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Política | 26/03/2026   07:15

|OPINIÓN|Tres sobres, sendos mensajes|Mauricio Antezana|

El primer sobre –culpar al antecesor– ofrece rendimientos narrativos rápidos, pero las estrategias discursivas también tienen fecha de vencimiento.

El Palacio de Gobierno de Bolivia. Foto ABI. Archivo.
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Brújula Digital|25|02|26|

"Yo deseo más que otro alguno ver formar en América la más grande nación del mundo, menos por su extensión y riquezas que por su libertad y gloria. Pero al pensar en su porvenir, me asaltan más dudas que certezas. Acerca del porvenir de América no me atrevo a ofrecer más que conjeturas (…) no somos europeos, no somos indios, sino una especie media entre los aborígenes y los españoles".

Estas palabras pertenecen a la Carta de Jamaica, la célebre respuesta que Simón Bolívar escribió en 1815, en Kingston, a Henry Cullen, un comerciante británico interesado en la situación política de las colonias españolas. Desterrado y derrotado militarmente, Bolívar no pronunciaba un discurso ni redactaba un tratado. Escribía una carta. Y de tal factura que bien podría considerarse un ensayo.

Durante siglos, muchas de las ideas más influyentes de la historia surgieron en correspondencias. Las cartas eran un espacio posible de libertad: allí el pensamiento dibujaba hipótesis, ensayaba intuiciones, discutía estrategias o compartía dudas y, en dimensiones más íntimas, expresaba cuitas amorosas. En la epístola convivían la intimidad personal y los debates más intensos. Muchas cartas que comenzaron como conversación privada terminaron siendo documentos históricos.

Tres ejemplos ilustrativos: en 1932, Albert Einstein escribió a Sigmund Freud preguntándole si existía alguna manera de liberar a la humanidad de la guerra. Freud respondió con algo menos que optimismo: "El ser humano no es una criatura apacible que sólo se defiende cuando se le ataca. Entre sus disposiciones instintivas debe contarse también una buena cuota de agresividad." ¿Supuesto confirmado?

Décadas antes, el joven Karl Marx le había escrito a Arnold Ruge: "Arrancar las flores imaginarias de las cadenas no significa que el hombre deba llevar las cadenas sin fantasía ni consuelo, sino que debe sacudir las cadenas y recoger la flor viva." ¿Delicada como potente visión del mundo, con cierto aliento machista? Y Jean-Paul Sartre le escribía a Simone de Beauvoir: "Mi pequeña Castor, te quiero con toda mi ternura." ¿Condescendencia posesiva del gran existencialista?

Quienes crecimos en otra época recordamos ese pequeño ritual: la hoja extendida sobre el escritorio, la tinta avanzando mientras la mente ordenaba recuerdos, argumentos, afectos. Luego doblar la carta, introducirla en el sobre, pasar la lengua por el borde engomado –ese sabor inconfundible– y depositarla en el buzón: confiar parte de nosotros al misterio del trayecto. La carta desaparecía y comenzaba su propio viaje, con destino cierto pero también incierto, especialmente bajo regímenes dictatoriales.

Hoy el mundo se comunica de otro modo. La tecnología ha impuesto una economía del lenguaje: los mensajes se acortan, las explicaciones se comprimen, y muchas conversaciones que antes habrían ocupado varias páginas se reducen a un correo o a un intercambio de emojis.

Si las cartas fueron durante siglos un espacio para pensar el mundo, también lo fueron –en versiones más breves– para transmitir pequeñas estrategias del poder.

En ese paisaje de brevedades circula, con notable persistencia, un viejo relato que se suele contar en ambientes políticos de muchos países: la historia de los tres sobres, con sendos y acotadísimos mensajes. 

La escuché por primera vez cuando epilogaba un gobierno, en una conversación informal entre funcionarios que comentaban –con ese humor cínico que florece en los pasillos del poder– las dificultades de cualquier gestión pública. Algunos atribuyen la anécdota al mundo soviético, otros a la Glasnost, otros a la tradición británica de Whitehall.

