Mientras el actual gobierno sostiene que está haciendo todo lo posible por sacar adelante a Bolivia y estabilizar la economía, el carnaval emerge como uno de los motores capaces de generar liquidez inmediata y dinamizar múltiples sectores en cuestión de días.
Brújula Digital|12|02|26|
Mirna Quezada Siles
Se puede decir que este Jueves de Comadres empieza verdaderamente el carnaval a nivel nacional, la mayor festividad boliviana. Más allá de la tradición, la cultura y el folklore, el Carnaval en Bolivia es también una danza de millones de dólares, con cifras que se incrementan cada año y que lo consolidan como uno de los movimientos económicos estacionales más importantes del país.
El Carnaval genera un movimiento económico de 500 millones de dólares en todo el territorio nacional, según el viceministro de Culturas, Andrés Zaratti. En ese contexto se habla de una dinámica económica que comienza con los convites, los ensayos, la confección de trajes y bordados y que continúa con la hotelería, la alimentación, el transporte y otros servicios como el hecho de contar con un espacio para ver las manifestaciones folklóricas.
En el sector turístico, las fiestas carnavaleras tendrán un impacto de 100 millones de dólares, de acuerdo a lo que proyectó el viceministro de Fomento al Turismo Sostenible, Andrés Aramayo. Añadió que se encara una investigación a nivel nacional para identificar el impacto real de la celebración, determinar a qué sectores beneficia directamente y establecer qué servicios deben mejorarse a futuro. Con este estudio se busca generar políticas públicas que fortalezcan la promoción internacional y optimicen la experiencia turística.
Las cifras adquieren especial relevancia en un contexto de encarecimiento sostenido de productos y servicios, restricciones en el acceso a divisas y desaceleración del consumo interno. Mientras el actual gobierno sostiene que está haciendo todo lo posible por sacar adelante a Bolivia y estabilizar la economía, el carnaval emerge como uno de los motores capaces de generar liquidez inmediata y dinamizar múltiples sectores en cuestión de días.
Es así que con el fin de atraer más visitantes del exterior, se prevé la participación de 30 influencers nacionales y 20 extranjeros en actividades en Oruro, Santa Cruz, Tarija y La Paz. La estrategia apunta a posicionar al carnaval boliviano en mercados digitales y redes sociales internacionales, ampliando su alcance más allá de la cobertura tradicional.
Ese impacto macroeconómico tiene un impacto directo en el bolsillo de los ciudadanos. Según un sondeo urbano realizado por Brújula Digital, una parte importante de la población afirma que, pese a atravesar momentos económicos difíciles, decide utilizar sus ahorros para viajar, bailar y participar en los carnavales.
Muchos encuestados señalan que en Oruro pueden llegar a gastar entre 1.000 y 3.000 bolivianos en vestimenta, sin contar gastos adicionales como transporte, fiestas, distintivos, aporte a banda y otros compromisos propios de las fraternidades. En La Paz, los disfraces de pepino pueden encontrarse desde 200 bolivianos en versiones sencillas hasta 2.000 bolivianos cuando se trata de telas especiales y confección más elaborada; situación similar ocurre con los trajes de otras fraternidades, cuyos costos varían según calidad y detalle.
Un platillero toca en el festival de bandas de Oruro/APG
Existe también una mirada crítica. Otro grupo consultado considera que, en momentos de crisis, las actividades deberían reducirse o suspenderse para priorizar la estabilidad familiar. Sin embargo, la mayoría coincide en que los carnavales deben continuar, no solo por su valor cultural, sino porque permiten inyectar dinero a la economía, sostener empleos temporales y activar sectores que dependen casi exclusivamente de esta temporada. El gasto individual, en este contexto, se transforma en un mecanismo colectivo de circulación de recursos.
El Carnaval de Oruro, declarado Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad por la UNESCO en 2001, reúne a más de 20.000 danzarines y llegó a convocar hasta medio millón de visitantes en años de mayor estabilidad. Su impacto económico osciló entre 260 y 380 millones de bolivianos en gestiones anteriores. Para 2026 se prevé una reducción en la afluencia respecto a picos históricos, aunque el movimiento financiero continúa siendo determinante para la región.
Oruro concentra la mayor proyección internacional, pero no es el único epicentro festivo. Tarija mantiene su carnaval chapaco con entradas y Jueves de Comadres; Santa Cruz conserva el corso cruceño como espectáculo urbano de gran escala; Cochabamba celebra el corso de corsos; La Paz despliega sus entradas folklóricas; Potosí exhibe diabladas mineras; Sucre rescata estudiantinas y sikuris; y en Beni y Pando los ritmos amazónicos aportan identidad propia. Todas estas expresiones enfrentan el encarecimiento de transporte, servicios y logística, pero siguen convocando multitudes y sosteniendo economías locales.
Reducir el carnaval a una ecuación económica, sería desconocer su profundidad auténtica. En ese sentido, el historiador Fernando Cajías explicó que, desde el punto de vista histórico, el carnaval es la despedida de la carne como preludio de la cuaresma, etapa de recogimiento en el calendario católico. “Fueron los españoles quienes introdujeron esta festividad, pero en los Andes adquirió rasgos propios al fusionarse con fiestas vinculadas a la primera cosecha. No se trató de una simple imposición colonial; sino de un proceso de apropiación y reconfiguración cultural”, afirmó.
Cajías también sostuvo que en muchas partes del mundo los carnavales se han debilitado o desaparecido. En América Latina, durante el período del Plan Cóndor, varias expresiones festivas fueron restringidas y se mantuvieron con fuerza en Brasil y Colombia. En Bolivia, en cambio, la tradición persistió con singular vitalidad porque cada ciudad, e incluso pequeñas poblaciones, tienen su fiesta grande. Las precarnavaleras, las elecciones de reinas y las reuniones de compadres y comadres, documentadas desde la colonia, forman parte de una agenda que se extiende hasta la cuaresma y que hoy representa también una dinámica económica significativa, finalizó.
El carnaval boliviano no es una frivolidad en tiempos de crisis. Es memoria viva, economía cultural y afirmación colectiva. Cuando la incertidumbre domina el panorama, la fiesta se convierte en un espacio donde conviven historia, fe, resistencia y mercado. Mantenerla activa no solo preserva una tradición centenaria, sino que sostiene empleos, activa industrias y reafirma la identidad de un país que, incluso en la adversidad, elige bailar.
Mirna Quezada es periodista.
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