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En perspectiva | 21/03/2026

Del lamento boliviano a la construcción de la felicidad

Mónica Salvatierra
Mónica Salvatierra
La felicidad suele definirse como algo más que un estado de ánimo pasajero. Desde la psicología positiva, es una construcción que combina bienestar emocional, sentido de vida y relaciones significativas. No se trata solo de estar contentos, sino de cómo vivimos, cómo interpretamos lo que nos pasa y, sobre todo, cómo nos vinculamos con los demás.

Pero cuando esa definición aterriza en Bolivia, la teoría se enfrenta con una realidad incómoda. El país ocupa el penúltimo lugar en Sudamérica en el ranking de felicidad y el puesto 74 de 147 a nivel global. En 2025, además, cayó un peldaño más. Las razones son evidentes: una crisis económica persistente, incertidumbre política y una sensación de desgaste colectivo que parece haberse instalado como telón de fondo.

Sin embargo, hay algo más profundo que los indicadores. Hay una actitud. Una forma de estar en el mundo.

No es casual que una canción como Lamento boliviano de Enanitos Verdes haya calado tanto en el imaginario colectivo. Esa idea de ver el vaso medio vacío, de la queja constante, de la resignación disfrazada de identidad. A eso se suma una fractura histórica: la rivalidad entre oriente y occidente, una desconfianza casi instintiva hacia el otro, como si el otro fuera siempre una amenaza y no una posibilidad.

Y esa cultura se expresa en lo cotidiano, en lo pequeño, en lo aparentemente trivial. En el conductor que se detiene donde quiere, esperando que los demás se adapten. En la mirada rápida para señalar el error ajeno, pero no para comprenderlo. En esa dificultad casi automática para ceder, para colaborar, para pensar en el otro antes que en uno mismo.

Entonces surge la pregunta incómoda: ¿somos así por herencia? ¿Por falta de educación ciudadana? ¿O simplemente porque hemos normalizado estas conductas?

La felicidad, dicen los estudios, está profundamente ligada a la esperanza y al optimismo. No como ingenuidad, sino como una forma de posicionarse frente a la vida. Creer que las cosas pueden mejorar. Que el otro no es un enemigo. Que vale la pena construir.

Pero hay algo todavía más determinante: la capacidad de dar. Salir de la covacha del egoísmo, de esa lógica de supervivencia individual donde cada quien cuida su metro cuadrado. Porque la felicidad no crece en el aislamiento, sino en la conexión. En el gesto mínimo. En la empatía. En la renuncia, a veces, a la propia comodidad para facilitar la vida del otro.

Ahí está, quizás, el punto ciego de Bolivia. No solo en lo estructural, sino en lo cultural.

Nada de esto está escrito en piedra. No es un destino inevitable. Las sociedades también aprenden, cambian, se reinventan. Pero ese cambio no empieza en los grandes discursos ni en las políticas públicas. Empieza en lo cotidiano. En cómo manejamos, en cómo hablamos, en cómo miramos al otro.

Porque, al final, la felicidad no es un logro individual. Es un fenómeno colectivo. La felicidad de uno impacta en la del otro. Y así, en cadena, se construye –o se deteriora– la calidad de vida de un país entero.

Tal vez el desafío de Bolivia no sea solo crecer económicamente o estabilizar su política. Tal vez el desafío más profundo sea aprender a convivir mejor. A confiar un poco más. A dar un poco más. A aprender a aceptar y respetar al otro, al diferente.

A entender, de una vez, que el bienestar propio nunca está separado del bienestar de los demás.

Mónica Salvatierra es periodista.



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