El Carnaval de Oruro parece caos, pero funciona con organización precisa. Entre música, trajes y devoción a la Virgen del Socavón, el autor destaca logística, seguridad y esfuerzo colectivo. Como fotógrafo, vive la fiesta y hasta recupera su celular, en un pequeño “milagro”.
Brújula Digital|20|02|26|
Texto y fotos: Fernando Patiño Sarcinelli
Frecuentemente usamos el término “es un carnaval” –por eso entre comillas– para referirnos a un completo desorden donde nadie se entiende. No es el caso del Carnaval de Oruro, donde todo funciona según lo planeado: el horario, el trayecto, los ingresos y la multitud bien acomodada. A primera vista, la multitud parece desordenada; el tráfico vehicular ni qué decir. Lento, pero seguro. Nada fácil en una ciudad pequeña que en estos días multiplica su población sin que se pueda estimar con precisión.
Bandas y bailarines; público importado y residente; comerciantes gastronómicos para los más exigentes y para los callejeros; agentes del orden y controles de acceso; finalmente, la limpieza y el mantenimiento de semejante infraestructura.
La preparación y entrenamiento de los diferentes grupos, junto con el diseño de los trajes constituyen el punto más alto. Si bien las bandas repiten ritmos y melodías año tras año, con pocas variaciones, el entusiasmo no cesa. Músicos de todas las edades –desde niños hasta personas mayores– soplan tubas, trompetas y oboes lo largo de más de cuatro kilómetros, hasta llegar al Socavón para pagar promesas a la Virgencita.
El consumo de bebidas alcohólicas es imposible de medir, inagotable. ¿Qué importa? Todos saben que es el combustible de la alegría, del baile, de la energía (hasta cierto punto). Y las bandas también lo saben: aunque desafinen, está permitido. La borrachera como tal se ve ya en horas de la madrugada, por las calles fuera del circuito, mientras la fiesta continúa.
En medio de tanta fiesta, farra y baile, muchos detalles pasan desapercibidos, pero merecen ser descubiertos: el trabajo de servicios de apoyo, como las bombas de papel y los fuegos de artificio que se mueven silenciosamente para potenciar el espectáculo; los incansables “limoneros” que hidratan a músicos y bailarines acalorados.
Debo confesar que no sé bailar ni cantar, pero como fotógrafo tengo el privilegio de enredarme entre comparsas, esquivar a los tinkus, los cuernos de los diablos y los toros; recibir abrazos de osos panzones y cuidar de no atropellar a algunos niños que también desfilan con entusiasmo. Lo más lindo de esta experiencia es el gusto que tienen estos actores de ser objeto de una fotito que probablemente nunca verán. Ojalá pudiera cambiar esa suerte si alguno se encuentra en las fotografías de esta crónica.
No son pocos los fotógrafos que van y vienen, algunos con equipos pesados y sofisticados, esquivando unos a otros para que un “intruso” no arruine el momento de “la" foto. Todos los fotógrafos tenemos la ambición de capturar la mejor toma, algo que nunca se cumple, porque la siguiente siempre parece mejor que la anterior. Cada foto tiene su momento.
Cada grupo tiene su propio ritmo y una infinita combinación de colores vibrantes en cada bloque de fraternidad. El diseño y la confección de cada traje, combinados con las botas típicas de muchos grupos, no son tarea sencilla. Son meses de trabajo para miles de participantes. Hay agrupaciones más sencillas en lo que llevan en los pies ¡algunos descalzos! Los Tinkus, en su mayoría, usan simplemente abarcas, muchas veces con medias de lana. Seguramente causan envidia a algunas señoritas que deben subirse a plataformas y bailar sobre tacos de 20 o 25 centímetros; no es una exageración. Diseños originales, siempre distintos, fieles el estilo propio de cada fraternidad.
Cuando uno camina por la ciudad, no se ve de dónde sale tal cantidad actores con trajes perfectos y las chicas con peinados y maquillajes impecables. Es parte del espectáculo. Lo cierto es que todos salen de donde deben salir para llegar y pagar promesas a la Virgen del Socavón. Todo muy bien organizado, en medio de lo que podría ser un caos.
Algo que pocos aprecian, pero que debe reconocerse, es el trabajo del cuerpo de seguridad y de la Policía. En cada canal de ingreso a las graderías o a la avenida por donde corre la alegría hay un grupo de uniformados atentos. En las muchas ocasiones en que tuve que circular por distintos puntos, en mi afán de tomar fotografías, debí mostrar mi manilla de ingreso o el ticket con asiento asignado en la gradería.
Es notable la cordialidad y discreción del cuerpo policial ante el desafío de velar por la tranquilidad del público, músicos, bailarines y un sinfín de personal de apoyo que circula junto a las bandas y comparsas en todas las experiencias en que participé.
También pueden ocurrir milagros. Alguien puede decir que le robaron la billetera o que se chocó con un borracho. Yo no tuve ninguna experiencia que me causara disgusto. Hubo apretones entre bailarines, sí, pero ninguno reaccionó con torpeza. Todo marchaba bien hasta el momento que di por desaparecido mi celular, cuando intentaba revisar mi recorrido para llegar al hotel, cerca de la terminal. Chakatau, como se dice en buen aymara.
Volví al lugar donde pensé que podía haberlo perdido. Llegué a las graderías tanteando bolsillos y...¡nada!
¿Señor?, me preguntó una señorita de seguridad que se me acercaba. ¿Ha perdido algo? Sí, señorita, le respondí, ¡mi celular! Acérquese, me dijo, ¿no será este?
Tal cual. Bien resguardado por uno de los espectadores de primera fila.
No creía en milagros, pero esta vez la Virgencita del Socavón, con ayuda de algún angelito, me hacen pensar de otra manera.
PD: Estoy agradecido con la amabilidad de la gente de Oruro.
Fernando Patiño es médico y fotógrafo.