Yo podría escribir que apodar de Napoleón a un político carente de racionalidad y estrategia es una insensatez, pero no lo escribiré. También podría escribir que este personaje en su incapacidad política no puede cuidar ni el más mínimo bastión para sus propios fines, a diferencia de Napoleón.
Brújula Digital|10|03|26
Esteban Eduardo Burgoa
En el último tiempo, en nuestro país, se presento la costumbre de equiparar a cierto personaje con uno de los hombres más preparados e inteligente que vio el mundo en el siglo XIX, Napoleón Bonaparte, lo cual, considero, es un craso error debido a la equivocada idea que tiene el pensamiento popular del “Pequeño Cabo”.
Napoleón Bonaparte sucedió como un azote en los oídos del mundo entero, desde sus orígenes medianamente humildes, para salir de Córcega a convertirse en el ser mas influyente de su época, con seguridad el mundo hubiera tenido un desarrollo muy diferente de haber contado con su ausencia en los apéndices de la historia.
Defendió la República francesa de todos sus vecinos, los cuales veían en ella el inicio de la caída de las monarquías en el continente, ascendiendo con velocidad en lo cargos del ejército, sucediendo victoria tras victoria y venciendo rival tras rival hasta convertirse en el favorito de su pueblo para luego ser coronado como Emperador.
Caracterizado por contar con una memoria privilegiada y utilizando sus horas de ocio en el estudio profundo de la política, el derecho, la economía y el ejercicio militar, remodelo el sistema a su imagen y semejanza, ejecutando sus proyectos con sangre fría, llegando a ser temido, si no es que también respetado, por sus rivales y enemigos.
A diferencia, nuestro “excapitán”, consecuencia de una clase política decadente, el cual es incapaz de contener el más mínimo arrebato de su carácter, y velando por sus propios intereses, insistiendo que puede hacer las cosas mejor que muchos otros, pero en la cancha no demuestra otra cosa que no sea su total incapacidad en el ejercicio del oficio público, por lo cual, llegó a la conclusión de que el cargo de vicepresidente esta perjudicando su carrera de “tiktoker”, donde para tener éxito no se precisa más que el realizar de vez en cuando algún ejercicio pintoresco como a los que esta acostumbrado el segundo hombre de la nación.
Es claro que la diferencia entre ambos personajes es sustancial. Mientras uno contaba con verdadero talento, visión y, sobre todo, la capacidad de materializar sus proyectos y planes, a tal punto que seis reinos e imperios tuvieron de ponerse de acuerdo para derrotarlo; el otro es victima de su propia lengua e ignorancia, enemistándose contra cualquier posible aliado y siendo la burla de cualquier rival.
Yo podría escribir que apodar de Napoleón a un político carente de racionalidad y estrategia es una insensatez, pero no lo escribiré. También podría escribir que este personaje, en su incapacidad política, no puede cuidar ni el más mínimo bastión para sus propios fines, a diferencia de Napoleón que a través de su inteligencia y astucia política puso de rodillas a media Europa en favor de los intereses franceses, pero eso tampoco lo voy a escribir, pero lo que si puedo redactar es que el apodar de Napoleón Bonaparte no es una crítica, sino, un elogio que Edman Lara no merece en absoluto.
Esteban Eduardo Burgoa Cardozo es director Ejecutivo Generación Bicentenario.