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Política | 20/03/2026   07:41

|OPINIÓN| Cuando el eje anticorrupción se convirtió en forma de gobierno|Jamil Mahuad|

Ronald MacLean (izq.) y Jamil Mahuad/Brújula Digital
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Brújula Digital|20|03|26|

“¿Conoces a Ronnie MacLean?”, me preguntaban profesores y alumnos sonrientes cuando llegué desde Ecuador a la Escuela de Gobierno Kennedy de Harvard como candidato a la maestría en Administración Pública, en junio de 1988.

Ronnie –como advertí que lo llamaban todos con afabilidad y respeto– ya no estaba en Harvard, pero había dejado un legado importante como investigador y docente. Cuatro ejecutorias suyas como alcalde de La Paz se convirtieron en sendos casos de estudio en Harvard sobre adecuadas y efectivas políticas públicas en la lucha contra la corrupción: Corrupción en La Paz, escrito por Esther Scott, Barrenderas municipales y Concesión de mercados municipales: Persuasión a través de las diferencias, escritos por el afamado profesor Gary Orren, y Combatiendo la corrupción en la Guardia Municipal de La Paz, donde se incorporan conceptos esenciales de su trabajo con el experto Robert Klitgaard, en especial su conocida fórmula: “C=M+D-R”, siendo C (corrupción) igual a M (poder monopólico) más D (discrecionalidad en las decisiones) menos R (rendición de cuentas, accountability).  

Un gran aporte a la generación de políticas anticorrupción consistió en identificar que un sistema corrupto tienta a la gente honesta. Por lo tanto, la solución está en rediseñar el sistema para volverlo transparente y no en hacer cruzadas de prédica éticas. Si se cambia el sistema corrupto, el comportamiento de la gente se ajustará a la transparencia del nuevo.

Años después lo conocí personalmente en mi oficina de alcalde en Quito. Durante el recorrido que hicimos por la ciudad, me impactaron varias cosas simultáneamente: exudaban cordialidad y simpatía sus modales de lord inglés y su elegante forma de vestir. Admiré su capacidad de empatizar con la vida diaria de la gente y su manera de pensar: visión de largo plazo, comprensión estructural de los problemas urbanos, enfoque inmediato en soluciones prácticas, comparaciones precisas y efectivas de la vida en las dos ciudades capitales más altas de América: La Paz, a 3.800 m, y Quito, a 2.800 m.

Nació entonces una de esas amistades especiales que genera la conexión inmediata en valores, principios y propósitos de vida; por la aparición de las sincronicidades, de las “coincidencias significativas”, en palabras de Carl Jung, que surgen cuando detectamos en nuestras vidas hechos que estamos seguros de que están conectados, pero que no podemos explicarnos por una relación de causa y efecto.

La generosidad de la vida nos ha ofrecido múltiples ocasiones para encontrarnos y conversar: Cambridge/Boston, Washington DC, Miami y otras fueron los sitios más frecuentes.

Por eso me sentí honrado y alegre cuando Ronnie me pidió prologar este libro. Después de muchos años de compartir experiencias y recordar episodios de nuestras vidas personales y políticas, aquí y allá y a salto de mata, he tenido el privilegio de recibir, organizadas, articuladas y ordenadas y transmitidas en un lenguaje sencillo y directo, las ideas, los proyectos y los resultados de una de las experiencias alcaldicias más significativas de América Latina. Fiel a su misión de pensar primero en los demás, el libro ofrece el beneficio de lo claro, lo útil y lo ameno para el lector, antes que la vanidad del escritor que busca su lucimiento personal, tan común en nuestros días.

“Yo soy yo y mis circunstancias”, inmortalizó Ortega y Gasset. Precisamente así empieza Ronnie su libro: presenta de modo sucinto, preciso y desgarrador las circunstancias de Bolivia en 1985, cuando, a sus 36 años, asume por primera vez (¡lo reelegirían tres veces más!) la alcaldía de la capital boliviana: 24.000 % de inflación, meses de sueldos impagos a empleados y trabajadores públicos, huelgas generalizadas y extendidas en el tiempo y en el espacio. Un dato captura y comunica lo infernal de esta crisis: “En 1983 los billetes bolivianos, que se imprimían en el extranjero, eran ya el principal producto de importación”. En 1987, Bolivia decidió emitir una nueva unidad monetaria: el boliviano. Para hacerlo efectivo, tuvo que quitarle seis ceros a la moneda vigente.

La municipalidad de La Paz reflejaba como un espejo la crítica situación nacional y le añadía características propias que parecían extraídas de las parrafadas de horror interminables de El otoño del patriarca: las remuneraciones de los servidores públicos equivalían al 120 % de la recaudación municipal y, en consecuencia, se pagaban con enormes retrasos; el número de servidores era tan excesivo –incrementado en 2.000 personas en los últimos meses de la administración saliente, con el fracasado propósito de ganar las elecciones– que hacían turnos para ocupar los escritorios y, hasta que les tocara el suyo, atendían de pie en los corredores, incómodo pero lucrativo escenario para el florecimiento de todo tipo de tramitadores.

