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BRUJULA – 1000 X 115 px
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Sociedad | 23/09/2022

Bella Santa Cruz de la Sierra

Bella Santa Cruz de la Sierra

Waldo Pinto Oblitas

Brújula Digital |23|09|22

Te conocí cuando eras una “peladita”, hermosa y atractiva como todas las reinas y soberanas que nacen en tu suelo. Eran las primeras horas de la mañana; los rayos del sol comenzaban a dejarse sentir y la temperatura ambiente subía cada minuto. Tus calles y tus plazas llamaron mi atención.

Las casas, todas bajitas, mostraban una arquitectura especial con marcado aire de conquista colonial. Los techos enseñaban, orgullosos, un conjunto de ancianas tejas que se resistieron estoicamente al paso del tiempo y sus inclemencias y que hoy, despiadadamente, son cambiadas por otras (Duralit) que aun cuando pintadas en tono plomizo negro no tienen comparación con aquellas de madura y generosa mayoría de edad.

Algunas casas, remodeladas, muestran techos naranja, como traje dominical de antaño. De todos modos, los unos y los otros se sienten orgullosos de ser como son. Parecen decir: somos la cruceñidad inmutable y nadie podrá negar que somos testigos de los notables cambios que a diario se producen en nuestras calles, plazas y parques.

Hay viejas casonas que se aferran a su origen, a ese pasado de tradiciones, costumbres, sol y carretones donde el camba recorría lánguidamente las arenosas calles. La gente se saludaba con marcado acento familiar. Todos se conocían o casi todos. Muchos intercambiaban saludos a fuerza de verse en las jornadas del diario vivir.

Caminé sin rumbo recorriendo numerosas galerías donde se yerguen vistosos horcones que han sacrificado su histórica resistencia para dar paso a columnas de cemento que se levantan no menos satisfechas que sus hermanas de ayer.

Al rayar el mediodía el astro rey se encendía con todo su esplendor y la ciudad parecía devorar a sus habitantes, al punto que en las calles, plazas y galerías de consoladora sombra, la gente desaparecía como encantados por el sortilegio de una barita mágica de algún cuento de hadas.

La ciudad duerme su siesta reparadora para luego despertar al influjo de la caída del sol por el poniente y dar paso al fresco atardecer. Más tarde llegará la noche, tachonada de estrellas que servirán como testigos de una mágica noche de mil aventuras.

Quedé extasiado con la iglesia que airosa se levanta en la plaza “24 de Septiembre”. Su regia estructura está cubierta por ladrillos donde la mano del hombre jugó caprichosamente para darle formas que hoy lucen esplendentes y hacen del conjunto arquitectónico una Catedral de imponente presencia.

Ha caído la noche y como un sereno manto corre apenas un débil y delicado viento ligeramente tibio. Las familias se apuestan en las puertas de sus casas que dan a la calle, ocupando parte de las aceras, para tomar el fresco e iniciar una tertulia sobre esto y aquello. No es raro ver que una hamaca, de un punto a otro, cuelga donde alguien se mece entrecerrando los ojos o canturreando alguna canción acompañándose con su infaltable guitarra.

A un par de cuadras se escuchan algunos sones de una banda de música, quizá la del que fue famoso “Sapo Pinto”. Es un “buri”, una reunión donde un “culipi” sirve para la congratulación o, simplemente, para alegrar el espíritu.

Fiesta y baile

Me invitaron para compartir la celebración. La gente bailaba con marcado entusiasmo derrochando sana alegría y despreocupación. Daban brincos sin el menor asomo de acusar cansancio o fatiga. Carnavalitos y taquiraris inundaban el ambiente confundiéndose con los gritos de la concurrencia.

Fue cuando me enamoré de una preciosa cambita. En cuanto la vi no pude ocultar mi interés por ella. No sabía quién era ni cómo se llamaba. Mis ojos chocaron con la mirada tierna y coqueta de sus negros ojos que me cautivaron en un par de segundos. Le hice una venia para que bailara conmigo. Ella se levantó airosa y vino hasta mí. Al poco rato yo estaba sumergido entre el bullicio y los saltos acompasados que nos marcaban los ritmos musicales de la banda.

