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Política | 08/03/2026   23:05

|OPINION|El ataque a Irán y el retorno de la historia y de la geopolítica|Víctor Rico|

La pregunta no es si América Latina debe alinearse, sino cómo maximizar su autonomía relativa en un sistema más fragmentado. La volatilidad global puede abrir espacios de negociación, pero también exige claridad estratégica y sobre todo una mayor cooperación regional.

Dos mujeres en sus burkas caminan por las calles de Therán, Irán. Foto EFE. Archivo.
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Brújula Digital|09|03|26|

Victor Rico

El último ataque coordinado de Estados Unidos e Israel contra Irán no es un episodio más en la crónica interminable de conflicto e inestabilidad de Oriente Medio. Es un recordatorio crudo de que la historia –esa que muchos creyeron “concluida” tras el fin de la Guerra Fría– ha regresado con sus elementos clásicos: poder y equilibrio.

Durante cuatro décadas, Occidente operó bajo la premisa de que la interdependencia económica moderaría las ambiciones estratégicas de actores emergentes. Sin embargo, la realidad ha sido inversa: la interdependencia no elimina el conflicto; lo encarece y lo vuelve más peligroso. Hoy, cada misil lanzado en la región más volátil del planeta repercute en los mercados financieros, en las cadenas energéticas y en la estabilidad política de muchas regiones.

Israel ha sostenido históricamente que no puede tolerar una amenaza a su seguridad. Estados Unidos, por su parte, busca impedir que Irán consolide una arquitectura regional capaz de erosionar su influencia y la de sus aliados. Desde esta lógica, el ataque sería un acto de disuasión preventiva: elevar el costo de cualquier escalada iraní.

Para la teocracia autoritaria y represiva que gobierna Irán este conflicto es una amenaza existencial.

La reacción iranie de atacar la infraestructura energética y de turismo en otros países del Golfo Persico busca regionalizar el conflicto y obligar a esos países a que presionen a Estados Unidos para poner fin al conflicto.

De acuerdo con los reportes de la administración Trump, los objetivos militares de la operación “Furia epica” se están alcanzando satisfactoriamente, aunque no se ha mencionado cuando se cumplirán plenamente. Su planeación comenzó en el pasado verano boreal y su ejecución se realiza mediante una división del trabajo entre las fuerzas militares americanas e israelíes: las primeras operan en la parte sur de Irán y sus áreas marítimas adyacentes mientras que Israel lo hace en la parte central (incluida Teherán) y la occidental.

Sin embargo, toda operación militar o guerra tiene objetivos políticos. ¿En este caso, se trata de un cambio de régimen o un cambio de lideres dentro del régimen como en Venezuela?

La segunda opción no parece que pueda replicarse por las características distintas del gobierno de los Ayatolas. El componente religioso es el que se distingue como determinante para que el simple cambio en el liderazgo no genere un giro en la naturaleza del régimen.

En cuanto a la primera, la esperada sublevación de las masas oprimidas no se está produciendo.

Irán no está en condiciones de enfrentar el poderío militar convencional conjunto de Estados Unidos e Isreal. Su poder radica en la proyección asimétrica: milicias aliadas, capacidad misilística, control indirecto de rutas estratégicas. El verdadero riesgo no es una guerra convencional, sino una guerra en distintos niveles, extendida en el tiempo y dispersa en múltiples frentes.

Uno de los efectos inmediatos y evidentes del conflicto es el alza del precio del petróleo que en el momento en el que se escribe este artículo se encuentra cerca a los 80 dólares el barril.

El Estrecho de Ormuz concentra cerca de una quinta parte del comercio mundial de crudo. Basta la percepción de amenaza para que los precios reaccionen. Irán ha indicado que no permitirá el paso de buques tanqueros de Estados Unidos, Israel y de Europa.

Y cuando el petróleo sube, no se trata solo de energía: se trata de inflación, tasas de interés, deuda soberana, crecimiento global. Según el Fondo Monetario Internacional un aumento del 10 % en el precio del barril de petróleo reduce el crecimiento del GDP global en un 0.15 % y genera un incremento en la inflación del 0.4 % en el siguiente año.

La economía internacional ya opera bajo tensión: desaceleración europea, rivalidad tecnológica entre Washington y Pekín, fragmentación y guerra comercial. Un shock energético en este contexto no sería un episodio aislado, sino un multiplicador de vulnerabilidades.

Los mercados lo saben.  La geopolítica vuelve a ser variable central del sistema financiero global.

La pregunta de fondo desde una perspectiva mundial es, ¿cuánto durara el conflicto? Cuanto más prolongado mayor será el riesgo de una escalada, así como las consecuencias negativas en la economía global serán también mayores.

El ataque ocurre en un mundo distinto al de la primera guerra del golfo en 1991. China es hoy el principal socio energético de Irán y un competidor sistémico de Estados Unidos. Rusia, enfrentada a Occidente en Europa oriental, encuentra en Teherán un socio táctico. La OTAN enfrenta el desafío de mantener cohesión mientras Washington administra múltiples frentes estratégicos.

El riesgo no es solo regional. Es sistémico. Las grandes potencias compiten en escenarios interconectados. Cada movimiento en Oriente Medio se proyecta sobre el Indo-Pacífico, Europa y el Sur Global.

Para América Latina, la crisis es una advertencia y tal vez una oportunidad. Los exportadores de energía pueden beneficiarse de precios elevados. Los importadores como nuestro país enfrentarán presiones inflacionarias y fiscales. Pero más allá de lo económico, la región debe comprender que la neutralidad estratégica será cada vez más difícil de sostener en un entorno de bloques flexibles y rivalidades persistentes.

La pregunta no es si América Latina debe alinearse, sino cómo maximizar su autonomía relativa en un sistema más fragmentado. La volatilidad global puede abrir espacios de negociación, pero también exige claridad estratégica y sobre todo una mayor cooperación regional.

El ataque contra Irán no garantiza estabilidad. Tampoco asegura guerra. Lo que sí confirma es que hemos entrado en una era en la competencia entre potencias y la volatilidad regional son la norma, no la excepción.

El mundo posterior a la Guerra Fría prometía convergencia, el mundo actual ofrece inestabilidad y tensiones crecientes.           


Victor Rico Frontaura es economista y expertorelaciones internacionales.



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