Brújula Digital estuvo en el lugar donde cayó el avión Hércules con las remesas del BCB. Gisela, una joven alteña, cuenta cómo vio de cerca la tragedia y por qué no tomó del dinero esparcido.
Brújula Digital|01|03|26|
Ivone Juárez
Gisela vive frente a la avenida sobre el puente Bolivia de la ciudad de El Alto, donde el viernes, alrededor de las 18:00, cayó el avión de carga Hércules C-130 de la Fuerza Aérea Boliviana que transportaba una remesa del Banco Central de Bolivia por un orden de 177,1 millones de billetes de Bs 10, 20 y 50 de la serie B.
Fue testigo de lo ocurrido en dos momentos. El primero, cuando el avión derrapó y ella salió de su casa a ver la aeronave que estaba partida en dos. El segundo, en la calle, cuando, en medio de gases lacrimógenos, la gente perdía el control por lograr algo de la remesa.
Lo que vio le hace reflexionar sobre cómo el dinero hace que la gente actúe sin “coherencia” y “se desconozca”. "El accidente se veía terrible, con muertos, heridos, pero la desesperación de la gente que había llegado al lugar daba más miedo. Era como si tuvieras solo Bs 20 y te los quisieran quitar y tú puedes hasta matar por esos Bs 20. En la calle discutían, se pegaban, se quitaban el dinero”, relata.
Ella y su hermano estuvieron cerca de los billetes, pero no los tomaron por una sola razón: la enseñanza de su madre. “Me vino eso de si alzo o no ese dinero, pero mi mamá siempre dice: 'Si tú alzas algo donde hubo una tragedia la misma suerte te llevarás. Ese dinero está dañado'“, .
18:40, después del granizo
El viernes, después de las 18:00, había caído una intensa granizada; un estruendoso trueno se había llevado la electricidad por unos minutos.
La joven se encontraba con su madre y su hermano en el negocio familiar que tienen en el lugar. Pasó la tormenta, volvió la electricidad y se reponían del incidente cuando oyeron un estruendo.
“Salimos con mi hermano a la calle. Era un avión partido en dos que estaba en nuestra avenida. Desde donde estábamos solo se veía la cola. Entramos hasta la mitad del avión. Estaba partido y había un montón de dinero. Los pedazos del avión estaban por todo lado, igual que el dinero. Se hizo como una línea de billetes. Después salimos del aparato”, afirmó.
Entre la multitud, recuerda, ya se hablaba de que en otra parte del avión había muertos, entre ellos el piloto.
“Después de salir nos pusieron detrás de las cintas de seguridad y no nos dejaban pasar, cuando la gente, entre broma y broma, comenzó a decir '¿y si entramos?'. Y de pronto fue como si todos se hubiesen puesto de acuerdo y entraron de golpe”, cuenta.
De pronto se vio en medio de la multitud que la arrastraba, igual que a su hermano. “Mi hermano pudo subirse al ala de la parte de atrás del avión. Yo me quedé en medio de la gente, que siguió avanzando, empujando y tirando piedras a los policías”, añadió.
La policía respondió con gases lacrimógenos a la avalancha de gente que se les iba encima.
En medio de los efectos del gas, que la dejaban sin aliento y le hacían perder el equilibrio, vio a gente que corría con sus hijos y otra que se desmayaba. Gisela se atemorizó con la situación y resolvió volver a su casa.
Cuando regresó a su vivienda con su hermano, el gas lacrimógeno había ingresado a las habitaciones. Usaron toallas y otros trapos húmedos para sellar las puertas y ventanas y evitar sufrir más efectos de los químicos. Afuera se oían gritos y petardos. Para entonces, eran aproximadamente las 19:00.

Uniformados conversan frente a la cabeza del Hércules siniestrado. Foto APG.
19:00, “la gente se desconocía”
Pasaron unos minutos y Gisela decidió volver a salir y se encontró con un cuadro dantesco: la gente discutía, se golpeaba y se arrebataba el dinero que sacaban del lugar del desastre.
