembre de 2023, con la gentil apertura de Raúl Peñaranda, se intentó mirar al mundo con perspectiva histórica. Analizamos el conflicto en el estrecho de Taiwán, no como una crisis coyuntural, sino como una herida abierta desde la retirada de Chiang Kai-shek a la entonces Isla de Formosa y el posterior ascenso de la República Popular China. Observamos cómo el asedio militar a la isla se volvió una constante y cómo el equilibrio regional se volvió cada vez más frágil.

También se abordó la guerra en Ucrania, recordando que no comienza en 2014 con la anexión de Crimea, sino que hunde sus raíces en una historia más larga, marcada por la centralidad estratégica del Mar Negro y por la base naval de Sebastopol, a la que Rusia no está dispuesta a renunciar.

El análisis regional tampoco estuvo ausente. Desde la relación de Bolivia con sus cinco vecinos hasta la defensa de los recursos hídricos compartidos, estas columnas insistieron en una mirada fundada en el Derecho Internacional, en particular en la Convención de 1997 sobre los cursos de agua internacionales. El río Mauri, los ríos de límite arcifinio con Brasil y otros espacios sensibles fueron abordados como lo que son; temas estratégicos.

Lo político tuvo su lugar. En 2023 se habló del hartazgo latinoamericano, de sociedades cansadas de promesas ideologizadas y de economías depredadas. Hoy, ese diagnóstico se confirma con el desplazamiento del péndulo político regional, la caída del principal bastión del socialismo del siglo XXI y el aislamiento progresivo de quienes aún insisten en fórmulas agotadas. Uruguay, con su madurez democrática transversal, fue la excepción que confirmó la regla.

Finalmente, estas columnas observaron con atención los procesos de integración y sus fracasos, desde la errática adhesión boliviana al Mercosur hasta los usos personales de cargos en organismos comunitarios, síntomas de una diplomacia sin rumbo ni profesionalismo.Guardo la pluma, entonces, no porque el mundo haya dejado de merecer análisis, sino porque hay momentos en los que la coherencia impone límites. Cuando el observador comienza a transitar el terreno de la acción, cuando el análisis -a veces crítico- puede rozar ámbitos en los que uno pasa a ser parte del proceso y no solo su intérprete, la ética aconseja el silencio reflexivo antes que la opinión pública. 

Otros seguirán escribiendo, interpretando y debatiendo, como debe ser. Yo me llevo la gratitud de haber compartido esta aventura semanal con los lectores de Brújula y la convicción de que el estudio serio de las relaciones internacionales seguirá siendo indispensable para comprender -y ojalá encauzar- el rumbo incierto de un mundo que aún busca equilibrio.

Javier Viscarra Valdivia es diplomático, abogado y periodista
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