La moral pública se ubicaba tan abajo como el poder adquisitivo de los sueldos: “funcionarios que posiblemente ganaban 200, 300 o 500 dólares al mes antes de la crisis pasaron a tener un ingreso de apenas entre ocho y diez dólares”. ¿Qué podía comprarse con ese valor al mes? El sueldo mensual del alcalde MacLean equivalía a 45 dólares.

El edificio de la alcaldía no tenía luz, no funcionaban los teléfonos, no había papel membretado para escribir. Si estas cosas básicas no existían, menos iba a haber información financiera o balances de situación.

La corrupción campeaba: “Un edificio de 20 pisos podía valer, al cambio, solo 5.000 dólares, y el impuesto se pagaba todavía sobre una fracción de esa cifra”.

Ronnie identificó y ejerció correctamente su función de primer mandatario municipal: estableció prioridades tanto en áreas de intervención –obras públicas, permisos y licencias, recaudaciones, adquisiciones y relaciones humanas– como en grandes proyectos: infraestructura vial, sistemas de grandes puentes, transporte público, busducto (ya en 1987 vislumbró el teleférico La Paz-El Alto, lo fijó en el imaginario como medio urbano y probó su factibilidad), cuencas acuíferas, represas, servicios de agua potable y alcantarillado, saneamiento básico y desechos sólidos, así como pequeñas pero vitales obras en barrios que, con poca inversión y en corto tiempo, cambian la calidad de vida de los más necesitados.

Su función alcaldicia dejó impresos sus valores, como el fecundo diálogo social y político y la solicitud de ayuda nacional e internacional a las fuentes más calificadas del mundo (Harvard y MIT, a nivel educativo; Banco Mundial, a nivel institucional y financiero; exitosas experiencias municipales de otras ciudades latinoamericanas, como la de Jaime Lerner en Curitiba, Brasil). Su estilo ejecutivo, directo y enfocado en resultados arrancaba reuniendo talento para luego establecer un método, planificar la obra, ejecutarla con rapidez y pulcritud y entregarla a los beneficiarios.

El fenomenal cambio que produjo en el área de obras públicas ejemplifica la administración MacLean. La corrupción campeaba en la adquisición de maquinaria y equipos: se compraba ya chatarra, ya equipos viejos repintados para que aparecieran como nuevos, ya equipos nuevos con enormes sobreprecios. Había negociados en las compras de gasolina y aceite para los vehículos municipales, que luego eran vendidos por debajo de su precio a terceros; todo un sistema establecido permitía el robo de repuestos de vehículos, de piezas de tractor y la canibalización de la maquinaria. Se llegó al extremo de alquilar la maquinaria municipal a constructores privados y quedarse con el dinero del pago, o de usarla para desarrollar urbanizaciones privadas en lugares alejados y así pasar desapercibidos y volver casi imposible la fiscalización.

Resolvió todos esos problemas con un sistema de terciarización de servicios que aquí explica al detalle y cuyos resultados espectaculares arrancan desde la brillante, audaz y creativa concepción hasta la ejecución sin faltas.

El libro nos deja una serie de lecciones útiles para la reflexión sobre el sector público en general y, más que un marco, un manual para futuros alcaldes: nos explica cómo logró sortear lo que denomina “las dos trampas”: la del papeleo y la de la gente.

Mi ejercicio de seis años como alcalde de Quito constituyó la experiencia más satisfactoria de mi carrera de servidor público. La lectura de estas páginas trajo a mi memoria el análisis que ofrecí a los ciudadanos cuando fui candidato a esa función. Les decía: cuando tú te levantas por la mañana, el agua con la que te aseas, la electricidad con la que cocinas o estudias, las aceras por donde transitas, las vías de transporte público y privado, la inexistencia de basura en las calles, los parques y jardines donde juegas con tus hijos, muchos centros de educación, de salud y de cultura dependen de la alcaldía. La alcaldía probablemente influye más en la calidad de la vida diaria de los ciudadanos que muchas decisiones de la presidencia de la República.

Mi enorme cariño por Ronnie como persona y mi sincera admiración por MacLean como alcalde se acrecientan aún más cuando constato que el amor por su ciudad y su país, junto a su sentido del deber cívico, lo han llevado a producir este magnífico libro, sobreponiéndose con fortaleza de ánimo, integridad y entrega a ciertas restricciones de salud que ha experimentado últimamente. Aplicándose su propia medicina, Ronald MacLean ha sabido actuar con talento para luego establecer un método, planificar la obra, ejecutarla con rapidez y pulcritud y entregarla a los beneficiarios: nosotros, sus lectores.

Que las alcaldías de Ronald MacLean constituyen ejemplos de buenas prácticas en América Latina lo demuestra este libro, y así tengo el honor de realzarlo en este prólogo.

Prólogo del libro “La Paz: Gobernar para servir. La audacia liberal que logró transformar mi ciudad (1985-1996)” de Ronald MacLean, que fue presentado el miércoles pasado.

Jamil Mahuad fue presidente del Ecuador (1998-2000) y alcalde de Quito 1992-1998, entre otros.





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