La autora narra su relación cambiante con Estados Unidos: del miedo tras una tragedia aérea a la ilusión de Disney, el intercambio estudiantil y la migración familiar. Concluye que EE.UU. provoca admiración y crítica, y que los países no son sus gobiernos.
Brújula Digital|08|02|26|
Fátima Molina Camacho
Cuando yo era niña, mi madre tenía una librería en el barrio de Sopocachi de La Paz y, entre la variedad de revistas que se vendían allí, estaban las historietas de Disney. Chicos y grandes las leíamos y conocíamos de memoria a sus personajes: el ratón Mickey y su amiga Minnie, Pluto, Tribilín, el pato Donald y sus tres sobrinos, el Tío Rico. Era el deseo de muchos poder viajar a Estados Unidos y conocer ese mundo mágico donde vivían. En mi caso, era una ilusión más bien lejana: mis padres no tenían los recursos como para poder viajar.
Pero a los nueve años mi percepción del mundo cambió abruptamente. Un Convair 440 al que, por azares de la vida, yo no subí –y que mi padre Oscar y mi hermano Oscar Jr., tres años mayor que yo, sí– se estrelló en Tomonoco, un lugar remoto al noreste de Bolivia, matando a los 67 pasajeros que lo ocupaban. Recuerdo el silencio pesado en mi casa, las fotos en el periódico abierto sobre la mesa, la constante voz llorosa de mi madre. A partir de ese día, los aviones dejaron de ser para mí aparatos admirables que acercaban mundos y se convirtieron en motivo de desconfianza y temor. Cada vez que escuchaba uno, me tapaba los oídos. El sueño que tenía de conocer Disney se alejaba aún más: no me imaginaba subiendo a un avión.
Sin embargo, al cumplir 12 años, mi hermano mayor Waldo, que era subteniente de Ejército en 1978, me hizo un regalo inesperado. Él ganaba un sueldo que, aunque modesto, le alcanzó para comprarme un tour nada menos que a Disney World. No sé cómo convenció a mi mamá de que yo, a esa edad, me suba a un avión rumbo a Estados Unidos junto a una veintena de otros jóvenes viajeros. Ella tuvo que cerciorarse de que varios chaperones nos acompañaran y de que cada detalle del viaje fuera estrictamente controlado. Lo más importante era nuestra seguridad. Al final, me dio permiso y yo vencí mi miedo a volar.
Aún recuerdo mi asombro al llegar a Orlando. Todo era como lo había imaginado y más: los castillos, las luces, el derroche, los desfiles, la música que sonaba en cada rincón. Mickey y sus amigos estaban ahí, como si hubieran salido de la pantalla para saludarme. Fue verdaderamente mágico.
Seis años después, pude conocer otro rostro de Estados Unidos: uno más humano, el de la vida cotidiana. Fui estudiante de intercambio con AFS y viví un año en Kennewick, una pequeña ciudad del estado de Washington, a cinco horas de la boscosa Seattle. Ahí también descubrí la magia de las cuatro estaciones, que mi país natal no ofrece.
Una de las cosas que más me impresionaron fue el orden y la certidumbre: las carreteras impecables, el respeto a las normas, los horarios previsibles. A muchos latinoamericanos nos pasa algo parecido: admiramos esa capacidad de organización, esa confianza en que todo puede funcionar mejor, pero sospechamos también de lo que se pierde en esa eficiencia: el calor humano, la espontaneidad, el caos hermoso en el que crecemos.
Con el tiempo comprendí que esa tensión entre admiración y desconfianza no era solo mía. Forma parte de la manera en que muchos latinoamericanos miramos a Estados Unidos. Gracias al cine y a la TV, en el hemisferio sur crecemos admirando sus grandes ciudades, sus íconos, sus canciones, sus caricaturas, sus marcas; aprendemos inglés antes que cualquier otro idioma extranjero. Sin embargo, esa presencia constante no siempre se traduce en cercanía. A veces, cuanto más lo conocemos, más lejano nos parece. En América Latina se critica la política muchas veces impositiva de los Estados Unidos, los abusos, las presiones sobre otros países.
También percibimos la superioridad implícita que acompaña su presencia. Cuando los estadounidenses dicen “America”, no piensan en un continente, piensan en su país. No saben que, dicho así, borran simbólicamente a millones de personas. Yo también soy americana, pero nacida un poco más abajo. Tal vez por eso Estados Unidos es, para los latinos, una especie de espejo deformante: refleja lo que aspiramos ser, pero también lo que nos da temor de ese país. Hoy por hoy, nada menos que las estúpidas deportaciones masivas de migrantes.
