Un Presidente que gobernó con los pies en la realidad y la brújula moral apuntando al norte. En tiempos de líderes que moldean sus principios según las encuestas, esa terquedad ética tiene nombre: integridad.
Brújula Digital|20|03|26|
Horacio Calvo
Cuando Gabriel Boric llegó a La Moneda, en marzo de 2022, la izquierda latinoamericana lo celebró como símbolo de una nueva generación: joven, universitario, forjado en las calles del estallido social de 2019. Cuatro años después, al cerrar su mandato constitucional, ese mismo sector observa su legado con una mezcla de respeto incómodo y decepción selectiva. La razón es sencilla, aunque políticamente espinosa: Boric resultó ser lo que dijo que sería, y eso, para muchos de los suyos, fue demasiado.
El balance de su gobierno no puede leerse en clave única. Chile no logró la nueva Constitución que prometía refundar el pacto o contrato social; la economía mostró señales de debilitamiento en sus primeros años; su coalición, el Frente Amplio y el Partido Comunista, padeció las tensiones propias de gobernar desde la diversidad ideológica.
Pero sería una injusticia (y una deshonestidad intelectual) reducir su mandato a los fracasos. Porque hubo algo que Boric sí hizo con una constancia que desafió la comodidad política: defender los derechos humanos como principio universal, no como una conveniencia partidaria.
Durante décadas, una parte de la izquierda latinoamericana desarrolló un reflejo vicioso: condenar las violaciones de derechos humanos bajo regímenes de derecha o bajo gobiernos alineados con Washington, pero guardar silencio (o peor, aplaudir) cuando las mismas prácticas emergían en Cuba, Venezuela o Nicaragua. Este doble estándar no era solo moralmente insostenible; era políticamente suicida, pues entregaba a la derecha el monopolio discursivo de la libertad.
Boric rompió ese molde y lo pagó caro dentro de su propio campo. En 2021, siendo candidato, ya había firmado la declaración que denunciaba al régimen de Maduro en Venezuela como una dictadura. Una vez en el poder, no retrocedió. Cuando Daniel Ortega disolvió partidos opositores en Nicaragua, Boric habló. Cuando el régimen cubano encarceló manifestantes opositores, Boric habló. Cuando la represión se agravó en Venezuela, Boric habló. No en voz baja, no entre líneas; sino con el nombre y apellido de los responsables.
Las reacciones no se hicieron esperar. El gobierno venezolano lo tildó de “ lacayo del imperialismo”. Sectores de su propia coalición lo acusaron de hacerle el juego a la derecha. Algunos aliados internacionales enfriaron el vínculo con el gobierno de Chile. Boric encajó los golpes y no varió una coma su posición. Esto, en el contexto de la política latinoamericana, es una rareza que merece reconocimiento explícito.
Democracia como convicción, no como táctica
Lo que distinguió a Boric no fue solo lo que dijo, sino desde dónde lo dijo. No habló de democracia y derechos humanos como un conservador que usa esos conceptos para atacar a la izquierda; lo hizo como alguien que proviene de la izquierda y que precisamente, por eso, exige coherencia a los suyos.
Su argumento implícito era poderoso: si creemos en la dignidad humana, esa creencia no puede tener fronteras ideológicas. Un preso político en Miami no vale más que un preso político en La Habana; una elección fraudulenta en Tegucigalpa no es más escandalosa que una en Caracas.
Esta coherencia se tradujo también en política doméstica. El manejo del orden público en el sur de Chile, la región de La Araucanía generó críticas desde ambos flancos: la derecha lo acusó de débil, la izquierda radical de represor.
Lo que Boric intentó, con éxito parcial y tropiezos reales, fue una respuesta que no sacrificara ni la seguridad de los ciudadanos ni los derechos de las comunidades mapuche. El resultado era imperfecto, pero el intento era el correcto.
En materia institucional, su respeto por los contrapesos democráticos fue notable. Cuando el plebiscito de 2022 rechazó la primera propuesta constitucional, Boric aceptó el resultado sin ambigüedades. Cuando la segunda propuesta también fue rechazada, en 2023, hizo lo mismo.
Para un mandatario con una agenda así de transformadora, rendirse ante las urnas dos veces seguidas no es un signo de debilidad; es una demostración de que la democracia no es solo un instrumento para llegar al poder, sino la condición de legitimidad del ejercicio de ese poder.
Las deudas y las sombras
Sería deshonesto concluir este balance sin señalar los límites y las deudas del gobierno de Boric. La reforma de pensiones, una de las promesas centrales de su campaña, avanzó a trompicones y quedó lejos de la ambición original. La reforma tributaria fue mucho más modesta de lo proyectado.
La crisis de seguridad, agravada por la inmigración irregular y las mafias que la sustentan, encontró a su gobierno sin respuestas articuladas durante demasiado tiempo. Y el intento de reformar el sistema de salud se topó con la misma muralla política que ha detenido transformaciones similares en las últimas décadas.
También hubo momentos de gestión comunicacional torpe y de inconsistencias en el discurso que debilitaron la credibilidad presidencial. La imagen de Boric, oscilando entre la retórica transformadora y la necesidad de gobernar en un país dividido, fue una fuente permanente de tensión. Y el desgaste de una coalición amplia, con actores de distinta sensibilidad ideológica, quedó expuesto en más de una ocasión.
Sin embargo, incluso quien evalúa críticamente esas falencias debe hacerse una pregunta: ¿cuántos gobiernos progresistas de la región pueden exhibir una trayectoria comparable en materia de respeto a la institucionalidad y de condena sin doble rasero a los autoritarismos de izquierda? La respuesta, lamentablemente, es escasa.
La historia juzga a los presidentes a largo plazo, con criterios que a menudo difieren de los del ciclo noticioso corto. Y es probable que, con el tiempo, el mandato de Boric sea recordado menos por lo que no logró y más por lo que se atrevió a decir.
En un continente donde el populismo autoritario, tanto de izquierdas como de derechas, sigue siendo una amenaza real, un gobierno que gobernó dentro de los cauces institucionales y que no subordinó su ética política a la conveniencia ideológica no es un dato menor; es un modelo a seguir y replicar.
La izquierda latinoamericana tiene una tarea pendiente que Boric señaló con su ejemplo: construir una cultura política en la que los derechos humanos sean un principio y no una herramienta. En la que la democracia no sea solo el camino de acceso al poder sino la garantía permanente de su ejercicio legítimo. Y en la que un líder progresista pueda mirar a Caracas, a Managua o a La Habana y decir “eso está mal” sin que nadie, en ningún rincón del espectro político pueda acusarlo de traición ideológica.
Boric no fue el Presidente que Chile soñó en el estallido de 2019, pero fue, quizás, algo más valioso y difícil: un Presidente que gobernó con los pies en la realidad y la brújula moral apuntando al norte. En tiempos de líderes que moldean sus principios según las encuestas, esa terquedad ética tiene nombre: integridad.