Es infinitamente preferible una realidad cruda, dolorosa, que obligue a corregir los errores cometidos y a construir bases sólidas para el futuro, antes que una anestesia ideológica dulce, de esas que aborrecen los datos e intentan retorcer la narrativa.
Brújula Digital|09|03|26|
Jodie Bautista
Fue exactamente Hernán Siles Zuazo, ni bien recuperada la democracia en 1982, quien permitió la apertura de la primera oficina de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP, fundada por Yasser Arafat) en la ciudad de La Paz. De esa manera se estableció el apoyo diplomático boliviano a la causa palestina, la primera en Sudamérica.
En esa época continuaba en vigencia la Carta Nacional Palestina de 1964, que luego sería endurecida en 1968, cuyos artículos más radicales y polémicos establecían que la única vía para liberar Palestina era la lucha armada, sin espacio para el diálogo.
También que la presencia del sionismo debía ser eliminado por completo de Palestina y que la partición de 1947, y la creación de Israel, eran completamente nulas desde un inicio. En pocas palabras, la Carta negaba la legitimidad misma del Estado de Israel y justificaba la vía armada como medio único y exclusivo para su erradicación permanente.
Sin embargo, en 1988 Yasser Arafat aceptó las Resoluciones 242 y 338 de la ONU, reconociendo tácitamente el derecho de Israel a existir en paz y renunciando públicamente al terrorismo. Esto le valió el Premio Nobel de la Paz en 1994, pero también le costó ser tildado de “traidor” por grupos islamistas y de izquierda más radicales.
Su “renuncia al terrorismo” fue, además, ampliamente cuestionada y con fundamentos porque nunca desmanteló organizaciones como Hamás o las Brigadas de los Mártires de Al-Aqsa, y durante la Segunda Intifada (2000-2005) no impidió (¿o no pudo/quiso impedir?) olas de atentados suicidas que dejaron cientos de víctimas israelíes.
Aun así, tras los Acuerdos de Oslo, las oficinas de la OLP en diversos países, incluida Bolivia, evolucionaron hacia representaciones diplomáticas más convencionales, algunas manteniendo, incluso, un perfil bajo.
Entonces la presencia de la cuestión palestina en la política exterior boliviana empezó desde los años 80, ganando intensidad en 2010, cuando Evo Morales reconoce oficialmente al Estado de Palestina. Luego el año 2013 Bolivia y Palestina establecen relaciones diplomáticas y es cuando se acuerda el intercambio de embajadores, ese momento la OLP se transformará en Embajada de Palestina.
Esta postura se endure aún más el año 2023, bajo el gobierno de Luis Arce, quien rompe relaciones diplomáticas con Israel luego de la ofensiva en Gaza, que calificó de “agresiva y desproporcionada”.
El choque con Israel llegó a tal punto que Bolivia fue uno de los países fundadores del Grupo de La Haya (que se creó en enero de 2025 junto con Cuba, Namibia, Sudáfrica y Colombia), cuyo objetivo principal e imperativo era presionar mediante acciones, desde legales hasta económicas, (y todas las necesarias) para que se cumplir y defender las decisiones y sanciones de la Corte Internacional de Justicia y la Corte Penal Internacional contra Israel.
Pero este 4 de marzo de 2026, Bolivia anuncia su retiro del Grupo de La Haya. La Cancillería argumentó “que las responsabilidades internacionales deben tratarse a través de los mecanismos universales y jurídicamente establecidos del sistema de la Organización de las Naciones Unidas” (así tal cual); es decir, que ya no recurrirá ni acudirá a terceros como La Haya, solo reconoce a las instituciones correspondientes.
Israel celebró la decisión, el canciller Gideon Sa’ar publicó en su cuenta de X que era una medida necesaria, una decisión “moral” y (cito) “Gracias, Bolivia, por estar del lado correcto de la historia”, así elogió al actual presidente Rodrigo Paz por “enfrentar el mal”.
Este suceso completa un giro de timón respecto a las relaciones internacionales bolivianas tras restablecer plenamente éstas con Israel, en diciembre de 2025 (firmado en Washington por los cancilleres Fernando Aramayo y Sa’ar), el país parece priorizar ahora una apertura práctica hacia la economía y a la cooperación internacional en lugar de alineamientos ideológicos que, durante años, limitaron oportunidades, cerraron puertas y aislaron a Bolivia.
Aún quedan asuntos pendientes porque no se tiene un comunicado oficial sobre la situación de la Embajada de Palestina (antigua OLP) respecto a si se mantendrán relaciones diplomáticas o no. No es extraño que países que mantienen relaciones diplomáticas con Israel conserven embajadas palestinas (u oficinas de la OLP) en funcionamiento, pero con muy bajo perfil.
Por lo pronto, su situación parece que entrará en una especie de stand-by, esperemos las acciones futuras de parte del gobierno boliviano y de la situación externa.
Finalmente, en el presente contexto de reconstrucción nacional, y tras los desastres acumulados en los últimos 20 años, Bolivia no puede permitirse aislarse y quedar aparte de todo el movimiento internacional, ya no más.
Debe elegir aliados estratégicos, pero con pragmatismo, proyección y prospectiva; no por la cuestión ideológica, así como romper con cadenas que arrastran una violencia sin sentido y actos terroristas. Limpiar la imagen internacional ahora se convirtió en un acto de emergencia y urgencia.
Porque es infinitamente preferible una realidad cruda, dolorosa, que obligue a corregir los errores cometidos y a construir bases sólidas para el futuro, antes que una anestesia ideológica dulce, de esas que aborrecen los datos e intentan retorcer la narrativa a su conveniencia. Entonces sí, la realidad se presenta sin anestesia y trajo consigo el sentido común.
Jodie M. Bautista Villarroel es ingeniera industrial y politóloga.