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La madriguera del tlacuache | 12/03/2026

De habernos dicho antes…

Daniela Murialdo
Daniela Murialdo
Me entra angustia ajena por el extravío local de algunas personas. Gente inteligente, aunque algo fanática para mi gusto, que expresa sus ideas en el lugar equivocado. Que, ejerciendo la lealtad propia del correligionario del colectivo, siente la necesidad urgente de ganar puntos con sus líderes, aun cuando estos se encuentren a miles de kilómetros y no los escuchen. 

Está pasando en Bolivia con una parte de las que se reclaman feministas; que han vuelto a criticar a las “mujeres conservadoras” (que en Bolivia son millones a diferencia de España, por ejemplo). Esta vez, por haberse sentido afectadas con las declaraciones de la viceministra de Igualdad de Oportunidades, Durby Blanco, que en un acto público y en esa calidad, dijo: “Estar aquí presente con 32 años y no tener hijos es porque no quiero, o no quería, perder años en casa haciendo un trabajo que no me permita realizar mis sueños”. 

He buscado en las redes sin éxito, comentarios alegando que la viceministra no tiene derecho a expresar sus ideas, o que no tiene la facultad a decidir si tener hijos o no.  No hallo ese tipo de posts porque no tengo amigos cretinos. 

En cambio, abundan las expresiones de mujeres -mamás y no mamás-, poniendo en evidencia el desatino de la autoridad, que con suficiente arrogancia se colocó encima de las madres bolivianas para vanagloriarse de que a ella la vida se le hace fácil y que ha podido cumplir sus sueños gracias a que no tiene hijos.

Luego de escucharla, temí que saliera a la palestra el ministro de Hidrocarburos a presumirnos de que él había elegido no tener auto y que, debido a eso, no sufre los problemas de la gasolina adulterada.

Lo sé, Medinaceli tiene todo el derecho de elegir tener o no auto. Pero no sé si decirlo en una conferencia de prensa, como autoridad del ramo, sería tomado como una manifestación de libertad y de ejercicio pleno de su derecho a expresar lo que le dé la gana. Quisiera saber si, dado el caso, las personas de buen corazón, que ahora defienden las palabras de la viceministra, lo verían así. 

Quizás el ejemplo es malo, porque hablamos de un macho. Mejor esta hipótesis: la ministra de Educación anunciando que ella eligió no procrear para no tener que realizar gastos escolares, pues, incluso si sus hijos hubieran podido acceder a colegios públicos, los estudiantes representan un gasto imposible. 

Tuve a mi primer hijo a los veinte años. Cursaba el quinto semestre de Derecho y no gozaba de ninguna posibilidad de contratar a alguien que nos ayudara. Pero había abuelos; mi esposo (entonces) trabajaría y yo no dejaría de asistir una sola semana a la universidad. Me recuerdo turnando las horas de las noches entre el estudio y la lactancia. El dinero alcanzaba para lo que alcanzaba. Así, durante varios años. Luego, ya profesional, había que salir corriendo de la oficina para hacer tareas escolares, acudir al pediatra, jugar, bañar… Sin embargo, no imagino la vida sin mis dos hijos.

Si la viceministra -cuyos dichos, si desdeñosos, no alcanzan ni siquiera para sugerir su renuncia-, hubiese tenido una mínima noción de las formas, habría salido con algo como: “Yo no tengo hijos, pues eso escogí, y, no obstante, puedo comprender las dificultades por las que pasan algunas madres bolivianas, que no pueden desarrollar la maternidad junto con su oficio o profesión. A ellas me dirijo hoy. Para prometerles que generaremos ciertas condiciones, como guarderías o salas de lactancia en oficinas, o la ampliación de los beneficios de maternidad, disminución de horas laborales…”. 

El problema es que, en ese caso, privaríamos a este feminismo de su principal causa: encontrar señales de patriarcado en todo lo externo a él. Esta vez, ese machismo se incrustó en la crítica a la viceministra (“de haberlo dicho un hombre, no lo habrían atacado…”).  Si tan solo dejaran por un instante el paternalismo hacia aquellas que lo permiten y aceptaran con humildad que cualquier mujer puede cometer un error, o expresar equivocadamente una idea, como le pasó a Blanco según su explicación de buena fe… 

Lástima que las maestras francesas o españolas de estas feministas no vivan en Bolivia. Ayudarían tanto a sus adláteres en la transformación de las mujeres (del campo y de la ciudad). Lograrían convertirnos en verdaderos seres morales; en personas inteligentes (pues pensaríamos como ellas), abandonaríamos la religión, venceríamos nuestra visión cavernaria de la familia y, aunque tarde, aprenderíamos que todas podemos elegir nuestros sueños. Y que quizás tengamos más probabilidades de que esos sueños se cumplan, si no traemos colgando una guagua. O, peor todavía, dos.

Daniela Murialdo es abogada.




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