La historia es simple. Un dirigente que deja su cargo entrega a su sucesor tres sobres con una instrucción precisa: abrirlos solo ante crisis severas. El primero dice: "Culpa a tu antecesor". El segundo: "Anuncia una gran reorganización (nuevo gabinete)". El tercero: "Prepara tres sobres".

El relato describe, con bastante precisión, algunos reflejos universales del ejercicio del poder. Por eso resulta difícil no pensar en él cuando se observa el debate público boliviano de los últimos meses.

Con frecuencia, la conversación política parece apoyarse en una fórmula conocida: explicar los problemas actuales remitiendo, una y otra vez, al pasado inmediato. Una cosa es reconocer esa continuidad histórica y otra convertirla en una estrategia permanente o prolongada de comunicación política.

El primer sobre –culpar al antecesor– ofrece rendimientos narrativos rápidos, pero las estrategias discursivas también tienen fecha de vencimiento. 

Pongamos un ejemplo reciente: la renuncia de la exviceministra de Autonomías, Andrea Barrientos, provocada por sus declaraciones públicas en torno de una promesa electoral del actual gobierno. Algunos anuncios políticos funcionan como globos de prueba: se lanzan para medir la reacción del entorno antes de decidir el siguiente movimiento.

La palabra pública de la exautoridad desató una tormenta regional cuya intensidad probablemente superó lo previsto. Barrientos terminó pagando el costo de ese experimento político. ¿Se abrió el segundo sobre antes de tiempo? Si fuera así, la escena dejaría la impresión de un movimiento prematuro en el tablero. Confiemos en que no: el país no necesita ni menos pide que se ponga en práctica el consejo del segundo sobre.

Empero, las conjeturas sobrevienen porque la vida pública continúa ofreciendo episodios que no ayudan a despejar las dudas colectivas. Hace poco, billetes que parecían "volar" tras el accidente de un avión que transportaba dinero en efectivo y, en seguida, multitud de versiones oficiales que se corrigieron unas a otras. Meses atrás, veintidós maletas sospechosas cuyo paradero sigue rodeado de interrogantes. Estos episodios ponen a prueba el mensaje del primer sobre: ¿cree aún la población que también esos eventos son culpa del anterior régimen?

Cada uno de ellos –el globo que cae, los billetes que vuelan, las maletas que desaparecen– es, a su manera, un acto fallido. Y en comunicación política, los actos fallidos comunican tanto como los discursos preparados. A veces más. El público percibe la diferencia entre el mensaje construido con deliberación y el que se escapa por las grietas de la improvisación. Cuando la comunicación política se improvisa, amplifica las dudas y deja al gobierno con menos margen para gestionar las decisiones que aún no llegan.

Dos ejemplos recientes rozan lo patético. Tras un aparente acercamiento diplomático con Chile, el nuevo Presidente vecino ordenó el "blindaje" de su frontera; la respuesta de la Cancillería boliviana intentando minimizar el hecho solo multiplicó el efecto. Luego, está la contundente autoatribución gubernamental de la supuesta independencia y exclusividad con que se detuvo al prófugo Marset, sin participación de agente externo alguno. 

Volvamos a los sobres. Son una metáfora del cinismo administrativo, pero también de la comunicación política: cada decisión –o indecisión– es un sobre que se abre ante la opinión pública con un mensaje que no siempre coincide con el que las mayorías quieren escuchar. La correspondencia que la ciudadanía espera recibir no es tanto explicación, que complica, sino decisiones. No tres sobres con recetas para la crisis, sino una gestión que haga innecesario abrirlos.

Los gobiernos disponen de un instrumento más directo que los sobres y que los tiktoks de hoy: las decisiones. Antes y después de todo, sobres, cartas y tiktoks solo contienen instrucciones, eficaces o no, para apoyar la gestión. La historia, al final del día, suele escribirse con decisiones.

Mauricio Antezana Villegas es asesor principal de comunicación del rectorado y jefe de carrera de comunicación de la UPB.



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