“No había coherencia, la gente se desconocía”, afirma
Ella y su hermano prefirieron volver a ingresar a su vivienda. En tanto, unos metros más allá, Policía se enfrentaba a una multitud cada vez más agresiva y numerosa.
La situación empeoraba a cada momento porque -según trascendía- iban llegando a la zonas supuestos antisociales que planeaban cómo rebasar a los uniformados para saquear las remesas.
En determinado momento, las autoridades anunciaron primero que el dinero de la reserva quedaba sin valor. Finalmente, unos minutos antes de la 22:00, ante el temor del saqueo de la totalidad de los billetes, decidieron quemar los billetes. Era como una pira en la que se perdían las ilusiones de mejores días.

Personal de limpieza recoge las bolsa con las cenizas de los billetes de la serie B incinerados. Foto APG.
El día después:10:00, la cola del avión
Es sábado y la mañana transcurre en la ciudad de El Alto. En las zonas cercanas por donde se estrelló el Hércules de la FAB la normalidad lucha por instalarse, pero no lo consige. La gente se mueve entre la curiosidad de ver la aeronave que está partida en dos, en medio de la avenida, y verificar si no tiene algún billete de la serie B.
En el intenso comercio del lugar la imagen común es gente revisando billetes. Mi experiencia con esa dificultad comenzó en la estación del Teleferico Rojo en La Paz, donde, en las ventanillas de venta de pasajes, una voz repetía a cada momento: "No se reciben billetes de la serie B".
En El Alto, el chofer del minibús que abordé con destino a Puente Bolivia (donde se estrelló la aeronave) decidió seguir al pie de la letra la instrucción de las autoridades y colgó de su retrovisor un letrero de papel que decía: “No se aceptan billetes de 10, 20 y 50 de la serie B”.
Ya en camino, le preguntó si pasará por el lugar donde cayó el avión. No me responde. Se toma unos segundos y en voz alta se dirige al resto dice: "Hay mucha trancadera, voy a dar una vuelta, y voy a pasar por la cola del avión, pero me aumentan 50 centavitos”. El silencio de aprobación es la respuesta.
Pasan unos minutos y el conductor anuncia: “Allá está la cola del avión, me voy a acercar hasta la esquina”. Para y todos los pasajeros descendemos.
La escena es impresionante: el avión partido a la mitad en pleno de una avenida y de casas. Hay gente aglomerada que filma, toma fotos o simplemente mira la escena bajo el control de un cordón de efectivos policiales y militares que impiden el paso.
”Tanta plata, dicen que estaban trayendo de Santa Cruz"; "dicen que esto es mala suerte”, se oye entre la gente.´
Alrededor de la pieza del avión aún se ven dispersas algunas partes de la aeronave y restos de fogatas.
Para ver la cabeza del avión hay que caminar como un par de cuadras y girar a la derecha. Voy en esa dirección, junto a otras personas que inician el mismo recorrido, como un tour sin guía.
Apenas damos unos paso, un hombre detiene a una mujer y le pregunta en tono agresivo: “¿Qué está llevando en el aguayo?”. La mujer ni lo mira y sigue su paso, igual que todos. El hombre, que no lleva ningún distintivo, queda atrás.
Nadie parece hablar de otra cosa que del accidente: en las tiendas y otros negocios instalados alrededor de la céntrica avenida, grupos de personas hablan y se escuchan palabras sueltas como “avión”, “billetes”, “fogatas”.
A medida que camino aparecen los daños colaterales: vehículos volcados, llantas y otras partes de motorizados, además de restos de fogatas que fueron alimentadas con llantas.
No queda más que ver.
Ya pasa el mediodía y en el lugar no se puede retomar la normalidad. Veo una mujer con un carrito de frutillas y me acercó a comprar. Tengo Bs 100, se lo entrego el billete y ella lo revisa minuciosamente. ¿No es de la serie B?, indaga. Para darme el cambio rebusca en el bolsillo de su mandil y verifica que los billetes que me da de cambio ninguno sea de esa nominación.
BD/IJ/RPU