A días del 2 de febrero, Copacabana volverá a llenarse de fe, rituales y visitantes. Su devoción seguirá intacta, como lo estuvo durante siglos. El desafío pendiente es que ese magnetismo espiritual no continúe conviviendo con obras inconclusas, contaminación y promesas postergadas.
Brújula Digital|29|01|26|
Mirna Quezada Siles
A pocos días del 2 de febrero, Copacabana vuelve a ocupar un lugar central en el calendario turístico del país. La festividad de la Virgen de la Candelaria convoca cada año a decenas de miles de peregrinos y visitantes, generando un importante movimiento económico en el municipio. Este flujo masivo, concentrado principalmente en febrero, Semana Santa y agosto, explica el pico histórico alcanzado en 2016, cuando más de 110.000 turistas internacionales visitaron Copacabana, de acuerdo con datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), lo que confirma el alto potencial del destino.
Ubicada a más de 3.800 metros sobre el nivel del mar, Copacabana es el corazón espiritual del lago Titicaca y uno de los destinos más emblemáticos de Bolivia. Su emplazamiento en una península rodeada de aguas consideradas sagradas por las culturas andinas, su historia milenaria y sus tradiciones vivas la convierte en un punto de encuentro entre religiosidad, identidad cultural y paisaje natural.
El trayecto hacia el municipio forma parte de la experiencia turística. El cruce del Estrecho de Tiquina, en la ruta entre La Paz y Copacabana, es considerado por muchos viajeros como uno de los momentos más memorables del viaje, gracias a la vista del lago, las montañas y la vida cotidiana de comunidades ribereñas. Sin embargo, esta postal convive con una realidad menos favorable, marcada por una flota antigua de embarcaciones, con deficiencias en mantenimiento y seguridad, observadas desde hace varios años por turistas y pobladores.
Desde la carretera se avista la imponente Basílica de Nuestra Señora de Copacabana, construida entre 1605 y 1651 con piedra rosada local. Se trata del principal ícono religioso del municipio y uno de los templos coloniales más importantes del país. En su interior se venera a la Virgen de Copacabana, esculpida por el artista indígena Francisco Tito Yupanqui, descendiente de la realeza inca. La imagen, iniciada en 1582 y entronizada el 2 de febrero de 1583, fue tallada en maguey e inspirada en la Virgen de la Candelaria, con el apoyo de maestros artesanos de Potosí y La Paz.
A un costado del templo principal se encuentra la Capilla de Velas, uno de los espacios más íntimos y simbólicos del santuario. Allí, cientos de velas encendidas representan personas, promesas, agradecimientos y peticiones que no siempre se expresan en voz alta, en un ambiente cargado de recogimiento y espiritualidad.
Basílica de Copacabana/Wikicommons
Más allá de la basílica, Copacabana cuenta con otros atractivos turísticos y patrimoniales de gran valor, como ruinas arqueológicas que evidencian su pasado prehispánico y la Iglesia del Señor de la Cruz de Colquepata, que fue remodelada hace un par de años y se consolida como otro referente del patrimonio religioso y cultural.
Otro de los espacios más representativos del municipio es el Cerro Calvario. Desde su cima, la vista panorámica del Lago Titicaca ofrece una de las postales más emblemáticas del destino. En este lugar se mantienen vivas costumbres ancestrales como la ch’alla, las mesas rituales, la bendición de miniaturas y las ofrendas a la Pachamama, prácticas que conviven con el viacrucis católico y refuerzan el carácter sincrético de la fe en Copacabana.
El turismo recreativo se concentra también en su playa, reconocida como la navegable más alta del mundo. Desde sus muelles parten embarcaciones hacia las islas del Sol y de la Luna, donde se encuentran sitios arqueológicos de alto valor histórico, además de visitas a islas flotantes construidas con totora por comunidades locales. Según operadores turísticos, estos circuitos reciben cada vez más visitantes interesados en experiencias culturales auténticas.
El turismo constituye el principal motor económico del municipio. De acuerdo con el INE, Copacabana se encuentra entre los cinco municipios con mayor participación turística del país y recibe entre 84.000 y más de 100.000 visitantes al año. La oferta incluye alojamientos, restaurantes, transporte lacustre y comercio informal, que se intensifican durante la temporada alta.
Sin embargo, bloqueos de carreteras como los registrados en enero de 2026 aíslan al municipio durante varios días, dejando a cientos de turistas varados y provocando pérdidas económicas significativas. En esa oportunidad, la Armada Boliviana evacuó a más de 500 personas vía Lago Titicaca y Tiquina hacia La Paz, una operación valorada por su rapidez y eficacia.
Una encuesta realizada a turistas y pobladores, ambos coinciden en describir a Copacabana como “un lugar mágico”, destacando su energía espiritual, sus paisajes y sus tradiciones. No obstante, también señalan la urgente necesidad de mejorar calles, enlosetados, señalización turística y la recuperación de plazas y espacios públicos que presentan un evidente deterioro, especialmente durante la temporada de lluvias. A estas demandas se suma la necesidad de instalar más contenedores de basura y colocar letreros educativos para que el turista interno y externo aprenda a cuidar los lugares, preservar el patrimonio y respetar el entorno natural.
También se añaden desafíos ambientales de creciente preocupación. Informes de las autoridades de medioambiente, la Autoridad Binacional Autónoma del Lago Titicaca y estudios de la UMSA advierten sobre descargas de aguas residuales sin tratamiento adecuado, deficiencias en la gestión de residuos sólidos y contaminación orgánica y bacteriológica en zonas cercanas a Copacabana. Estas entidades identifican al municipio como uno de los puntos críticos del lago, debido a que el crecimiento urbano y turístico no ha sido acompañado por la infraestructura sanitaria necesaria.
Otro símbolo del desarrollo postergado es el aeropuerto de Copacabana, convertido en un elefante blanco. La infraestructura demandó una inversión superior a los 30 millones de bolivianos, según reportes oficiales, pero no opera vuelos comerciales regulares. La Dirección General de Aeronáutica Civil confirmó que la terminal no cuenta con certificación operativa plena, por lo que el acceso al municipio continúa dependiendo exclusivamente del transporte terrestre y lacustre.
A días del 2 de febrero, Copacabana volverá a llenarse de fe, rituales y visitantes. Su devoción seguirá intacta, como lo estuvo durante siglos. El desafío pendiente es que ese magnetismo espiritual no continúe conviviendo con obras inconclusas, contaminación y promesas postergadas y que el turismo se traduzca finalmente en desarrollo sostenible y en un cuidado real del Lago Titicaca.
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