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Sociedad | 08/03/2026   01:22

|OPINION|Un legado de luchas e historia|Silvia Chávez|

Este 8 de marzo abrazamos a las mujeres de otras partes del mundo que también viven contextos de conflicto (Ucrania, Sudán), la devastación de sus territorios, la migración forzosa, la violencia sexual como arma de guerra.

Foto ABI. Archivo.
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Brújula Digital|07|03|26|

Silvia Chávez

El legado del 8 de marzo, instituido como Día Internacional de la Mujer, no solo es la memoria de unas luchas que conectan con el pasado decimonónico de 129 obreras textiles en Nueva York, cuya protesta termina con sus vidas en una trampa mortal; es una fecha que recoge un extenso itinerario de acción colectiva y lucha feminista por todos los continentes.

Más allá de celebraciones que cada año concluyen en Bolivia con flores, agasajos y homenajes pueriles, el 8 de marzo representa para los movimientos de mujeres un día de movilización, resistencia y denuncia feminista. Se nombra la violencia, se denuncia la injusticia, se desafía el poder. Las múltiples voces no son un adorno ni mero bullicio callejero, son rebeldía colectiva que interpela al Estado y a la sociedad. Este día simboliza la memoria de las que lucharon contra la discriminación de género y otras injusticias, la rabia por las que faltan y la esperanza organizada para cambiarlo todo.

Las consignas bolivianas y latinoamericanas actualizan estas demandas en clave política:

“Vivas nos queremos”, “ni una menos”, “el Estado es responsable”, “no es piropo, es acoso”, “si tocan a una respondemos todas”, “educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar, aborto legal para no morir”, “nuestro trabajo sostiene al mundo”, “educación no sexista para transformar la sociedad”, “ni estereotipos, ni techos de cristal”, “cuidar no es destino, es trabajo, paguen la deuda”; “la precarización también es violencia”, “el patriarcado no se reforma, se derriba”, “nuestra rabia es política”, “no nací para obedecer”, “nuestros cuerpos no son territorio de conquista”, “el poder también tiene género”, “justicia patriarcal, justicia parcial”, “no queremos promesas, queremos políticas”, “no es exageración, es opresión”, “nuestra lucha no es moda, es historia”.

De ahí que el 8 de marzo no se festeja; es un día de protesta para incomodar, para repensar la democracia más allá del voto; para reflexionar cómo el patriarcado reproduce las desigualdades y violencias que se tejen en múltiples espacios, y para formular nuestras agendas no desde el victimismo sino desde la potencia de nuestros activismos.

En Bolivia, este 8 de marzo también es un grito contra los feminicidios, la violencia machista y la impunidad estructural; por el reconocimiento y distribución del trabajo doméstico y de cuidados; por una paridad que genere espacios de decisión efectiva; por una autonomía económica que garantice libertad; por la defensa del territorio y una justicia ambiental. No es solo igualdad de género; es cuestionamiento a las jerarquías étnicas y de clase que tejen la vida.

Finalmente, este Día Internacional de la Mujer no solo interpela violencias e injusticias locales, sino también estructuras globales de poder. Cuando se nombra a las mujeres palestinas, se está señalando una realidad atravesada por ocupación, guerra, desplazamiento, genocidio, limpieza étnica y crisis humanitaria.

Desde los movimientos de mujeres a nivel internacional, esta mención significa reconocer que las guerras exacerban las desigualdades de género (cuidado, desplazamiento, violencia sexual, pérdida de redes), que las élites políticas, económicas y mediáticas globales suelen ignorar, olvidando deliberadamente que casi el 70% de los muertos registrados hasta ahora son mujeres y niños.

Este 8 de marzo abrazamos a las mujeres de otras partes del mundo que también viven contextos de conflicto (Ucrania, Sudán), la devastación de sus territorios, la migración forzosa, la violencia sexual como arma de guerra. Nuestra lucha no reconoce fronteras cuando se trata de la vida y la dignidad. Luchamos por un orden global que desmonte el abuso de los poderosos, la militarización y el sistema patriarcal que los sostiene. No queremos un mundo administrado por la guerra, la prepotencia y el lucro, sino sostenido por el cuidado, la justicia y la igualdad.





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