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Sociedad | 11/01/2026   03:50

|CRÓNICA|Y regresé|Salvador Romero Ballivián|

"Y regresé. Casi había olvidado que la biblioteca no es silenciosa. Una imagen sin sonido, incompleta. Las agujas de los relojes decimonónicos que compró mi padre todavía recorren los minutos sobre esferas blancas y anuncian la hora con campanadas".

Salvador Romero
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Brújula Digital|11|01|26|

Salvador Romero B.

Y regresé cuando en el jardín de la casa los ciruelos verdes, duros y pequeños se convierten, en el umbral del verano, en el fruto guindo oscuro, suave y jugoso, pero que aún no tuerce las ramas ni se desparrama sobre el pasto, desprendido por el peso de la madurez, bajo la mirada ávida de los pájaros. Relumbra el sol en el cielo paceño, azul y sin fisuras, aunque, sin preaviso, nubes densas llegan, descargan gotas gruesas, y sus restos los batirá el viento. Con la lluvia, los pinos y la tierra exhalan su fragancia fresca y quedan, a veces, celajes anaranjados.

Y regresé. Casi había olvidado que la biblioteca no es silenciosa. Una imagen sin sonido, incompleta. Las agujas de los relojes decimonónicos que compró mi padre todavía recorren los minutos sobre esferas blancas y anuncian la hora con campanadas. Sus retrasos juguetean con el tiempo, a su ritmo, indiferentes a la puntualidad inalterable del mundo digital. Igual que los libros. Han permanecido imperturbables e inmóviles, resguardados por la mano firme de mi madre. Sobre la alfombra, al lado del escritorio de madera, los vuelvo a mirar, absorto. Sus historias, sus reflexiones, sus pasiones, sus conocimientos de siglos continúan allí, lúcidos y penetrantes unos, burdamente errados, otros. Lado a lado.

Y regresé. La ciudad de las montañas sigue siendo la de los cerros ocres, de tierra que ya es casi polvo, o ferrosos, rojizos y macizos. Aquí, allá, en las faldas de vegetación agreste y aferrada de los más próximos, casas y edificios recientes se amontonan y se aferran a su modo, con sus raíces de cemento, en un equilibrio precario. Más lejos, se yerguen las nuevas murallas, las montañas intocadas e impertérritas. La Paz cambia, continúa cambiando. Ninguna ciudad espera un retorno para sus metamorfosis. Vieja ciudad con recuerdos, ciudad nueva por descubrir.

Y regresé. En alguno de los tiempos paralelos que habitamos, para el del retorno, no marqué en el calendario ninguna fecha ni día ni mes ni año. Un tiempo fuera del tiempo. Ignoro si una esperanza es una certeza, pero supe que volvería. Solo tocaba que caigan las hojas de los calendarios ordinarios, una a una, sin mirarlas, sin pensarlas, porque en el retorno vedado, un solo día ya es demasiado. Aun así, hay cuentas que el alma no debe llevar, tampoco cobrar. Llegaría esa mañana o esa tarde, la intuición convencida de que pisaría otra vez el empedrado frente la pared baja, sobrepasada por los tupidos pinos, y a la puerta, cuyo número fijó alguien arbitrariamente, pero siempre definió algo de la personalidad de la casa. 777. Para aquel día hipotético, no establecí plan alguno. Pero tenía siempre cerca, en un estuche de cuero envejecido, la llave de la casa.

Y regresé. Solo en ese momento, vino a la memoria el atardecer de la partida: la sucesión de trámites, igual que un té en familia en la terraza de la casa; la ida al aeropuerto, caótica por las calles cortadas que obligaron a improvisar rutas y hasta a comprar otro pasaje, pero de ánimo tranquilo. Deseaba creer que aquel viaje no sería distinto de tantos precedentes, con plazos que yo escogía y definía. Supongo que así fue mejor. De esa tarde a la de hoy, afuera, se abrieron puertas con generosidad, profesionales unas, personales otras, acogiéndome con más que hospitalidad, con cariño. Las grabé en la roca de la gratitud.

Y regresé. Porque hubo brazos abiertos que aguardaron, mensajes que solo puedo y debo responder de viva voz, frente a frente, aventuras por narrar e historias por escuchar cerca de la chimenea, encuentros por celebrar, y para celebrar, en un café donde ayer se intercambiaron confidencias o alrededor de unas salteñas que evocan y condensan los sabores que nunca desaparecieron, recuerdos que reflotarán en el diálogo o en la risa; esperanzas, justificadas o ilusas, que se construirán con manos amigas, aunque en ese entrelazamiento sentiré la ausencia de las que faltan. También por la expectativa de cuando esta tierra y yo, al final, nos miremos, como viejos conocidos y nos escrutemos las emociones, curiosos de cuál se rinde primero y abre sus cartas, en los silencios, cuando la ciudad sea una colección de minúsculas luces y el viento, más viento que nunca. Y regresé, hoy simplemente regresé.

Salvador Romero fue presidente del Tribunal Supremo Electoral.





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