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Política | 06/03/2026   08:10

|OPINIÓN|Ni escudo ni escenario, América Latina ante el mundo multipolar|Ana María Solares|

La cumbre “Escudo de las Américas”, convocada por Trump en Miami, plantea el rol de América Latina en el nuevo orden mundial. Frente a la rivalidad EEUU-China, la región debe evitar ser un escenario de disputas y practicar un “no alineamiento activo”.

La cumbre se realizará en una propiedad de Donald Trump/Departamento de Estado
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Brújula Digital|06|03|26|

Ana María Solares

La invitación cursada por el presidente Trump a varios mandatarios latinoamericanos para sostener un encuentro el 7 de marzo en Miami –denominado “Shield of the Americas” o “Escudo de las Américas”– plantea una pregunta que va más allá del evento mismo: ¿qué papel quiere jugar América Latina en el nuevo orden internacional?

Según la información disponible, en esta reunión se abordarán temas de seguridad, como el crimen organizado, el narcotráfico y cooperación militar; el control de la migración y coordinación de retornos; la cooperación económica y tecnológica; y la consolidación de alianzas estratégicas. Ello refleja la importancia de la cita, que podría marcar una nueva etapa en las relaciones de la región con los Estados Unidos. También evoca otros momentos de la historia, cuando predominaba la noción de una seguridad hemisférica que blindara al continente frente a amenazas externas e internas bajo el liderazgo del país del norte. En el lenguaje estratégico estadounidense, la idea de shield remite precisamente a la protección geopolítica del hemisferio. Adaptada al siglo XXI, esta noción de seguridad hemisférica ya no se refiere únicamente a riesgos militares, sino también al control de infraestructuras críticas y digitales, cadenas de suministro, minerales críticos y tecnologías estratégicas.

El “Escudo de las Américas” reactiva una lógica conocida: limitar la influencia de potencias extrahemisféricas. Sin embargo, el verdadero desafío para América Latina no es convertirse en escudo, sino dejar de ser escenario de disputas ajenas y actuar como un polo con intereses propios. 

Este debate se vuelve aún más relevante en el contexto de transformación que vive el sistema internacional que está transitando desde la unipolaridad posterior a la Guerra Fría hacia una configuración más compleja, con múltiples centros de poder económico, tecnológico y geopolítico. Esta multipolaridad se refleja en indicadores concretos como la redistribución del peso de la economía global, la diversificación de los socios comerciales, la aparición de nuevas instituciones financieras y la competencia tecnológica entre distintos centros de innovación.

A la vez, el mundo combina rasgos de multipolaridad con una bipolaridad competitiva marcada por la rivalidad entre Estados Unidos y China. En este contexto, la cuestión estratégica para la región no es elegir bando, sino practicar un “no alineamiento activo”: una política deliberada de relacionamiento con múltiples polos, evitando dependencias excesivas, diversificando alianzas y negociando siempre desde los propios intereses.

Históricamente, América Latina ha reaccionado tarde a los grandes cambios internacionales: divisiones internas, dependencia de ciclos externos y ausencia de visión estratégica común han debilitado su capacidad de anticipación. Pero el escenario actual, marcado por la transición energética, la revolución tecnológica y la reorganización de cadenas de producción, abre una oportunidad distinta, justamente porque pone en el centro activos donde la región tiene ventajas comparativas y, si decide, puede construir ventajas estratégicas.

Si el debilitamiento del ciclo de la “marea rosa” conduce a un nuevo péndulo hacia un conservadurismo radical, la región repetiría un patrón conocido. América Latina debe abandonar esa dependencia de ciclos ideológicos y privilegiar una inserción más autónoma, basada en una agenda propia. Como mínimo, y más allá de las diferencias ideológicas entre los gobiernos de turno, debe avanzar hacia una coordinación básica en temas estratégicos: reglas mínimas compartidas, prioridades comunes y capacidad de negociar con más peso.

¿Con qué cartas cuenta la región? Con recursos y capacidades difíciles de reemplazar. Minerales críticos para la transición energética (litio, cobre y otros); potencial energético (hidráulico, solar, eólico, geotérmico, biomasa e hidrógeno verde, junto con reservas hidrocarburíferas); y biodiversidad –con la Amazonía y vastos ecosistemas tropicales– como activo estratégico para la bioeconomía, la investigación científica y nuevas industrias.

A esto se suma un mercado de más de 650 millones de habitantes, relativamente joven y urbano, con alta adopción tecnológica. Allí emerge el extractivismo de datos: la captura masiva de información generada en la región que luego se procesa y monetiza principalmente fuera de ella. Aunque no es un tema de coyuntura, en el largo plazo exige estrategias para participar en la economía digital y capturar valor: capacidades estatales, marcos regulatorios, infraestructura (nube y centros de datos), talento e innovación.

Finalmente, América Latina tiene una ventaja poco frecuente: no está atrapada en conflictos geopolíticos directos entre grandes potencias. Por ello, el desafío no es la falta de recursos ni de potencial; es político y estratégico. Si la región negocia fragmentada, sus ventajas se diluyen. Si coordina una agenda mínima –energía, minerales críticos, tecnología y datos– puede ganar peso real en el nuevo orden.

Ante este escenario de reconfiguración internacional, Bolivia tiene mucho que decir. Su ubicación en el corazón de Sudamérica, su pertenencia a distintos espacios regionales de integración y la magnitud de sus recursos –en especial minerales vinculados a la transición energética– le otorgan una posición relevante si se inserta en una estrategia regional más articulada. 

En este encuentro es positivo que se abran nuevamente espacios de diálogo con Estados Unidos. Tras años de relaciones prácticamente paralizadas recuperar canales diplomáticos y oportunidades de cooperación resulta beneficioso, siempre desde una perspectiva de intereses propios y con objetivos claros.

Convertir la ubicación geográfica de Bolivia y sus recursos en una ventaja estratégica dependerá de una política exterior que combine pragmatismo con una visión clara de largo plazo. En un mundo multipolar, la verdadera oportunidad no está en elegir entre polos de poder, sino en aprender a negociar con todos desde los propios intereses. 

BD/





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