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Mundo en transición | 16/01/2026

Acuerdo UE Mercosur: ¿pequeño gran milagro geopolítico?

Gabriela Keseberg Dávalos
Gabriela Keseberg Dávalos
Las negociaciones sobre el tratado comercial entre los bloques Mercosur y Unión Europea (UE) comenzaron hace un cuarto de siglo como una operación técnica. Hoy, el acuerdo es algo mucho más trascendental: un salvavidas estratégico en un escenario geopolítico “de cabeza”. 

En 1999 el mundo era muy diferente. Los diplomáticos podían permitirse discutir ampliamente sobre cuotas, cláusulas ambientales y detalles regulatorios. Ese mundo ya no existe. Hoy, Europa se encuentra atrapada entre una China firme y un gobierno estadounidense que ha redefinido sus compromisos globales. 

La UE necesita demostrar que su tan invocada "autonomía estratégica" puede traducirse en acciones. Mientras que el Mercosur quiere mostrar que tiene opciones. El momento para este tratado no es solo oportuno, sino crucial.

La firma estaba prevista para diciembre del 2025 en Brasil. Sin embargo, tras el habitual vaivén de los Estados miembros de la UE, la fecha se postergó al 17 de enero. En ese breve lapso, el mundo dio otro vuelco abismal. Los recientes eventos en Venezuela y las inquietantes declaraciones de Washington sobre Groenlandia, territorio nada menos que de un aliado de la OTAN y miembro de la UE, han confirmado que la relación entre Europa y la administración de Donald Trump está profundamente debilitada. 

En cambio, Latinoamérica ha despertado abruptamente de una especie de sueño de bella durmiente. De repente, se convirtió en el tablero principal de la contienda entre grandes potencias. Lo acontecido en Venezuela el 3 de enero de 2026 es la prueba más contundente de ello.

La UE a menudo habla de buscar “socios afines”. Pero a Latinoamérica y al Mercosur los tenía relegados a segundo plano. Mientras la iniciativa Global Gateway de la UE comprometió 80.000 millones de euros para África, América Latina recibe menos de la mitad de ese monto. Durante años, la región fue tratada como estratégicamente secundaria, dejándola a merced de China y de EEUU.

Ya no más. Fue sobre todo en la pandemia que Europa aprendió el duro costo de depender de pocos proveedores energéticos e industriales. Y con la guerra en Ucrania se dio cuenta de que le faltan socios democráticos y afines en foros multilaterales. 

Para el Mercosur, y especialmente para Brasil, este pacto no es sólo una puerta a mercados europeos. Es también una herramienta de diversificación frente al dominio abrumador de Pekín y de la imprevisibilidad de Washington. Como bien señaló el presidente paraguayo Santiago Peña, el tratado es "algo más que una alianza comercial". 

Es la oportunidad de anclar la relación con Europa, pero en un pie de más igualdad. Con esta alianza se construye un tercer pilar. Uno que ojalá reduzca la vulnerabilidad de las dos regiones ante choques externos. Ambas partes de repente necesitan lo que la otra puede ofrecer: equilibrio, recursos y estabilidad. Y, aún más importante, esta alianza brinda margen de maniobra político.

El 17 de enero se firma nada menos que el mayor acuerdo comercial del mundo. Abarca a 31 países y a casi 800 millones de personas. Y si bien las proyecciones económicas son masivas, su verdadero valor es sobre todo geopolítico.  Representa una oportunidad para ambas partes. Demuestra que Bruselas todavía puede liderar y cumplir. Y también ejemplifica el nuevo rol, y responsabilidad, de los latinos en el mundo. Tras un cuarto de siglo de espera, este tratado es un "pequeño gran milagro". Quizás llega a destiempo e incluso debilitado, pero más vale tarde que nunca. 

Gabriela Keseberg Dávalos es politóloga. 


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