Una ironía imposible de pasar por alto: quienes evitaron rendir cuentas durante años hoy están obligados a hacerlo, y bajo las reglas de una mujer a la que no pudieron doblegar. Esa es la diferencia entre resistir y transformar.
Brújula Digital|26|03|26|
Yelka Maric
Hay problemas que hacen ruido y otros que operan en silencio. La violencia política contra las mujeres es ambos: estalla cuando conviene, pero se ejerce todos los días. Y, lo más grave, es que todavía hay quienes creen que es parte del juego.
Hablar de resiliencia femenina en política no es teoría, es experiencia, es sostenerse (y no ceder) en espacios donde se espera que una mujer obedezca, acompañe o mire a un lado.
En Bolivia, más de 700 mujeres autoridades electas han sido víctimas de acoso y violencia política. No es casualidad; es un sistema que incomoda a las mujeres que no se alinean.
Y hay que decirlo con claridad: ese sistema tiene rostro. Tiene prácticas, tiene formas muy concretas de operar.
Pero hay algo que también es cierto, y pocas veces se dice: no todas partimos del mismo lugar. Yo soy una mujer privilegiada, he tenido acceso a educación, a espacios de decisión, a redes, a medios de comunicación y a una defensa legal. Y, precisamente por eso, entiendo la responsabilidad de no ceder. Porque si una mujer con herramientas se calla, el mensaje para las demás sería devastador.
Mi historia en política comenzó en el Gobierno Autónomo Municipal de La Paz, y muy pronto entendí cuál era la expectativa: que sea funcional, que no incomode, que firme cuando corresponde… y también cuando no corresponde.
Que no fiscalice
El alcalde Iván Arias y su secretario ejecutivo, José Carlos Campero, esperaban exactamente eso: una concejal complaciente. Llegaron incluso a instruirme la aprobación de una propuesta de regularización de edificaciones fuera de norma, con multas irrisorias y, de ser posible, “calladita”.
La respuesta fue otra: denuncié públicamente la intención, recorrí medios de comunicación y logré bloquear su tratamiento en el Concejo.
Lo mismo ocurrió con los créditos por Bs 120 millones; pretendían su aprobación en un contexto de opacidad total en el manejo de recursos públicos. Tampoco pasó.
Guardaré hasta mi lecho de muerte el recuerdo de presiones, como la promovida por Pierre Chain, Oscar Sogliano y Rafael “Tata” Quispe, quienes impulsaron una denuncia en mi contra ante la Comisión de Ética por negarme a firmar (con la rapidez que ellos hubieran querido) la ordenanza vinculada a intereses de las “Loritas”.
El resultado fue el contrario al que buscaban; la ordenanza fue abrogada con el respaldo de la sociedad civil y, además, quedaron en evidencia.
He visto cómo se normaliza la falta de transparencia, cómo se responde con silencio a los instrumentos de fiscalización y cómo se intenta vaciar de contenido una función esencial en democracia.
Y frente a todo eso tomé una decisión simple: no ceder.
Porque la resiliencia no es aguantar abusos; es poner límites, es sostener la institucionalidad cuando otros la usan a conveniencia; es ejercer la función pública con rigor cuando otros esperan complacencia.
Me quisieron frágil; respondí con firmeza.
Me quisieron obediente; elegí ser libre.
Me quisieron sola, construí red.
Y cuando no pudieron doblegarme, el alcalde y su secretario ejecutivo activaron el manual completo: desinformación, presión, aislamiento institucional y bloqueo sistemático de la información; pero tampoco les funcionó.
Porque cuando una mujer trabaja con rigor técnico, con documentación y con evidencia no depende de narrativas; se sostiene en hechos, y los hechos, tarde o temprano, se imponen.
Frente al oscurantismo de esta gestión impulsé la Ley municipal 587 de transición ordenada, responsable y transparente, una ley que hoy Iván Arias tendrá que cumplir en su integridad para entregar la gestión. Una ley que elimina la discrecionalidad, obliga a transparentar la información y establece responsabilidades claras.
Una ironía imposible de pasar por alto: quienes evitaron rendir cuentas durante años hoy están obligados a hacerlo, y bajo las reglas de una mujer a la que no pudieron doblegar. Esa es la diferencia entre resistir y transformar.
Porque de eso se trata al final, no de resistir por resistir, sino de dejar condiciones distintas a las que encontramos.
No se trata solo de ocupar espacios; se trata de transformarlos.
Y si algo he aprendido en este proceso es que cuando una mujer decide no moverse de su centro, el sistema entero tiene que reacomodarse.
Esto no es personal, nunca lo fue; es institucional, es estructural, y es, sobre todo, un mensaje para las que vienen: no están obligadas a adaptarse, no están obligadas a callar. No están obligadas a ser funcionales a nadie.
La política necesita mujeres, pero no mujeres que encajen, mujeres que no negocien su conciencia, porque, al final, la resiliencia no es sobrevivir dentro del sistema; es obligar al sistema a cambiar.
Yelka F. Maric Palenque es concejala municipal de La Paz.