Pasaron las horas y el cielo mostraba su traje de luces en tanto que la luna coqueteaba, hermosa, con su blanco “tipoy”. Se produjo un descanso; sin embargo, continuaban las risas y la algarabía reinaba en el ambiente. De pronto, comenzaron a servir un apetitoso refrigerio.

Aproveché el momento para salir con ella al patio, iluminado tan solo con el resplandor de la señora Luna. La tomé de la mano y arrimándonos al tronco de un árbol la besé tiernamente. Su virginal pecho se hundió ante mi cuerpo y el murmullo de tiernas y prometedoras palabras de amor se dejaron escuchar suavemente, como un susurro en aquella maravillosa noche

Desde entonces ha pasado mucho tiempo; corrieron los años y cuando te vuelvo a ver, linda ciudad de Santa Cruz, observo que tus calles y plazas han cambiado notablemente. Tus calles ya no lucen aquellas capas de fina arena arcillosa.

Las galerías exhiben elegantes y fastuosos almacenes con tocio tipo de mercadería. Ya no está la gente aquella que tomaba el fresco en la acera de sus casas. Las plazas y numerosas calles muestran un inusitado hormigueo de una población cosmopolita.

El diseño del modernismo deja sentir su fuerza. No todo es lo mismo. No hay “buri” ni hay aquellas noches de ensueño y de aventura. Los cambios se dejan notar en cada paso, en cada galería, en cada cuadra, en cada parque.

Y me pregunto: Dónde está aquella cambita cuyo nombre escribí sobre las arenas de una calle. Su recuerdo y el aroma de su boca y de sus labios se perdieron en la nada; sus promesas, como las calles fueron sepultadas con losetas de olvido. Los carretones ya no dejan oír el crujido de sus ruedas. Un enjambre de motos y de vehículos han reemplazado al lento caminar de los bueyes. Los motores y bocinazos se han impuesto sobre aquella voz que le decía al caballo: ¡iaaaai!, ¡iaaaa!

Noble y generosa

Santa Cruz de la Sierra, tierra noble y generosa, expresión viva del inmenso oriente boliviano donde el verdor de sus selvas y tupidos montes, cuando veo desde las alturas, dejan correr, como serpenteantes hilos de plata, a imponentes y caudalosos ríos.

Santa Cruz eres única como es tu escultura del parque del Arenal y que hoy muestra caprichosos juegos en las fuentes de agua al punto que parecen exhalar delicados cristales encendidos con rutilantes rayos de luz.

Hoy tienes modernas y amplias avenidas. Almacenes comerciales de regia presencia con decorados de mercadería entre los mejores del país. Tus hoteles, al igual que tu gente, muestran con justificado orgullo el progreso alcanzado. Progreso y desarrollo que supera todo cálculo. Tu ciudad crece día a día mediante el esfuerzo de tus autoridades y la extraordinaria contribución de tu ciudadanía.

Estoy admirado por tu crecimiento. Ahora tienes grandes edificios; estructuras se cemento y vidrio que se levantan como queriendo arañar el cielo. El avance de tu ciudad ha tendido sus tentáculos para dar paso a las urbanizaciones. Los anillos han quedado pequeños ante tu increíble desarrollo.

Pronto habrás alcanzado tu mayoría de edad y, con seguridad, te convertirás en una de las principales ciudades de Latinoamérica. Tu destino está sellado y, Bolivia, tu patria, se sentirá orgullosa al comprobar que su hija oriental ha crecido tanto y que su fama compite ventajosamente con otras grandes ciudades del entorno de nuestra nación.

Felicidades espléndida Santa Cruz de la Sierra. La alegría de tu gente, como acontece cada año en tu carnaval, inundará tus calles, plazas y parques. Tus reinas de belleza seguirán admirando al mundo, allá a donde vayan con el mensaje de bolivianidad a través de esa natural sonrisa y el donaire que acompaña a cada una de ellas.

Quienes te admiramos, con el corazón henchido por la emoción, inflaremos el pecho y como dice la letra de una canción: “No hay jardín de mil amores que se iguale a Santa Cruz”. Felicidades y un gran abrazo... ¡pueh!

Waldo Pinto es periodista.





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