En un viaje por el sur de Chile, el autor describe la influencia alemana en pueblos como Puerto Varas y Frutillar, su tradición repostera y los paisajes volcánicos. También visita Chiloé y reflexiona sobre la historia mapuche, desde las misiones jesuíticas hasta los conflictos por tierras y derechos.
Brújula Digital|06|03|26|
Stefan Gurtner
Como en los anteriores artículos, quisiera compartir algunas impresiones sobre los lugares que visité durante un viaje desde Bolivia hasta Tierra del Fuego. Esta vez se trata del arte de la repostería de los descendientes de colonos alemanes, así como de las habilidades artesanales y la lucha por la supervivencia del pueblo mapuche.
Cuando llegamos a la Región de Los Lagos de Chile, también llamada el “Sur Chico”, llovía a cántaros, y así siguió sin interrupción durante los días siguientes. “El clima aquí en invierno es espantoso”, dijo alguna vez alguien. “Y en verano tampoco es mucho mejor”.
En cualquier caso, este hecho fue una buena excusa para recorrer los bonitos pueblos construidos al estilo alemán –Puerto Varas, Frutillar, Villarrica o Pucón– situados a orillas de los numerosos lagos, y visitar sus cafés. Estos están atendidos por los descendientes de inmigrantes alemanes cuyos antepasados se asentaron hace unos 150 años en esta zona, entonces solo escasamente poblada por los mapuches, los habitantes originarios. “Streuselkuchen” (torta de miga) y “leckerer Kuchen” (torta deliciosa) se lee allí, exactamente así, en alemán, en los letreros de las casitas coquetas, y todos los visitantes, vengan de donde vengan, entienden perfectamente de qué se trata.
En la costa del Pacífico, sin embargo, también se pueden disfrutar platos locales, como el curanto, un guiso de mariscos o el caldillo de congrio, una sopa de pescado, plato favorito del poeta Pablo Neruda, oriundo de la región y sobre quien escribí en el artículo anterior. Amaba tanto esta sopa que incluso le dedicó un poema, la famosa “Oda al congrio”.
“Cuando de repente se abren las nubes, se elevan hacia el cielo los conos nevados de los volcanes: el legendario Osorno, el perfectamente formado Villarrica, el filoso Puntiagudo o el majestuoso Tronador, el más alto de todos. En un día así, un viaje por el lago Todos los Santos desde Petrohué hasta Peulla es uno de los viajes lacustres más bonitos del mundo”, anoté en mi diario de viaje.

Volcán Puntiagudo a orillas del Lago Todos los Santos/Martin Gurtner Duperrex
Menos turistas visitan la isla de Chiloé, situada frente a Puerto Montt. Es conocida por sus palafitos y sus numerosas iglesias construidas íntegramente en madera y declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Se encuentran aún en muchos lugares, las más hermosas en Castro, la capital de la isla, pero también en Achao, Chonchi o Dalcahue. Estas iglesias datan de los siglos XVIII y XIX y fueron llamadas también “las iglesias del fin del mundo”, porque, ante la resistencia de los pueblos originarios más al sur, los conquistadores españoles nunca lograron avanzar más allá.

Interior de la iglesia de Achao/Martin Gurtner Duperrex
Inicialmente, estos pueblos eran misiones jesuíticas, cuyos sacerdotes buscaban convertir a la población local de un modo más humano, como también lo hicieron en la Chiquitania o en Juli, en lo que hoy es Bolivia o Perú respectivamente. Los padres jesuitas fueron los primeros en publicar diccionarios en lenguas indígenas, pues consideraban que estos pueblos merecían ser evangelizados en su propio idioma. Del mismo modo, fomentaron sus capacidades artísticas ancestrales, como la música, la talla en madera y la arquitectura. Así nació una mezcla única, el llamado barroco mestizo, en el cual están construidas las iglesias de estas regiones y que combina elementos indígenas y europeos.
Como se sabe, este modelo de evangelización fracasó, entre otras razones, por la codicia de otros sectores de la sociedad colonial, que veían en la población indígena solo mano de obra barata. En 1767 los jesuitas fueron expulsados de Sudamérica por orden del rey español Carlos III. Desde entonces los mapuches se resistieron a la “civilización”, como los conquistadores llamaban a este proceso. Además de su destreza como artesanos, eran hábiles cazadores, pescadores y recolectores que sabían abastecerse muy bien por sí mismos.
Recién hacia finales del siglo XIX los mapuches fueron despojados de sus tierras y, en parte de manera violenta, incorporados a las estructuras estatales establecidas en la Patagonia, a ambos lados de la frontera chileno-argentina. Una y otra vez intentaron recuperar su antigua independencia. Que su lucha, hasta hoy, a veces se libra incluso de forma sangrienta, lo demuestran las inscripciones en paredes y muros de contención que se pueden ver en distintos lugares de la isla.
A las autoridades no les agrada que los visitantes las fotografíen y mi hermano Martin, fotógrafo, que me acompañó en este viaje, siempre miraba alrededor con cautela antes de hacerlo. En esas inscripciones aparecen con notable frecuencia los nombres de Roberto Triviño, Luis Cárcamo, Arturo Cárdenas, Santiago Pérez y Zoilo Guerrero, quienes en 1921 fueron asesinados por fuerzas de seguridad durante una huelga de trabajadores rurales.

Inscripción cerca de Castro/Martin Gurtner Duperrex
Un caso que recientemente causó conmoción es el de la activista mapuche Julia Chuñil, de 73 años, cuyo retrato aparece en innumerables volantes pegados en las paredes y quien desapareció en el año 2024. Previamente había tenido un conflicto con un hacendado por un terreno boscoso que originalmente pertenecía a su comunidad y cuya devolución reclamaba.
Varias organizaciones de derechos humanos organizaron entonces marchas de protesta en las grandes ciudades del país –incluso en Santiago, frente al Palacio de La Moneda– y exigieron un pronto esclarecimiento del caso. Hasta ahora en vano, pues de la activista no se tiene rastro alguno.
Stefan Gurtner es director de teatro, escritor y miembro de PEN-Bolivia.