Vuelvo a mi año de intercambio: mis jóvenes padres anfitriones, que eran veinteañeros, David Vetrano y Jeanette Luján, me acogieron con un cariño y una responsabilidad que aún hoy, a mis 59 años, me conmueve. Me enseñaron a pronunciar las palabras con acento estadounidense, me obligaron a aprender a nadar (algo que muchos paceños de mi generación no sabíamos) y sobre todo me mostraron cómo resolver los desacuerdos. Recuerdo una noche cualquiera en que discutían si lavar los platos de inmediato o dejarlos para el día siguiente; se sentaron, hablaron diez minutos con calma y llegaron a un acuerdo. Yo, desde el sillón del living, los miraba como quien descubre algo nuevo: se podía disentir y seguir queriéndose. Esa escena valió más que todo lo que aprendí después sobre relaciones humanas. Ellos fueron mi modelo de matrimonio exitoso y feliz.
La autora (centro) junto a David Vetrano y Jeanette Luján, padres anfitriones de AFS, en el estado de Washington. 1985
En mi estadía en Kennewick descubrí que lo que nosotros en América Latina nos imaginamos como “el imperio” no es tal: existen millones de personas que son tanto o más amables, solidarios y cálidos que los que tenemos en nuestro entorno. Ese año entendí que definitivamente los países no son sus gobiernos.
Mientras todo eso ocurría, otra historia avanzaba en paralelo. Mi hermana mayor, Jenny, analizaba la posibilidad de migrar, y en 1990, con su esposo y tres hijos Oscar, Cinthia y Rodrigo, entonces de 12, 10 y 3 años, decidió partir a Estados Unidos en busca de un futuro que en Bolivia era difícil alcanzar. Cuando se fue, mi madre lloró como si hubiera vuelto a perder a alguien; en las familias latinoamericanas migrar siempre equivale a un pequeño duelo. Hoy Jenny y su familia son ciudadanos estadounidenses. Cada vez que hablo con ella y escucho a sus hijos y nietos hablar inglés como los locales, siento orgullo. Pero también han mantenido el español. Doble orgullo. Yo misma dudo sobre cómo hubiera sido mi vida si me hubiera quedado en Estados Unidos después de mi año de intercambio.
Volví muchas veces a ese país, pero en dos ocasiones por períodos más o menos largos: primero un año en Cambridge, gracias a la beca Nieman de mi esposo, Raúl Peñaranda, en Harvard, donde respiré conocimiento y diversidad cotidiana; luego seis meses en Washington DC, donde retomé una relación laboral valiosa y duradera con mi hoy amigo, el exalcalde de La Paz, Ronald MacLean. Confirmé entonces que Estados Unidos es capaz de producir líderes como Michelle y Barack Obama, pero también un Donald Trump; un país donde los avances tecnológicos son impresionantes, pero a la vez se recortan presupuestos a las universidades y a la investigación; donde la libertad de expresión convive hoy con la polarización más feroz.
Hoy veo a Estados Unidos sin idealizarlo, pero con la misma admiración de mi niñez. Es un país que cambia constantemente, a veces hacia el bien, otras hacia el mal, pero nunca se detiene.
Cuando pienso en cómo los latinoamericanos lo vemos, creo que lo hacemos con una mezcla de amor y odio. Lo admiramos por su creatividad; lo criticamos por su arrogancia y, sin embargo, seguimos mirando hacia el norte para avanzar.
De vez en cuando, recuerdo aquel avión Convair al que no subí en 1975; curiosamente, mi vida se explica en dos aviones: el que no tomé y me salvó la vida, y todos los que sí tomé después y me devolvieron la confianza en vivir. Entre Tomonoco y Orlando –entre el miedo y la ilusión– entendí que es una misma la que construye su destino.
Para mí, Estados Unidos es una mezcla de lo que soñé de niña, lo que aprendí de adolescente y lo que sigo descubriendo de adulta. Me dio experiencias decisivas, amistades profundas y años inolvidables.
En un reciente video, vi a mi sobrino Rodrigo levantando a su pequeña hija de 4 años para que saludara a Mickey en un desfile en Disney World. Emilia agitaba la mano seguramente con la misma ilusión que yo tenía a su edad. Me quedé mirando las imágenes y entendí que Estados Unidos seguirá siendo para generaciones de niños un lugar que promete finales felices.
Este artículo fue publicado originalmente en Revista: The Harvard Review of Latin America en su especial “Miradas desde el Sur”.
Fátima Molina Camacho es comunicadora social. Ganó el Premio Nacional de Periodismo, categoría “Prensa”, con su crónica “Una pesadilla llamada Tomonoco, 50 años después“.