Según el último informe del instituto V-Dem de la Universidad de Gotemburgo, por primera vez en la historia moderna existen más autocracias que democracias en el mundo. Más del 70% de la población global vive hoy bajo algún tipo de régimen autocrático. Es el nivel más alto desde 1978. Esta tendencia no es solo una estadística. Se traduce en pérdidas concretas de libertades, desde la de expresión hasta elecciones limpias y confiables. Y con la creciente polarización, alentada sobre todo en redes sociales, queda cada vez menos espacio para el diálogo democrático.
El retroceso no ocurre sólo en países con poca tradición democrática. Naciones como Hungría, que experimentaron procesos de democratización tras el fin de la Guerra Fría, hoy muestran persistentes signos de erosión institucional. Incluso democracias liberales, consideradas “afianzadas”, tienen cada vez más prácticas autoritarias.
Uno de los factores clave detrás de este fenómeno es la creciente división social. Las sociedades se fragmentan en bandos irreconciliables: “ellos contra nosotros”, izquierda contra derecha, nacionales contra migrantes. Y las redes sociales echan leña al fuego. Amplifican los intereses económicos de sus dueños y fomentan la desinformación y el caos.
Promueven debilitar el contrato social y la idea de que las reglas y las instituciones son obstáculos. Estas redes hace tiempo que dejaron de ser sociales en el sentido positivo de la palabra.
Lo irónico es la diferencia con las dictaduras del siglo XX. Éstas, en su mayoría, eran militares. Llegaban al poder con golpes de Estado. En cambio, los autócratas modernos alcanzan el poder a través de elecciones democráticas. Una vez allí, modifican las reglas del juego para perpetuarse.
De ahí en adelante se dedican a debilitar y a cooptar las instituciones a su antojo. Criminalizan la protesta y desacreditan de manera sistemática todo tipo de oposición, ya sea política o de la sociedad civil.
Peor aún, muchos de ellos usan la narrativa de la democracia y de derechos humanos a su favor. Se presentan como guardianes de estos principios de convivencia, cuando en verdad los están destruyendo. Cinismo puro.
Entonces, ¿qué hace tan atractiva esta forma de liderazgo? ¿Por qué logran ser elegidos con tanta frecuencia? Pues las autocracias son “prácticas”.
En ese sistema, las decisiones se toman de manera centralizada. Los resultados son más rápidos y visibles. La democracia, en cambio, implica pluralismo. Implica representación diversa, procesos largos de deliberación, negociación y conflicto. Implica tomar en cuenta a todos, en mayor o menor medida.
Y, “peor aún”, implica alternancia en el poder. En un mundo cada vez más rápido, más impaciente y con poca capacidad de atención, es entendible que el diálogo democrático sea visto como lento e ineficiente.
Sumemos a esto la persistente corrupción y la profunda desconfianza hacia la clase política a nivel global. Muchos ciudadanos desconfían de sus líderes.
Sienten que sus representantes están desconectados de la realidad cotidiana, que prometen y prometen, pero no cumplen. Que gobiernan para intereses propios y el de su entorno cercano. Que hablan de meritocracia, pero llegado el momento, contratan a sus amiguitos o socios. Que se olvidan de las poblaciones vulnerables.
Este desencanto abre la puerta de par en par a discursos populistas tematizan justamente estos problemas y a menudo crean miedo a algo o a alguien. Acto seguido ofrecen “soluciones” simples a problemas complejos. Hacen ruido y show, en formato light, corto, sin pruebas, fácil de digerir.
Por ende, la responsabilidad del aumento de autocracias también la tiene el ciudadano, ya que consume cada vez más sólo ese tipo de contenido. Las teorías conspirativas, la baja tasa de lectura, de análisis y la falta de pensamiento crítico –y, ojo, también autocrítico– refuerzan esta dinámica cada vez menos democrática.
Tampoco los medios tradicionales ya logran captar la atención de la audiencia. Sin recursos suficientes para investigar ni fiscalizar al poder, todos los actores democráticos están cada vez más expuestos.
Ya decía Winston Churchill que “la democracia no es un sistema perfecto, pero sigue siendo el mejor que conocemos”. Su fortaleza depende de la calidad de sus ciudadanos. Cuando estos se degradan y buscan atajos autoritarios, también se degrada la democracia y vice versa.
Defender un sistema político libre exige paciencia y pensamiento crítico. Pero sobre todo exige un compromiso activo diario y de cada uno de nosotros. Pertenecer al 70% de autocracias o al 30% de democracias en el mundo es responsabilidad conjunta de cada sociedad.
Gabriela Keseberg es politóloga.